Sólo por amor
Hola,
buenos días, hoy Israel nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.
No
hay cosa que genere más inseguridad que ver a alguien sentado sobre una silla
desencolada.
Las
más tocadas en este asunto son las sillas de los locutorios. Ya hemos puesto
otras como alternativa, pero muchas veces preferimos sentarnos en las típicas
"sillas de paja".
Ayer,
mientras ventilaba un poco el locutorio, me encontré con una silla
completamente desencolada: ¡estaba a punto del desplome!
Así
que la saqué afuera para dejarla en el pasillo, a ver cuándo la podíamos
arreglar. Pero, para mi sorpresa, ya había otra silla ahí. E inmediatamente
recordé que hace unas semanas la habíamos sacado del locutorio con los mismos
síntomas.
"Pero,
¿cómo voy a dejar dos sillas aquí en medio?", pensé para mis adentros,
mientras buscaba otra alternativa. Y es que ese pasillo es un pequeño espacio
reducido, y muy central de la casa; vamos, que no es lugar para almacenar
sillas rotas.
No
sabía qué hacer. Cogí la otra silla para ver si hacía hueco para que me
cupiesen las dos, y, de pronto... aquella silla, como por arte de magia, estaba
completamente nueva.
Parecía
como si no hubiese estado desencolada nunca. Abrí el asiento y me di cuenta de
que alguien la había arreglado porque, además de encolarla, la había asegurado
con unas escuadras.
Aquel
gesto me llenó completamente de alegría. Alguna hermana se había dedicado a
arreglar la silla con toda delicadeza. Lo había hecho ocultamente. Seguramente
aquella silla arreglada ya llevaba algunos días ahí afuera y no nos habíamos
dado ni cuenta, pero ella ni siquiera nos vino a decir "Oye, que os he
arreglado la silla, que la he dejado donde la habíais puesto, por si no os
habéis dado cuenta..."
Quizá
por el tipo de dones que tiene cada monja, me pude imaginar que había sido una
de las más manitas. Pero me ayudó un montón el hecho de ver cómo esta hermana
sabe en qué cosas se puede entregar, y lo hace gratuitamente. Y, si lo ha hecho
de este modo, es que hacerlo así le llena de felicidad.
Nuestro
pobre ser muchas veces actúa y se mueve por la recompensa que espera recibir,
aunque muchas veces se trate de un simple "gracias". Y es que sólo el
Señor puede movernos a hacer trabajos ocultos. Sólo Él, porque toda la satisfacción
que se lleva la persona es sencillamente el amor, que lo hace con Cristo y por
amor, y nada más, y eso es fruto de un corazón enamorado.
Hoy
el reto del amor es realizar un trabajo oculto, únicamente por amor.
VIVE
DE CRISTO
Fuente:
Dominicas de Lerma
