Fe y paciencia
Hola,
buenos días, hoy Israel nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.
Cuando
estamos rezando en el coro, cada vez que cantamos “Gloria al Padre y al Hijo y
al Espíritu Santo”, hacemos una inclinación como signo de que solo Él es Dios,
y de que queremos servirle y amarle, y por eso bajamos nuestra cabeza.
En
una de estas inclinaciones me di cuenta de que me había manchado el bajo del
hábito, con unas manchas que parecían de grasa.
Al
principio lo que me salía era enfado conmigo misma: “Oh no, ya me he
manchado... qué habré hecho esta vez... y encima son de grasa, con lo que
cuesta quitarla...”
Pero
al siguiente “Gloria” me di cuenta de que aquellas dos manchas tenían forma de
cruz. La Paz y la Alegría volvieron a mi corazón: mis manchas me estaban
hablando del Amor de Cristo.
Y
esto mismo me sucede cada día: no me gusta ver mi propia pobreza, no tolero mis
fallos y me gustaría ser “perfecta”, actuar siempre bien, saber qué hacer en
cada momento, responder siempre con amor... y ese es mi deseo, pero está
cubierto de algunas manchas.
Cuando
solo tendemos al perfeccionismo, nos quedamos atascados en la frustración de no
haber logrado nuestras metas, o arrasamos a nuestro entorno... pero las
“manchas” seguirán ahí, y, si no, saldrán otras.
Nuestro
ser siempre tiende a quitarse las manchas de encima, sin embargo, es ahí donde
se derrama el amor de Cristo.
Nuestras
manchas nos hacen descubrir un día tras otro que somos limitados, pobres,
pequeños, que no lo podemos todo, que somos necesitados. Y un corazón pobre y
herido es un corazón abierto: por ahí es por donde queda abierta una rendija
para que entre Cristo en nuestra vida. Por eso nuestras manchas cantan la
Gloria de Dios.
Hoy
el reto del amor es tener paciencia con uno mismo. Cuando te veas limitado o
pequeño, para, ten paciencia contigo. Date tiempo para que el Señor siga
trabajando en ti. Descubre que tus manchas se verán transformadas en
experiencia del amor de Cristo.
VIVE
DE CRISTO
Fuente:
Dominicas de Lerma
