El
régimen despótico de Joseph Kabila ha querido enviar un serio aviso a la
Iglesia católica, el único sujeto capaz de prestar voz y ofrecer cohesión al
pueblo congoleño
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| El cardenal Laurent Monsengwo antes de una Misa en honor de los fallecidos en Nochevieja |
Lo
que ha sucedido en Kinshasa el día de fin de año ha sido mucho más que un
trágico episodio saldado con al menos ocho muertos, centenares de personas
golpeadas y numerosos templos profanados mientras se celebraba la Misa
dominical.
Ha sido un serio aviso de que el régimen despótico de Joseph Kabila
ha querido enviar a la Iglesia católica, convertida en el único sujeto social
capaz de prestar voz y ofrecer cohesión a las expectativas del pueblo
congoleño.
El
31 de diciembre de 2017 se cumplía un año de la firma de los Acuerdos de San
Silvestre entre el Gobierno y la oposición, conseguida (podríamos decir
casi arrancada) in extremis, gracias a la mediación y el empuje de la
Conferencia Episcopal del Congo. Esos acuerdos trazaban el itinerario para que
se convocasen elecciones presidenciales y Kabila renunciase a presentarse
nuevamente y eran, quizás, la última oportunidad para que este inmenso y
atribulado país salvaguardara la paz social y la estabilidad.
Muy
pronto se vio que Kabila solo pretendía ganar tiempo; no solo eso, el régimen
ha provocado, directa o indirectamente, todo tipo de situaciones violentas para
crear un clima que hiciera técnicamente imposible la realización de
las elecciones. Mientras tanto la oposición se ha visto descabezada tras el imprevisto
fallecimiento de su líder Etienne Tshsisekedi, y el desánimo ha cundido en una
población oprimida por la corrupción generalizada y la falta de perspectivas de
prosperidad. Kabila no ha dudado en explotar las tensiones étnicas con el fin
de presentarse como el único garante frente al caos.
Con
este mar de fondo, la Iglesia católica, gracias a su prestigio moral y a su implantación
en el país, ha venido a convertirse en la única realidad sólida capaz de
encauzar las mejores aspiraciones del pueblo. Los obispos siempre han estado en
primera línea durante la crisis pero siempre han dejado claro que la Iglesia no
pretendía actuar como un factor político. Sin embargo la situación ha empujado
progresivamente a diversos sectores eclesiales a tomar un protagonismo
creciente, como ha sucedido el pasado 31 de diciembre.
Diversas
asociaciones laicales habían convocado concentraciones pacíficas para
reivindicar el cumplimiento de los Acuerdos de San Silvestre a la salida de la
Misa dominical en varios templos de Kinshasa, la capital. Y el régimen ha
optado por el escarmiento. Primero intentó impedir la coordinación de las
movilizaciones suspendiendo la telefonía móvil y el acceso a Internet, pero lo
peor llegó cuando el gobierno envió al ejército a reprimir con una violencia
inusitada a quienes trataban de congregarse a las puertas de los templos,
llegando a disparar sobre personas inocentes y desarmadas. Se habla de ocho
muertos y numerosos heridos, aunque no hay un recuento fiable.
Ha
habido otro aspecto muy significativo. Los soldados irrumpieron en el interior
de las iglesias agrediendo a sacerdotes, monaguillos y fieles, en una actuación
que no puede sino haber sido dictada desde el palacio presidencial. El cardenal
Laurent Monsengwo ha ironizado con amargura sobre «los valientes uniformados»
que la emprendieron a golpes con las familias que asistían a Misa, y ha
denunciado «el salvajismo y la barbarie desplegadas». Ya no hay duda de
que el régimen ha colocado en su diana a la Iglesia, y es arriesgado aventurar
hasta dónde puede llegar en su escalada de violencia.
El
asunto plantea, además, una interesante perspectiva. Está claro que la misión
de la Iglesia consiste esencialmente en el anuncio de Jesucristo salvador del
hombre (del hombre concreto y de la historia). Su tarea cotidiana se despliega
en la cercanía de las comunidades, a través de la catequesis, de la celebración
de los sacramentos y el ejercicio de una caridad creativa, que en la República
democrática del Congo ha dado vida a un sinfín de iniciativas para mejorar la
vida de la gente.
De
esa experiencia nace un interés por todo, especialmente por la ciudad común y
sus vicisitudes. Los obispos congoleños han sido fieles seguidores de Francisco
a la hora de tender puentes y buscar el diálogo hasta la extenuación… y sin
embargo ahora se topan con un muro. Como tantas veces ha sucedido y sucederá,
el testimonio de la verdad conlleva el riesgo de una oposición violenta.
Quizás
contra su propio deseo, los obispos se encuentran hoy desempeñando en este país
africano una figura clásica en la historia de la Iglesia, la del defensor
civitatis. Esto solo puede ser una consecuencia contingente, derivada de lo
esencial de su misión pastoral de anunciar a Cristo, camino, verdad y vida. Con
todas las diferencias de coordenadas, que son muchas, es una experiencia que
puede hacer pensar a los episcopados europeos. Es una figura que tiene sus
riesgos, pero yo agradezco que los hayan aceptado en esta hora difícil para su
pueblo.
José
Luis Restán
Fuente:
Alfa y Omega
