Si se llega a la eternidad debiendo algo, el
alma se tendrá que purificar
La verdad del purgatorio,
aunque no esté mencionada explícitamente en la Biblia, se entrevé en la misma.
En la sagrada escritura hay
muchos elementos que ayudan a fundamentar la convicción de que nada impuro, manchado o imperfecto puede
entrar en contacto con Dios, que no se puede acceder a Dios sin
pasar a través de algún tipo de purificación cuando sea necesaria.
Veamos sólo algunos de estos
elementos. En la epístola a los hebreos, que habla de los ejemplos de fe en la
historia sagrada, se mencionan a unos mártires; más concretamente el texto
dice: “Unos fueron torturados, rehusando la liberación por conseguir una
resurrección mejor” Hebreos 11,35.
De manera pues que en el pueblo de Israel ya había
conciencia de que la muerte no es el fin, de que hay una resurrección y esta tiene que ser a un vida de
gloria. Resurrección que hay que favorecer; de consecuencia ya había
consciencia de una recompensa para los que mueren sin pecado o en gracia de
Dios.
Y como en muchos casos no se muere con el alma pulcra pues es
necesaria una purificación, es necesario purgar el pecado.
Y los que quedan son
conscientes de que con su
oración pueden ser solidarios con los que mueren para ayudarles en dicha purificación.
Es lo que vemos claramente en
el 2 Macabeos 12. Aquí se da por cierto que existe una purificación después de
la muerte. Judas Macabeo efectuó una colecta para tener lo necesario a fin de
que se ofreciera un sacrificio expiatorio por el pecado de unos soldados
caídos.
“Esta enseñanza se apoya
también en la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la
Escritura: “Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en
favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado” (2 M 12, 46).
Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de
los difuntos y ha ofrecido sufragios en su
favor, en particular el sacrificio eucarístico, (cf DS 856) para que, una vez
purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios.
La Iglesia también recomienda
las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los
difuntos: llevémosles socorros y hagamos su conmemoración.
Si los hijos de Job fueron
purificados por el sacrificio de su padre, (cf. Jb 1,5) ¿por qué habríamos de
dudar de que nuestras ofrendas por los muertos les lleven un cierto consuelo?
No dudemos, pues, en socorrer
a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos (San Juan
Crisóstomo, hom. in 1 Cor 41,5)” (Catecismo, 1032).
Es pues doctrina segura la existencia de un estado transitorio de
purificación obligatorio para aquellos que, habiendo muerto en gracia de Dios,
necesitan mayor purificación para llegar a la santidad necesaria para entrar en
la realidad celestial.
En el Antiguo Testamento hay
muchos ejemplos en los que se ve que lo que
está destinado a Dios debe ser lo mejor, lo perfecto.
Uno de estos ejemplos es la
calidad de la ofrenda de Abel aceptada con agrado por parte de Dios (Gn 4, 8);
o por ejemplo, en el plano sacrificial, lo que entra en contacto con Dios debe
ser lo perfecto, es el caso de los animales destinados para la inmolación (Lv
22, 22).
Pero más que las cosas son
las personas que quieren tener su eterno destino en Dios las que deben ser
perfectas, sin mancha.
En el plano institucional es la integridad física de los ministros
del culto (Lv 21, 17-23). A esta
integridad física o personal de los ministros del culto debe corresponder una
entrega total a Dios por parte de todo el pueblo de acuerdo con las grandes
enseñanzas del Deuteronomio.
Se trata de amar a Dios con
todo el ser, con pureza de corazón y con el testimonio de las obras (Dt 10, 12
ss).
Y esta integridad debe ir más allá de la
vida presente para entrar en la comunión perfecta y definitiva con Dios,
con el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob (Ex 3, 6), con el
Dios en quien todos viven.
Es lo que asegura también
Jesús hablando de la resurrección: “Y que los muertos resucitan lo ha indicado
también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el
Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos,
porque para él todos viven” (Lc 20, 37-38).
El Salmo 50, el salmo
penitencial por antonomasia, nos habla en clave de purificación interior: si el
pecador confiesa y reconoce la propia culpa (v. 6), y pide insistentemente ser
purificado o ‘lavado’ (vv. 4. 9. 12 y 16), podrá proclamar la alabanza divina
(v. 17).
Y una de las características
de la figura del Siervo de Yahvéh es su función de interceder y expiar en favor
de muchos; al término de sus sufrimientos, él «verá la luz» y «justificará a
muchos», cargando con sus culpas (Is 53, 11).
Pasando ya al Nuevo
Testamento, Jesucristo
también nos insinúa varias veces de la realidad del purgatorio cuando
dice, por ejemplo: “Mientras vas donde las autoridades con tu adversario,
aprovecha la caminata para reconciliarte con él, no sea que te
arrastre ante el juez y el juez te entregue al carcelero, y el carcelero te
encierre en la cárcel. Yo te aseguro que no
saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último centavo”
(Lc 12, 58-59). Aquí la cárcel es el sinónimo del purgatorio de donde se saldrá
una vez se ha pagado toda deuda.
Jesús hace referencia por
tanto a una purificación temporal de la que se saldrá cuando termine. Esta
purificación no puede ser ni el infierno ni en el cielo, pues entre otras cosas
son realidades eternas de las que no se saldrá.
Es decir si no arreglamos las cosas mientras vamos de camino a la
eternidad y se llega a ella debiendo algo, el alma se tendrá que purificar.
Y el Apóstol San Pablo habla
de un fuego purificador y del valor de la obra de cada uno,
que se revelará el día del juicio: “Si la obra de uno construida sobre el
cimiento (sobre Cristo) resiste, recibirá la recompensa. Mas aquel cuya obra
quede abrasada sufrirá el daño. Él, no obstante, quedará a salvo, pero como
quien pasa a través del fuego” (1 Co 3, 14-15).
Fuente: Aleteia
