La hermana Brígida Adelayda López González acaba de profesar sus votos solemnes como religiosa cisterciense en el Monasterio de La Encarnación de Córdoba.
| Sor Brígida Adelayda / Diócesis de Córdoba |
“Nací en el seno de una
familia sencilla y cristiana en El Salvador, primogénita de ocho hijos. Me gusta la
música, el canto, el baile y los amigos… Soy cercana, acogedora, abierta, con
el deseo ardiente de crecer cada día como persona humana-divina y como
cristiana, para que simultáneamente crezca también como hija, hermana, esposa y
por supuesto, como ¡madre!”, explica en una entrevista con la Diócesis de Córdoba.
Su llamada a la vida religiosa se produjo paradójicamente durante el velatorio de un bebé de una familia que conocía. Sor Brígida cuenta que “acogiendo la fe que me han transmitido mis padres, a los 16 años de edad formé parte de una comunidad del Camino Neocatecumenal. Una hermana de la comunidad de ellos, dio a luz a una niña la cual salió del vientre materno sin vida.
Antes de darle
cristiana sepultura me dispuse a leer la lectura del Oficio del libro de Las
Lamentaciones que dice: ‘Bueno es esperar en silencio la salvación de Dios’
(Lm. 3,26). Palabra proclamada como espada de doble filo porque
traspasó mi corazón y no dejó de resonar durante mucho tiempo en mi interior.
Poco a poco me fui dando cuenta que el Señor me quería para Él, hasta que ya no
me pude resistir”.
Antes
de ingresar en el convento asegura que llevaba una vida normal de cualquier
joven ‘de mi tiempo’ que ríe, baila, canta, sueña, grita, llora, que se rebela,
se enfada, no se siente comprendido…, además de llevar un itinerario de fe, había una cierta insatisfacción,
amargura y aburrimiento por falta de ideales o metas ‘más allá’ de lo que mis
cortas luces podían aspirar y que se quedaban un poco frustradas a
pesar de haberlas logrado”.
Sor
Brígida cuenta que con 21 años tenía un buen trabajo y estudiaba por la noche
en la Universidad, salía de paseo con sus amigos y hermanos de comunidad y
tenía un ambiente familiar era muy hogareño, alegre, sano. Aparentemente no me
faltaba nada pero asegura: “mi
sed no era saciada. Siempre quedaba un vacío existencial que nadie
llenaba”.
“Antes
tenía una noción un poco ensombrecida sobre ¡quién soy yo, quién es Dios para
mí, y en mi vida, para qué vivo, por qué existo! Creía en Dios, ¡sí!, pero mi vida no había sido
completamente transformada, me faltaba algo. Comprendí que a pesar de
haber recibido una tradición de fe, era necesario responder y optar por mí
misma, esa es la diferencia. La fe es vivencial, existencial. Ahora, después de
un tiempo de caminar en la vida monástica -relativamente corto pero con la
esperanza de dar fruto-, e ir profundizando en mi relación con Dios, puedo
decir que Él es mi Padre, que tiene un rostro, el de su Hijo Jesucristo. Imagen
suya soy”, añade.
Acerca
de su llegada a esta congregación, esta hermana cisterciense confiesa que se
sintió identificada con ella: “el Señor me lo fue indicando por medio de las
mediaciones humanas que puso por ‘guías’ en mi camino. Cuando conocí la vida monástica,
me encontré a mí misma, ¡era lo que buscaba muchas veces sin saberlo!
Sus elementos y frutos: la soledad, el silencio, la rumia de la Sagrada
Escritura en la lectio Divina, el Oficio
Divino, las sentencias (apotegmas) de los padres del desierto, el trabajo
manual, la ascesis, el combate espiritual, todos ellos vivido en Comunidad
vibraban en mí cuando lo iba descubriendo”.
Por último, esta cisterciense explica su día a día en el monasterio: “nos levantamos a las 4:30 para la oración de vigilias que comienza a las 5 de la madrugada, y termina a las 9 de la noche con el rezo de completas y la salve cisterciense. El resto del día está jalonado por el horario que va indicando lo que hay que ‘ser y hacer’; puede parecer un poco rutinario, pero es completamente nuevo.
Lo ilumina la
Palabra de cada día, la Eucaristía celebrada y recibida, las hermanas que me
acompañan y los acontecimientos; esto no quita que programe una serie de
servicios pero ante todo está la caridad y la obediencia; y en raras ocasiones
logro hacer lo que me había propuesto, es más, casi siempre hago todo lo
contrario. Lo voy descubriendo, asimilando y saboreando a medida que voy
caminando, es decir, a medida que voy viviendo porque estoy con Él, vivo con Él
y quiero vivir siempre de Él”
Fuente: ReL