El desierto ocupa en la Biblia un lugar predominante. La experiencia de Israel al salir de Egipto y vivir cuarenta años por el desierto del Sinaí marcó para siempre su vida y espiritualidad.
| Dominio público |
Los milagros de Dios en el desierto —la nube de fuego, el agua de la roca, el maná del cielo— se convertirían en símbolos de la constante presencia de Dios a pesar de la incredulidad de su pueblo.
Aunque parezca extraño, las tentaciones que padeció
Israel durante su peregrinación en el desierto eran un preludio de la gran
alianza de amor que Dios se disponía a establecer con Israel. Se comprende que
el desierto sea al mismo tiempo lugar de tentación y lugar de desposorios. «La
llevaré al desierto y hablaré a su corazón», dice Oseas 2,16, presentando a
Dios como el esposo de Israel, su esposa.
Al inicio de su ministerio público, Jesús se dirige al desierto
de Judá, se adentra en su soledad y espesura espiritual, para reinterpretar la
experiencia de Israel durante sus cuarenta años. Los cuarenta días y noches de
Jesús, en ayuno y oración, evocan la búsqueda de Dios, el anhelo de la alianza
y la tentación que superará alimentado por la palabra de Dios y la seguridad de
su presencia. Jesús va al desierto impulsado por el Espíritu, atraído por Dios
que le llama a confirmar su fidelidad.
En el desierto se encontrará
con el Adversario del hombre, Satanás, que pretenderá seducir a Jesús y
desviarlo del camino de Dios. Jesús, sin embargo, se manifiesta como el fuerte
que vence la tentación, en oposición a Israel, que cayó tantas veces en la
infidelidad y sucumbió en la idolatría. Al final de los cuarenta días y
cuarenta noches —imagen de la estancia de Israel en el desierto— Jesús aceptó
ser tentado por el diablo para mostrar el camino de la victoria.
La Palabra de Dios, el
alejamiento del mesianismo triunfalista y el rechazo de la idolatría fueron las
armas para vencer al enemigo. Las tentaciones de Jesús se convierten así en el
camino para llegar a la alianza de amor con Dios. Jesús sale del desierto como
el nuevo Israel victorioso.
Al comenzar la Cuaresma, la Iglesia nos invita a entrar en el
desierto espiritual de nuestro interior, donde el hombre experimenta su
vulnerabilidad y, al mismo tiempo, la presencia del Dios escondido. Las
tentaciones son las mismas para el antiguo Israel, para Jesús y para los
cristianos de hoy, que somos un pueblo peregrino.
También nosotros somos
tentados por el hambre de bienes temporales, por un mesianismo de poder
temporal y por la adoración de los ídolos que nos ofrecen o que nosotros mismos
fabricamos. Hace tiempo que los cristianos hemos abandonado la oración y la
palabra de Dios como el pan de cada día; hemos perdido el sentido del poder del
Espíritu; y hemos reducido la adoración de Dios al templo y la liturgia
olvidando la más arriesgada, que tiene lugar en la vida ordinaria. Nos ha
invadido lo que ha dado en llamarse «apostasía silenciosa». Del amor hemos
pasado al desamor.
La Cuaresma es tiempo oportuno para renovar la alianza de
amor. Los prácticas cuaresmales no nos separan de la vida cotidiana; nos
introducen en ella como el lugar idóneo para vivir en la tensión del desierto:
tiempo de prueba y tiempo de triunfo. Cuaresma es camino hacia la Pascua donde
Dios renueva fielmente su alianza con su pueblo y este se consolida en la
fidelidad. Debemos entrar animosos en el desierto porque solo así saldremos de
él con el gozo de la fidelidad. Dios nos espera para hablarnos al corazón.
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia