Hay que reconocer la
infidelidad matrimonial es uno de los dramas conyugales más graves (aunque no
el único) que afectan, en nuestro tiempo, a la institución matrimonial
La infidelidad dentro del marco
del matrimonio se denomina ‘adulterio’, como enseña en Catecismo de la Iglesia
Católica: ‘El adulterio. Esta palabra designa la infidelidad conyugal. Cuando
un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una
relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso
el deseo del adulterio’.
El adulterio es un pecado
grave que transgrede la ley natural y la ley divina: ‘El sexto mandamiento y el
Nuevo Testamento prohíben absolutamente el adulterio.
Los profetas denuncian su
gravedad; ven en el adulterio la imagen del pecado de idolatría. El adulterio
es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo
de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge
y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da
origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que
necesitan la unión estable de los padres’.
La situación es una lógica
consecuencia del brete cultural en que nos encontramos metidos. Entre muchas
causas quiero destacar dos.
La primera es la mentalidad
divorcista que ha sumergido la institución matrimonial en una crisis agudísima
que amenaza con sofocarlo. La experiencia de 12 años de divorcio en Argentina
es elocuente: el divorcio ha engendrado más divorcios y separaciones, menos
matrimonios, más concubinatos, menos hijos por matrimonio, más hijos fuera del
matrimonio (un estudio del INDEC establecía que en 1995 el 45% de los
argentinos nacieron fuera del matrimonio) y envejecimiento poblacional.
La situación de los
divorciados vueltos a casar, aunque sea dolorosa y pastoralmente merezcan un
cuidado singular por parte de la Iglesia, es, sin embargo, una situación de
adulterio; el hecho de que el fenómeno se extienda cada vez más debe
preocuparnos seriamente.
La segunda causa debemos
buscarla en la incomprensión -por parte de muchos católicos incluso teólogos y
pastores- de la enseñanza de la Humanae vitae sobre el acto conyugal.
Muy sabio fue Pablo VI al
defender la indisolubilidad de los dos significados o dimensiones del acto conyugal.
Éste, por su íntima naturaleza, es al mismo tiempo unitivo y procreador.
Mantener la unidad de ambos aspectos es condición esencial para respetar la
‘totalidad’ de la entrega matrimonial. El matrimonio es ‘uno con una para
siempre’, para ‘darse totalmente cada vez que se entregan en su relación
conyugal’. El no comprender este segundo elemento puede conducir a la postre a
no entender el sentido del primero.
El robarle un significado al
acto conyugal, como ocurre en el fenómeno de la anticoncepción (en la que se le
despoja voluntariamente del valor procreador), implica una donación mezquina,
un amor a medias, un regalo truncado. Quien se acostumbra a este modo (parcial)
de darse, puede terminar por preguntarse qué mal hay en reservarse parte de sus
sentimientos para compartir con alguien distinto de su cónyuge legítimo.
Esto no es una cosa nueva.
El mismo Pablo VI advirtió en la Humanae vitae que el uso generalizado de
anticonceptivos conduciría a ‘la infidelidad conyugal y a la generalizada
degradación de la moralidad’, y asimismo que el hombre perdería el respeto
hacia la mujer y ‘ya no le importaría su equilibrio físico y psicológico’,
hasta el punto en que él la consideraría ‘como un mero instrumento de disfrute
egoísta, y ya no como su respetada y amada compañera’; lo único que cabe
agregar es que el mismo fenómeno se da hoy en muchas mujeres respecto de sus
esposos.
La mentalidad hedonista, con
su conceptos tergiversados del sexo seguro, de las relaciones prematrimoniales,
de los matrimonios a prueba, con su desprecio de la virginidad, etc.,
propagados con la complicidad de los medios masivos de información y de
auténticas ‘multinacionales’ del sexo, han extendido inquietantemente este modo
ponderar el amor y la sexualidad.
¿Qué hacer para remontar
este clima de infidelidad? En general, lo que está a nuestro alcance, es el
preparar a los futuros esposos para vivir la fidelidad en todas sus
dimensiones, y predicar eso mismo a los hombres y mujeres en general, especialmente
a los ya casados.
El verdadero amor exige
espontáneamente la exclusividad. El universo del amor tiene dos polos; el amor
verdadero tiene como característica la ‘suficiencia intrínseca’, es decir, que
los que se aman no necesiten de nadie más. Si necesitan de ‘alguien’ de afuera
para dar plenitud a su corazón, lo que está fallando es el amor.
