El pueblo de Dios me ha confortado grandemente con la festiva manifestación de su fe y de su afecto
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| El Papa recorrió en papamóvil la plaza de San Pedro | Crédito: Daniel Ibañez/ EWTN News |
El Papa dedicó
la Audiencia General de este miércoles 17 de junio al viaje apostólico a España
que realizó la semana pasada para visitar Madrid, Barcelona, y dos de las islas
Canarias. Lea aquí el texto de la catequesis.
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Hoy deseo
proponer algunas reflexiones sobre el viaje
apostólico a España que realicé la semana pasada para visitar Madrid,
Barcelona, la abadía de Montserrat y las islas Canarias.
Después del
largo viaje
a cuatro países africanos, esta vez me he encontrado inmerso en un país
europeo de antigua y riquísima tradición católica. Y ha quedado claro que en la
España de hoy, que ha conocido notables cambios sociales y culturales, el Papa
ha sido acogido en todas partes con entusiasmo y apertura a la escucha. Doy
gracias por ello a Dios y a todo el pueblo español, al Rey y a las autoridades
civiles, a los obispos y a las comunidades eclesiales.
El pueblo de
Dios me ha confortado grandemente con la festiva manifestación de su fe y de su
afecto. Por mi parte, he confirmado a los fieles y, como obispo de Roma, los he
animado a superar cualquier forma de división y de contraposición, y a cultivar
siempre la comunión, el diálogo, la unidad en la diversidad. Este es el
servicio propio del Sucesor de Pedro, servicio que en los viajes apostólicos
encuentra una expresión específica, siempre adecuada a las situaciones
eclesiales y sociales de los países visitados.
En el caso de
España, he podido notar con alegría cómo la gente, de todas las edades y
condiciones, esperaba la visita del Papa: en todas partes he encontrado
multitudes que me han dado la bienvenida con gran cariño. Este hecho no era
algo que se pudiera dar por sentado, y merece una reflexión. Naturalmente, esta
participación expresa, ante todo, como decía, la fe del pueblo español; al
mismo tiempo, considero que manifiesta la necesidad generalizada de
reencontrarse unidos sobre un fundamento verdadero y profundo, no ideológico ni
de interés parcial. Ese fundamento que solo Cristo, en último término, puede
asegurar, y que el Evangelio, a través de las necesarias “inculturaciones”,
puede transmitir a la vida de los pueblos. Puede hacerlo porque su mensaje responde
plenamente a estas dos exigencias: la búsqueda de la verdad y la sed de
justicia.
En Madrid y
Barcelona, nos hemos reunido en las grandes catedrales, así como en los
modernísimos estadios. Hemos rezado el Santo
Rosario en la abadía de Montserrat. Hemos
celebrado en la Sagrada Familia, símbolo majestuoso, sinfonía de piedra
y luz que habla a todos del misterio cristiano. Este encuentro de lo antiguo y
lo moderno, de la tradición católica y la cultura contemporánea, me ha hecho
percibir directamente el carácter propio de Europa, su riqueza inestimable,
como realidad actual, no superada. Se trata de un patrimonio que hay que
custodiar con cuidado, para poder invertirlo en el hoy global con sus desafíos
históricos: la paz, la ecología integral, el desarrollo equitativo y
sostenible, el respeto a la dignidad humana. Son desafíos que el Concilio
Vaticano II ya había reconocido claramente, y sobre los que ha
regresado el Magisterio sucesivo, hasta mi reciente Encíclica Magnifica
humanitas, que tiene como objetivo la custodia de la persona humana
en el tiempo de la inteligencia artificial.
He percibido, a
través de los diversos encuentros, la necesidad de escuchar en la voz del Papa
el Evangelio de la esperanza para esta humanidad nuestra de hoy, tan afectada
por las consecuencias negativas de un modelo de desarrollo engañoso. Esta
necesidad, que ha encontrado expresión en los numerosos testimonios que he
podido escuchar -testimonios unas veces conmovedores, otras edificantes-, la he
encontrado también, y sobre todo, en los rostros de los
pequeños y de los pobres que he encontrado: del
niño que en la parroquia me ha leído su carta; de algunas de las
víctimas de abusos que piden ser escuchadas; de los
detenidos que me esperaban en la cárcel; de los
jóvenes llenos de inquietudes y de proyectos; de los
migrantes en los centros de acogida de las Canarias.
Precisamente
allí, en las islas Canarias, última etapa de nuestro itinerario, he encontrado
una clave de interpretación general. Me la han ofrecido, por una parte, la
misma posición geográfica del archipiélago; y, por otra, la realidad de una
Iglesia local que acoge a un gran número de migrantes forzados, procedentes
sobre todo de África. Sabemos que el fenómeno migratorio es complejo y que
requiere planes de acción orgánicos y concertados. Pero esta clave de
interpretación abre una perspectiva diversa y más amplia: nos hace entender que
estamos llamados a releer el Evangelio en el mundo de hoy intercambiándonos los
dones de nuestras respectivas culturas y, en especial, los frutos que produce
en ellas la fecundidad del mensaje de Cristo. Y uno de estos frutos es
precisamente el diálogo entre las personas y entre los pueblos, el encuentro
con espíritu de fraternidad, que permite descubrir y apreciar recíprocamente
los valores de los que el otro es portador. Este camino no es fácil; requiere
buena voluntad y la ayuda de Dios, pero es el camino que conduce a la
civilización del amor.
Queridos
hermanos y hermanas, el
lema de este viaje apostólico era “Alzad la mirada” (cfr. Jn 4,35).
Son palabras que Jesús dirige a sus primeros discípulos para enseñarles a ver
en las personas y en las multitudes el deseo de vida, de verdad, de plenitud.
El Señor repite estas palabras, a mí el primero, y con su gracia lo he
experimentado durante el viaje. Hoy quisiera compartir con ustedes esta
invitación: ¡alcemos la mirada! Aprendamos de Jesús a mirar al prójimo, la
gente, el mundo, “con los ojos de Dios”, es decir, con amor, respeto y
compasión.
Finalmente,
quiero dar las gracias a cuantos han rezado por el éxito de este viaje
apostólico, especialmente a las comunidades de monjas contemplativas, que en
España, gracias a Dios, son muy numerosas. Sigan rezando para que, mediante la
intercesión de la Virgen María, las semillas que he esparcido den frutos
abundantes. ¡Gracias!
Por Papa León XIV
Fuente: ACI Prensa
