La Universidad San Dámaso aborda la relación de los movimientos y el derecho canónico. «La eclesialidad es un tema fundamental», dice el ponente del curso
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Foto cedida por Luís Navarro |
Primero habría que
aclarar a qué se considera movimiento.
Creo que la descripción que hizo Juan Pablo II en el año 1998 sigue teniendo
plena actualidad. Él decía que era una realidad eclesial concreta,
en la que participan principalmente laicos; un itinerario de fe y de testimonio
cristiano, que basa su método pedagógico en un carisma preciso otorgado a la
persona del fundador, en circunstancias y modos determinados.
Ratzinger añadió una cosa que me parece interesante: que los movimientos tienen
su origen, casi siempre, en un líder carismático, cuyo mensaje se plasma en
comunidades concretas que, nutriéndose del carisma fundacional, reviven el
Evangelio en su totalidad. Además, no dudan en considerar a la
Iglesia como su razón de ser, sin la que no podrían existir. Es
decir, subraya muchísimo el carácter eclesial.
¿Qué importancia
tiene el carácter eclesial?
Es un tema fundamental. La eclesialidad tiene
que estar desde el nacimiento del movimiento. Si no está en la Iglesia, no
tiene razón de ser. Es lo que decía Ratzinger. Sin ella no podría existir. Eso
es fortísimo, pero hay que ser muy claro: o estoy en la Iglesia o no soy
nada. Y hay que señalar también que los movimientos son un don para todos, fieles y jerarquía, no
solo para quien recibe el carisma y quienes le siguen.
¿Ha habido abusos? En
el sentido de algún grupo que haya priorizado su identidad frente a la
eclesialidad.
Yo creo que sí. Se han dado cuando han pretendido presentarse no como una parte
de la Iglesia, sino como la Iglesia misma. Hay que estar muy atento a esto.
Cuando una realidad de este tipo se considera mejor que las demás, piensa que
no tiene nada que aprender de ellas o las mira por encima del hombro, se tienen
que encender todas las señales de alarma. Porque, claro, «si yo solo soy la
Iglesia, el resto no lo es». Eso es un abuso clarísimo. No es un abuso de
conciencia o de otro tipo, pero es una señal de que algo no funciona bien. La
clave para evitar esto es el acompañamiento. Si son acompañadas por la
autoridad, a través del párroco o de un sacerdote delegado o lo que sea, se
pueden subsanar muchísimos problemas.
¿Qué papel están
llamados a jugar los movimientos eclesiales en la Iglesia sinodal
contemporánea?
Hay una cosa que a mí me sorprendió. El documento final del Sínodo concluía
diciendo que los movimientos son medios por los que se lleva el Evangelio a los
lugares más diversos, y citaba hospitales, cárceles o centros de acogida para
inmigrantes. Es decir, son instrumentos necesarios de evangelización. Por
eso, prescindir de ellos sería empobrecer la Iglesia universal y la
Iglesia particular. Hay una frase de Benedicto XVI que me impresionó
mucho. Decía que, después del Concilio Vaticano II, el Espíritu Santo nos ha
regalado los movimientos. Esto quiere decir que es algo querido por Dios para
su Iglesia en este momento de la historia. De hecho, han tenido un desarrollo
muy importante. A veces incluso meteórico. Seguro que alguno lo considera
demasiado rápido.
El Papa, sí que es
cierto, ha dicho palabras fuertes: «Nunca demos por sentado que estamos en
sintonía con Dios». «Hay que tener cuidado con la tentación del círculo
cerrado». Ha criticado el «no ir más allá de lo que piensa nuestro círculo»
¿Qué opina sobre estas expresiones?
Yo estaba presente en esa reunión como miembro del Dicasterio para los Laicos,
la Familia y la Vida. Gocé mucho porque me parece que tiene toda la razón del
mundo. Nada en la Iglesia es autorreferencial ni autosuficiente. Por eso decía
que hay que mirar más allá de las barreras con grandeza de ánimo. Hay que ver
la presencia de Dios en otras personas, en otros métodos, en otras cosas que ni
siquiera sospechamos. Pero para eso tienes que tener una apertura de mente y de
corazón, porque la apertura, en el fondo, es un presupuesto de comunión.
En realidad, son
expresiones del Papa que se pueden aplicar a cualquier realidad eclesial. Estoy
pensando en Belorado.
Estoy convencido de que sí. No conozco el caso de Belorado en profundidad,
porque he estado viviendo fuera de España. Sí me han llegado ecos y es evidente
que es una falta de comunión, un cerrarse en sí mismas que no tienen ningún
sentido. En el fondo, el secreto para que todas estas realidades funcionen es
poner en el centro no al carisma, no a nosotros, no a la Iglesia, sino a
Cristo. El carisma tiene que servirte para identificarte con Cristo en algún
aspecto determinado; y eso, sin el Señor, sin Cristo, no tiene ningún sentido.
Cerrarse no tiene ningún sentido.