Pero no solamente el amor
exige la fidelidad, sino que la fidelidad ‘protege’ al amor. Todo esfuerzo por
ser fiel, especialmente en los momentos de tentación fuerte, repercuten
aumentando, purificando y transformando el amor de los esposos.
Normalmente a la infidelidad
-en el sentido de ‘engaño’ del cónyuge con otro amante- es algo que sucede
porque se entiende la fidelidad conyugal en un sentido restrictivo. La
verdadera fidelidad implica tres dimensiones: es la fidelidad cordial, mental y
carnal. Lamentablemente, muchos la identifican exclusivamente con esta última;
y esta última, sola -sin las otras- no puede mantenerse en pie.
1) Fidelidad cordial, del
corazón, quiere decir reservar el corazón para el cónyuge, y renovar
constantemente la entrega que se le ha hecho la vez primera en que se declaró
su amor. Dice Gustave Thibon: ‘La verdadera fidelidad consiste en hacer renacer
a cada instante lo que nació una vez: estas pobres semillas de eternidad
depositadas por Dios en el tiempo, que la infidelidad rechaza y la falsa
fidelidad momifica’. Charbonneau añade: ‘el marido que deja dormir su corazón
ya es infiel’. Fidelidad implica, por tanto:
-como dimensión positiva:
reiterar la entrega del corazón; los esposos están obligados, en virtud del
amor, a ser afectivos entre sí; demostrarse el cariño. Flor que no se riega se
marchita; corazón que no es alimentado, busca comida en otros platos.
-como dimensión negativa:
evitar todo trato imprudente con personas de otro sexo. Entiendo por trato
imprudente aquellas manifestaciones de afecto (a veces puramente a nivel de
amistad) que pueden empezar a ablandar el corazón. La persona con quien no se
convive, la que es tratada sólo esporádicamente, siempre revela menos defectos
que aquella que comparte el propio hogar… Y… el prado del vecino siempre parece
más verde… por el solo hecho de mirarlo de lejos. Así, de los tratos
reblandecidos (lo que no quiere decir que todos debemos ser corteses y
cordiales con el prójimo) pueden ser inicio de enamoramientos.
2) Fidelidad mental: no sólo
es adulterio e infidelidad el contacto carnal con la persona ajena al
matrimonio, sino también el pensar en ella y desearla. La fidelidad exige
castidad de pensamientos, memoria y deseos. El que maquina, imagina, sueña
despierto, ‘aventuras’, aunque no tenga intención de vivirlas en la realidad,
ya es infiel, y esto prepara el terreno para la infidelidad en los hechos.
En este sentido,
difícilmente guardará la fidelidad conyugal quien mira o lee revistas o
películas pornográficas, o con algún contenido pornográfico; quien no cuida la
vista ante otras mujeres u hombres; quien asiste o frecuenta ambientes donde no
se tiene el mínimo pudor en el vestir o en el hablar.
La castidad exige, para
poder ser vivida, un ‘ambiente casto’. Esto no es puritanismo; esto es
simplemente lo ‘normal’, lo adecuado a la norma. Considero que la falta de
seriedad en esta dimensión es causa principal de las infidelidades
matrimoniales, y no se puede poner remedio a este problema si no se empieza por
cortar con el caldo de cultivo de toda infidelidad que es la falta de castidad
en las miradas, en el pensamiento y en el deseo.
3) Fidelidad carnal: es
bastante claro y evidente por sí. La infidelidad carnal es siempre una
profanación del cónyuge inocente, porque el matrimonio ha hecho de ellos una
sola carne (Mt 19,5); al entregarse uno de ellos a una persona ajena al
matrimonio, ensucia y rebaja la persona del cónyuge.
Finalmente, hay que tener
siempre en cuenta que la fidelidad es una gracia; como tal, los esposos deben
pedirla, es decir, rezar pidiendo a Dios no faltar nunca a la palabra dada en
el matrimonio. Especialmente quienes se encuentran en situaciones más
difíciles, ya sea por el ambiente en que viven o por hábitos desordenados largo
tiempo consentido, deben recordar que la Iglesia nos enseña a orar con San
Agustín: Da quod iubes et iube quod vis (da lo que mandas y manda lo que
quieras). El Concilio de Trento completó esta afirmación con una expresión
magnífica: ‘Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda,
te invita a hacer lo que puedas y a pedir lo que no puedas y te ayuda para que
puedas’.
Fuente: Catholic.net
