“Para que se rechace todo tipo de violencia en
la vida política y se encuentre una solución a la grave crisis que se está
viviendo en Colombia”
Queridos
hermanos y hermanas:
Poco
antes de entrar en esta iglesia donde se conservan las reliquias de san Pedro
Claver, he bendecido las primeras piedras de dos instituciones destinadas a
atender a personas con grave necesidad y visité la casa de la señora Lorenza,
donde acoge cada día a muchos hermanos y hermanas nuestras para darles alimento
y cariño. Estos encuentros me han hecho mucho bien porque allí se puede
comprobar cómo el amor de Dios se hace concreto, se hace cotidiano.
Todos
juntos rezaremos el Ángelus, recordando la encarnación del Verbo. Y pensamos en
María, que concibió a Jesús y lo trajo al mundo. La contemplamos esta mañana
bajo la advocación de Nuestra Señora de Chiquinquirá. Como saben, durante un
periodo largo de tiempo esta imagen estuvo abandonada, perdió el color y estaba
rota y agujereada. Era tratada como un trozo de saco viejo, usándola sin ningún
respeto hasta que acabaron desechándola.
Fue
entonces cuando una mujer sencilla, la primera devota de la Virgen de
Chiquinquirá, que según la tradición se llamaba María Ramos, vio en esa tela
algo diferente. Tuvo el valor y la fe de colocar esa imagen borrosa y rajada en
un lugar destacado, devolviéndole su dignidad perdida. Supo encontrar y honrar
a María, que sostenía a su Hijo en sus brazos, precisamente en lo que para los
demás era despreciable e inútil.
De
ese modo, se hizo paradigma de todos aquellos que, de diversas maneras, buscan
recuperar la dignidad del hermano caído por el dolor de las heridas de la vida,
de aquellos que no se conforman y trabajan por construirles una habitación
digna, por atender sus necesidades perentorias y, sobre todo, rezan con
perseverancia para que puedan recuperar el esplendor de hijos de Dios que les
ha sido arrebatado.
El
Señor nos enseña a través del ejemplo de los humildes y de los que no cuentan.
Si a María Ramos, una mujer sencilla, le concedió la gracia de acoger la imagen
de la Virgen en la pobreza de esa tela rota, a Isabel, una mujer indígena, y a
su hijo Miguel, les dio la capacidad de ser los primeros en ver trasformada y renovada
esa tela de la Virgen. Ellos fueron los primeros en mirar con ojos sencillos
ese trozo de paño totalmente nuevo y ver en éste el resplandor de la luz
divina, que transforma y hace nuevas todas las cosas. Son los pobres, los
humildes, los que contemplan la presencia de Dios, a quienes se revela el
misterio del amor de Dios con mayor nitidez. Ellos, pobres y sencillos, fueron
los primeros en ver a la Virgen de Chinquinquirá y se convirtieron en sus
misioneros, anunciadores de la belleza y santidad de la Virgen.
Y
en esta iglesia le rezaremos a María, que se llamó a sí misma «la esclava del
Señor», y a san Pedro Claver, el «esclavo de los negros para siempre», como se
hizo llamar desde el día de su profesión solemne. Él esperaba las naves que
llegaban desde África al principal mercado de esclavos del Nuevo Mundo. Muchas
veces los atendía solamente con gestos evangelizadores, por la imposibilidad de
comunicarse, por la diversidad de los idiomas. Sin embargo, Pedro Claver sabía
que el lenguaje de la caridad y de la misericordia era comprendido por todos.
De hecho, la caridad ayuda a comprender la verdad y la verdad reclama gestos de
caridad. Cuando sentía repugnancia hacia ellos, besaba sus llagas.
Austero
y caritativo hasta el heroísmo, después de haber confortado la soledad de
centenares de miles de personas, transcurrió los últimos cuatro años de su vida
enfermo y en su celda, en un espantoso estado de abandono.
Efectivamente,
san Pedro Claver ha testimoniado en modo formidable la responsabilidad y el
interés que cada uno de nosotros debe tener por sus hermanos. Este santo fue,
por lo demás, acusado injustamente de ser indiscreto por su celo y debió
enfrentar duras críticas y una pertinaz oposición por parte de quienes temían
que su ministerio socavase el lucrativo comercio de los esclavos.
Todavía
hoy, en Colombia y en el mundo, millones de personas son vendidas como
esclavos, o bien mendigan un poco de humanidad, un momento de ternura, se hacen
a la mar o emprenden el camino porque lo han perdido todo, empezando por su
dignidad y por sus propios derechos.
María
de Chiquinquirá y Pedro Claver nos invitan a trabajar por la dignidad de todos
nuestros hermanos, en especial por los pobres y descartados de la sociedad, por
aquellos que son abandonados, por los emigrantes, por los que sufren la
violencia y la trata. Todos ellos tienen su dignidad y son imagen viva de Dios.
Todos hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, y a todos nosotros, la
Virgen nos sostiene en sus brazos como a hijos queridos.
Dirijamos
ahora nuestra oración a la Virgen Madre, para que nos haga descubrir en cada
uno de los hombres y mujeres de nuestro tiempo el rostro de Dios.
Palabras del Papa
Francisco después el rezo del Ángelus en el Santuario de San Pedro Claver
(Colombia)
Queridos
hermanos y hermanas:
Desde
este lugar, quiero asegurar mi oración por cada uno de los países de
Latinoamérica, y de manera especial por la vecina Venezuela. Expreso mi
cercanía a cada uno de los hijos e hijas de esa amada nación, como también a
los que han encontrado en esta tierra colombiana un lugar de acogida. Desde
esta ciudad, sede de los derechos humanos, hago un llamamiento para que se
rechace todo tipo de violencia en la vida política y se encuentre una solución
a la grave crisis que se está viviendo y afecta a todos, especialmente a los
más pobres y desfavorecidos de la sociedad. Que la Virgen Santísima interceda
por todas las necesidades del mundo y de cada uno de sus hijos.
Saludo
a todos los presentes, venidos de diferentes lugares, como también a los que
siguen esta visita por la radio y la televisión. A todos os deseo un feliz
domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí.
Mireia
Bonilla
Radio Vaticano
