El Papa agustino pone en el centro de la moral la relación y así nos lleva al ordo amoris agustiniano, donde la caridad aparece como núcleo de toda la vida cristiana y virtud suprema que ordena a las demás
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| OSV News. Simone Risoluti. Vatican Media |
La gestación de
la primera encíclica de León XIV comenzó cuando fue elegido
sucesor de Pedro y hubo de escoger nombre. Si León XIII fue el Papa que abrió
la Iglesia al mundo en el tránsito al siglo XX, León XIV hoy hace lo propio en
una era de cambio vertiginoso y exponencial, donde el poder y las ubicuas
tecnologías (sobre todo la IA) se entrelazan con el tejido de la vida
cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones y marcan el imaginario
colectivo. Su ambivalencia es grandísima. Junto a las inmensas posibilidades
que abren para multiplicar el bien, se encuentra también el deterioro de la
verdad en la vida pública, el desfase de las prácticas educativas, la pérdida
masiva de puestos de trabajo, la fragilización de las familias, la generación
de nuevas esclavitudes y las nuevas formas bélicas, por citar los principales
temas que la encíclica trata en sus capítulos 4 y 5. Son fenómenos
interactuantes, por obra y gracia de una tecnología que no es axiológicamente
neutral, pues su misma existencia configura posibilidades de construir y
destruir, y recibe una direccionalidad de quien la concibe, financia, regula o
utiliza.
Con distintos
términos caracteriza el papa Prevost la situación antropológico-cultural que
vivimos: nihilismo, fragmentación, polarización, desvinculación, desconfianza,
ley del más fuerte, desprecio de la fragilidad, cultura violenta de la guerra…
Del cóctel entre tecnología y pérdida de sentido deviene una suerte de
«posmodernismo tecnológico», carente de marcos éticos e instituciones
político-jurídicas a la altura de los retos. La ley del más fuerte desprecia el
derecho internacional, lanzándose descaradamente a la guerra y a los sueños
transhumanistas de superar lo humano y olvidarse de los pobres y de todos los
“inservibles” al sistema.
En ese mundo
habita la Iglesia, pueblo de Dios en camino, que vive la común experiencia
humana y recibe la fuerza del Espíritu para el encuentro con Cristo resucitado,
quien, en la cruz, cargó con toda injusticia y todo mal. En él recibimos la
llamada a ser colaboradores en la obra de la creación y no espectadores
resignados ante los procesos tecnológicos. El Espíritu actúa en el corazón
(conciencia) de cada persona (que tiene dignidad y no precio) alentando su
capacidad de reflexionar críticamente, discernir y elegir el bien rectamente, y
amar y servir gratuitamente, estableciendo relaciones auténticas con Dios, con
el prójimo y con los demás seres de la creación. La encíclica recuerda que
ningún sistema tecnológico, por sofisticado que sea, «genera un corazón que se
entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien. Incluso cuando las máquinas
sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro
humano que exige ser contemplado» (MH, 233).
El camino en la
historia se hace en la tensión entre plenitud y límite. La plenitud es la
atracción que Dios pone en el corazón de cada uno para crecer en libertad y
alcanzar su ser más verdadero. Y los límites no son simples defectos que hay
que corregir, sino «lugares» donde el ser humano madura y se abre a la
relación. La Iglesia recuerda, con voz humilde pero firme, que la verdadera
realización no nace de la eliminación de las fragilidades y los límites, sino
de la libertad y la responsabilidad entrelazadas con el cuidado recíproco y la
solidaridad, y que el progreso no se mide únicamente por el aumento del PIB,
sino por el respeto a la dignidad de cada persona y por el bien común de los
pueblos.
El realismo
cristiano no se deja embelesar por falsos espejismos que prometen una
«salvación» tecnológica solo para una élite de privilegiados que ignora la
suerte de «pueblos enteros». No rechaza la ciencia ni la técnica, sino que
convoca a asumirlas con sentido de gratitud y discernimiento, «con los pies en
la tierra» y los ojos mirando a una vocación más alta, así brota una crítica
social necesariamente dura pero esperanzada. La humanidad —magnífica y herida—
acoge los progresos de la técnica para aliviar los sufrimientos y abrir
posibilidades, no para renegar de aquello que la hace ser ella misma: la
capacidad de relación y de amor (MH, 126). He ahí el quid de la cuestión. Se
impone ralentizar el paso para poder hacer discernimientos serios y compartidos
que profundicen en las raíces espirituales y culturales de las
transformaciones. Un mundo en el que todos puedan «florecer» exige una
corresponsabilidad valiente, que se afane en transformar el conocimiento en
bien común, no en herramienta de dominio. Ninguna mano, por sí sola, basta para
sostener el peso de los desafíos que atraviesa el mundo, y ninguna sobra a la
hora de ofrecer su contribución. No sobran, por descontado, los pobres, cuya
voz debe ser escuchada con respeto y atención cordial (aquí recordamos Dilexi
te). Todos somos necesarios dentro de la Iglesia (sinodalidad) y todos
somos necesarios en el conjunto de la sociedad, no solo los que creen tener las
llaves para dominar el mundo.
El Papa
agustino pone en el centro de la moral la relación y así nos lleva al ordo
amoris agustiniano, donde la caridad aparece como núcleo de toda la vida
cristiana y virtud suprema que ordena a las demás. No es un mero sentimiento,
sino el motor de la existencia que transforma el corazón e impulsa a buscar a
Dios y amar al prójimo habitando la casa común. León echa mano del obispo de
Hipona para referir la tensión bipolar de los dos amores que han dado lugar a
dos modos de construir y habitar el mundo —«dos ciudades»—, simbolizadas con
dos iconos bíblicos: el «síndrome de Babel» y el «camino de Nehemías», que
arrancan en el corazón de cada uno (MH, 130). Babel simboliza «la idolatría del
lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias,
la pretensión de un lenguaje único —incluso digital— capaz de traducirlo todo, incluso
el misterio de la persona, en datos y rendimientos» (MH, 10). La reconstrucción
de Jerusalén impulsada por Nehemías pone de relieve el valor del trabajo
compartido para hacer que la ciudad de Dios sea un lugar seguro para los
exiliados que regresaron (MH, 10).
La elección no
es entre un «sí» o un «no» a la tecnología, sino entre «un poder que pretende
dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar
unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna» (MH, 9).
El momento es apremiante: nos jugamos el ser o no ser de la humanidad.
Por Julio L.
Martínez, SJ
Fuente: Ecclesia
