Pensar más en la
felicidad de los demás que en la mía propia
Me gustaría estar siempre alegre. Guardar en mi corazón un pozo de
felicidad inagotable. Mantener la calma en momentos adversos. Sonreír en medio
de las dificultades. Conservar la mirada clara. Ser fiel con paz aun cuando
caiga y tropiece. No siempre lo logro. ¡Cuánto cuesta ser feliz!
En una entrevista en la televisión una
persona le preguntaba a Jorge Bucay: “¿Por
qué nos cuesta tanto ser felices? Todos vamos buscando y creemos que las metas
que alcanzamos nos van llenando más. Creo que ser feliz es un estado de
plenitud absoluta, es sentirte pleno contigo”.
Él le respondió: “Quizás a la gente le cuesta ser feliz porque cree que la
felicidad es estar de acuerdo con todo, pasarlo bien, estar alegre y contento. La felicidad tiene que ver con la
plenitud.
Pero yo lo cambio por algo más sencillo porque plenitud es demasiado grande. Lo
voy a llamar serenidad. Ser feliz es estar sereno. Y se obtiene
cuando uno está en el camino que uno eligió, no cuando le va bien en él.
Esperamos tanto de la felicidad que la hemos vuelto imposible. Lo definimos en
un lugar imposible. Ser feliz por estar sereno. Es algo que ocurre de la piel
para dentro. Debería prescindir de lo que pasa de la piel para fuera. La
felicidad no es un derecho, es una obligación. Lo que tiene que ver es cómo veo
yo lo que pasa fuera”.
Me gustaría aprender a ser feliz con lo
que tengo. A vivir con serenidad el presente de mi camino. Quiero ser un hombre
sereno. Tranquilo con mi vida. Con esa paz que me da saber dónde estoy ahora.
No sueño con ese momento en el que cambie
de sitio, cuando vaya a otra parte, cuando todo sea mejor. Mi felicidad tiene
que ver con mi edad de hoy. Con mis relaciones hoy. Con mi familia hoy como es,
no cuando los niños se vayan, o cuando todo mejore en mi trabajo.
Es la serenidad de saber que estoy en el
camino que Dios ha soñado para mí. Aunque no sepa muy bien cómo se va a
desarrollar mi vida. Aunque no todo funcione. No quiero controlarlo todo. No
quiero saber exactamente cómo van a seguir las cosas.
Creo que lo que más me quita la felicidad es ese
vano empeño mío por querer tenerlo todo controlado. Lo que
deseo, lo que programo. Los imponderables de la vida me turban, no los abarco.
Y me pierdo en medio de luces y sombras. Sin tenerlo todo claro.
A veces pretendo que todo me encaje. Como
si de una obra de ingeniería perfecta se tratara. No quiero errores y busco
minimizarlos en un empeño inútil por ser yo el artífice de mi vida. Creo que
así lograré ser feliz. Cuando todo esté bajo control y nada se me escape.
En mi orden aparente busco ser feliz.
Allí donde no hay caos. Ni ruidos. Ni distorsiones. Y alejo de mí lo que llamo
relaciones tóxicas. Busco cuidar mi felicidad fugaz a base de desvelos y
preocupaciones. Me preocupo antes de ocuparme. Me angustio antes de lamentar lo
ocurrido.
Vivo con anticipación la infelicidad del
futuro. Y cuando sucede, si sucede, vuelvo a ser igual de infeliz. Soy infeliz
por partida doble.
Tal vez me falta el don de esa varita
mágica que cambia lo oscuro en luz. La tristeza en esperanza. Dios lo puede
hacer posible si me hago con ese poder de su Espíritu. Sé, porque lo he
comprobado, que yo solo no lo logro nunca. Es inútil.
Quiero hacer lo que me dice el papa
Francisco: “Las alegrías más intensas de la vida
brotan cuando se puede provocar la felicidad de los demás, en un anticipo del
cielo”. Quiero
que mi alegría crezca cada vez que logro hacer felices a otros.
Es el camino para ser feliz. Pensar más
en la felicidad de los demás que en la mía propia. Vivir abierto al otro. Buscar lo que
desea. Adaptarme a sus planes. Ceder a sus consejos. Renunciar a mis proyectos.
Ponerme en un segundo plano sin pretender ser yo el primero.
Aceptar ser ignorado aun cuando me crea
con derecho a ser tomado en cuenta. Aceptar que no me consulten. Entender que
lo importante es que los otros estén bien. No pretender influir en todo con mi
opinión. Ser uno más entre muchos. No querer ser especial.
Vivir preguntándome qué anhelan los que
más amo. Hacer posibles los sueños de los otros. Dejar de obsesionarme con
cuidar mi espacio. Respetar al máximo el camino de los que amo. Alabar sus
éxitos y alegrarme con ellos. Disfrutar de los planes que otros me proponen sin
echar de menos lo que yo hubiera elegido.
Estar orgulloso de la vida de los otros.
Hablar bien de los que me rodean. Sentir que los demás hacen mejor las cosas
que yo. No compararme sintiendo que no me valoran. Son ayudas que me hacen más feliz.
Fuente:
Aleteia
