Las fuentes y los pozos son lugares imprescindibles que pronto adquirirán un profundo significado a lo largo del Antiguo Testamento y hasta los Evangelios
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| Angelica Kauffmann: Jesús y la samaritana en el pozo de Jacob, © Wikipedia |
El Antiguo
Testamento emplea la palabra "manantial" nada menos que unas sesenta
veces, lo que pone de manifiesto su importancia. Desde las primeras tribus
nómadas, para las que estos puntos de agua eran imprescindibles, hasta las
numerosas aldeas que, tras establecerse en Tierra Santa, construyeron numerosos
pozos, los manantiales no solo forman parte de la vida cotidiana, sino que
constituyen un elemento vital de la misma.
Por ello, no es
de extrañar que los textos bíblicos hayan recurrido a estos poderosos símbolos
en las regiones áridas de Oriente Próximo. A diferencia de las cisternas, que
no ofrecen agua viva, el manantial simboliza la riqueza de las promesas
divinas, tal y como expresa con tanta fuerza el profeta Jeremías:
"Sí, mi
pueblo ha cometido una doble falta: me han abandonado a mí, la fuente de agua
viva, y se han cavado cisternas, ¡cisternas agrietadas que no retienen el
agua!" (Jer 2, 13)
El simbolismo
resulta evidente en esta condena: en lugar de la riqueza de la Palabra de Dios,
el pueblo prefiere las palabras vacías y engañosas de los hombres. Este
simbolismo se retoma de manera llamativa en el encuentro entre Jesús y la
samaritana en el pozo de Jacob.
Mientras Jesús,
cansado, se había sentado junto a la fuente en las horas más calurosas del día,
una mujer de Samaria se acercó para sacar agua. Jesús le pidió entonces que le
diera de beber, lo que sorprendió a la mujer, ya que los judíos no solían relacionarse
con los samaritanos. Jesús le respondió:
"Si
conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', serías tú
quien se lo habría pedido, y él te habría dado agua viva" (Jn 4, 10).
La samaritana
no comprende el símbolo al que se refiere y piensa que se trata de un agua
distinta a la que ella saca, pero Jesús le abre los ojos prometiéndole:
"Quien
beba de esta agua volverá a tener sed; pero quien beba del agua que yo le daré,
nunca más tendrá sed; y el agua que yo le daré se convertirá en él en una
fuente de agua que brota para la vida eterna".
El significado
simbólico del agua de la fuente viva resulta evidente: la Palabra que proviene
de Jesús es fuente de vida eterna, lo que significa que, más allá de los bienes
terrenales —aunque indispensables—, existe un bien aún mayor. Así lo atestigua San Columbano, quien afirmó:
"El Señor
mismo. Jesucristo, nuestro Dios, es, pues, la fuente de vida, y por eso nos
invita a beber de él. Bebe de él quien lo ama; bebe de él quien se sacia de la
Palabra de Dios, quien la ama y la desea con suficiente intensidad; bebe de él
quien arde de amor por la sabiduría".
Lugares para
vivir y reunirse
El episodio de
la samaritana demuestra también que los pozos y las fuentes siempre han sido,
en la Biblia, lugares de encuentro e intercambio fundamentales. De hecho, fue
junto a un pozo donde el ángel de Dios le anunció a Agar, la sierva de Abraham,
que iba a tener un hijo.
"Estás
embarazada, vas a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Ismael (que
significa: Dios oye), porque el Señor te ha escuchado en tu humillación" (Gn 16, 11).
El encuentro
fecundo, en forma de fertilidad, se consuma así junto a una fuente. Del mismo
modo, numerosos juramentos (Abraham y Abimelec) se prestan bajo el signo de
este elemento esencial, sin olvidar los innumerables encuentros de futuros
cónyuges como Isaac y Rebeca, Jacob y Raquel, Moisés y Séfora.
Pero el símbolo
más bello de la Biblia, tomado del Cantar de los Cantares, servirá para
describir a la Virgen María:
"¡Oh,
manantial de los jardines, pozo de aguas vivas que brotan del Líbano!" (Ct 4, 15)
Philippe-Emmanuel
Krautter
Fuente: Aleteia
