Todos conocemos personas que han vivido en desobediencia a Dios y, al convertirse, comienzan a llevar una vida ejemplar de fidelidad a Dios, adelantándonos en el camino hacia el reino de los cielos
Hoy
hablamos mucho de coherencia. La exigimos a los políticos, a los eclesiásticos,
a los hombres de empresa y a los demás. Los pedagogos insisten en educar en la
coherencia, es decir, en la adecuación entre nuestras creencias —religiosas o
no— y el comportamiento diario.
Somos
conscientes de que sin coherencia el hombre se convierte en un fariseo, un
cínico y, en último término, un ser inconsistente. La coherencia hace creíble a
la persona y la reviste de dignidad y respeto. «Es coherente con sus ideas», decimos
cuando queremos hablar de la integridad de alguien.
Jesús
trata el tema de la coherencia en la parábola de este domingo, que tiene como
destinatarios a los sumos sacerdotes y ancianos de Israel que se jactaban de
ser justos cumpliendo la voluntad de Dios. Jesús presenta el caso de un padre
que tiene dos hijos a quienes manda ir a trabajar a su viña. El primero le dice
de primeras que sí, pero no va; el segundo dice que no, pero recapacita y va.
¿Quién de los dos obró bien?, pregunta Jesús. No era difícil responder a la
pregunta, que parece dirigida a niños. Sólo el segundo hizo la voluntad del
Padre, responden los interlocutores de Jesús.
La
enseñanza de la parábola reside en las palabras que pronuncia Jesús después y
que resultan extrañas al lector de hoy: «Os aseguro —dice— que los publicanos y
prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino
Juan el Bautista a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no lo
creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas lo creyeron. Y, aun después
de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni lo creísteis». ¿Qué relación hay
—se pregunta el lector actual— entre la historia de los dos hijos y estas
palabras de Jesús? Los publicanos y prostitutas son dos categorías de pecadores
que, en tiempo de Jesús, tenían cerrada la entrada en el Reino de los cielos,
en razón de sus escándalos públicos.
Sin
embargo, sabemos que algunos de ellos se convirtieron al escuchar a Juan el
Bautista, y entre los seguidores de Jesús había publicanos y prostitutas
convertidos. Eran como el hijo rebelde de la parábola que no quería obedecer la
ley de Dios, pero, al final, fue a trabajar a su viña. Por el contrario, los
líderes religiosos de Israel, que decían formalmente sí a Dios, vivían de
espaldas a su voluntad. Eran como el hijo que dice sí al padre, pero no va a
trabajar a la viña. ¿Quiénes eran entonces los coherentes? Tampoco es difícil
responder a esta pregunta.
Si
aplicamos esta enseñanza a nosotros mismos, descubrimos su enorme actualidad.
Es un examen de conciencia sobre la coherencia de nuestra fe. Un estudioso de
este pasaje hace esta consideración: «Nosotros, cristianos, hacemos profesión
de seguir a Jesús, somos practicantes; externamente mostramos todos los signos
de la docilidad a Dios; pero esta docilidad ¿es verdaderamente real, profunda,
o es solamente superficial, contradictoria con tantas acciones que no son
realizadas según la voluntad de Dios?».
Junto
a esto, todos conocemos personas que han vivido en desobediencia a Dios y, al
convertirse, comienzan a llevar una vida ejemplar de fidelidad a Dios,
adelantándonos en el camino hacia el reino de los cielos. Jesús invita a
cambiar la actitud del corazón: pasar de una aparente actitud de justicia, que
se queda en meras fórmulas externas sin contenido, a la verdadera obediencia de
la fe, que consiste en cumplir la voluntad de Dios. Jesús lo dice con otras
palabras que establecen el principio de la coherencia de la fe: «No todo el que
me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple
la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (Mt 7,21).
+
César Franco
Obispo
de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
