Los monjes y monjas contemplativas son aquellos que, siguiendo el ejemplo de Cristo, se retiran del mundo para dedicarse a la oración, la meditación y el trabajo en el silencio y la soledad de sus monasterios
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Pascal Deloche | Godong. Dominio público |
La respuesta no es fácil,
pues implica una llamada personal y misteriosa de Dios, que cada uno debe
discernir y responder con libertad y generosidad. Sin embargo, podemos señalar
algunos aspectos que iluminan el valor y la belleza de la vida contemplativa.
Deseo de
amar a Dios sin condiciones
En primer lugar, los monjes y monjas contemplativos buscan a Dios por sí mismo, no por lo que Él puede darles o hacer por ellos. Su deseo es amarle con todo su ser, sin condiciones ni intereses. Su oración no es una simple petición o alabanza, sino una unión íntima y profunda con el Amado, que les llena de paz y alegría. Como dice san Juan de la Cruz: “En el atardecer de la vida nos examinarán del amor”.
Comunión con toda la Iglesia
En segundo lugar, los
monjes y monjas contemplativos se hacen solidarios con todos los hombres y
mujeres de su tiempo, especialmente con los más pobres y sufrientes. Su
silencio no es una huida o una indiferencia, sino una escucha atenta y
compasiva de las necesidades y las angustias de sus hermanos. Su trabajo no es
una carga o una distracción, sino una ofrenda y una colaboración con el plan de
Dios. Su clausura no es un aislamiento o un egoísmo, sino una apertura y una
comunión con toda la Iglesia. Su misión no es activa o visible, sino oculta e
intercesora. Como dice el papa Francisco: “Los contemplativos son un puente de
intercesión por todas las personas”
Testimonio de esperanza
En tercer
lugar, los monjes y monjas contemplativos son signos de esperanza para el
mundo, que vive inmerso en el ruido, la prisa, el consumo y la violencia. Su
vida sencilla y austera es un testimonio de que hay otro modo de vivir, más
humano y más feliz. Su fe firme y gozosa es un signo de que hay otro horizonte,
más amplio y más luminoso. Su amor gratuito y fiel es un testimonio de que hay
otro corazón, más grande y más ardiente. Como dice santa Teresa de Jesús: “Nada te turbe, nada te espante; todo
se pasa; Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada
le falta; solo Dios basta”.
Como
consecuencia de ello, los monjes y monjas contemplativas no se entierran dentro
de sus monasterios, sino que se elevan hacia el cielo desde sus celdas. No
renuncian al mundo, sino que lo abrazan con su oración. No se pierden a sí
mismos, sino que se encuentran con Dios.
Matilde
Latorre
Fuente;
Aleteia