Impermeable
Hola,
buenos días, hoy Sión nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.
El
otro día estábamos trabajando tranquilamente en la sala. Llevaba ya un buen
rato lloviendo, y, por lo nublado del cielo, iba a durar mucho más.
-Es
lluvia de la buena -comentaban algunas.
-Sí
-señalaban otras- de la que empapa la tierra.
-¡Qué
regalo del Señor, qué falta le hacía a los campos!
En
esas estábamos cuando llegaron los gritos de alarma:
-¡¡Goteras,
goteras!! ¡Tenemos goteras!
Las
especialistas en los tejados salieron a toda velocidad en busca de cubos. Al
parecer, la lluvia era realmente contundente...
Ya
en el rosario, no dejaba de dar vueltas a lo ocurrido. Al fin y al cabo, la
Escritura habla varias veces de que la Palabra de Dios es como la lluvia: “como
baja la lluvia del cielo... así será mi Palabra: no volverá a mí vacía, sino
que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”. (Is 55, 10-11)
¡Y
es que así es la lluvia! En su esencia está empapar todo lo que toca, sin
rendirse jamás, ¡buscando incluso las rendijas para alcanzar el interior del
monasterio!
Si
esto hace el agua, simple criatura, ¿qué no hará la Palabra del Señor en
nuestros corazones?
Puede
que sientas tu interior frío o duro, pero, créeme, Cristo está deseando empapar
hasta lo más profundo de ti. Cada día derrama un torrente de gracia. Sólo
necesita que te dejes alcanzar. Te aseguro que, a esta “lluvia”, no hay nada,
ni el tejado más impermeable, que se le resista. Cristo espera pacientemente a
encontrar una rendija para empapar tu tierra.
Hoy
el reto del amor es que aproveches el agua. Te invito a que hoy, cada vez que
te laves las manos, alces tu corazón al cielo en una pequeña oración. Si abres
tu puerta, ningún rincón de tu interior Le resultará impermeable: ¡Cristo
quiere empaparte por completo! Cree, confía, ¡y ama! ¡Feliz día!
VIVE
DE CRISTO
Fuente:
Dominicas de Lerma
