¿Es necesario que sea el nombre de un
santo? ¿Vale cualquier otro?
El
Código de Derecho Canónico es claro al afirmar: “Procuren los padres, los
padrinos y el párroco que no se imponga un nombre ajeno al sentir cristiano“:
(Can. 855). Por tanto, atendiéndonos al texto, no hay obligación de imponer al
niño un nombre que figure en el santoral cristiano, aunque casi siempre se ha
hecho así y es lo ideal.
La
Iglesia pide encarecidamente a los padres de familia al bautizar a un niño que
se le ponga un nombre que no sea ajeno al sentir cristiano.
Los nombres que se
recomiendan son obviamente los de Jesús, o de alguna advocación o devoción a la
Santísima virgen o un nombre bíblico o un nombre del santoral cristiano o que
haga referencia a algún misterio de la fe.
No
vale cualquier nombre, aunque sea aceptado en el registro civil. Recordemos que
el bautismo incorpora a la Iglesia y el nombre lo debe decir o confirmar. Aquí
hay algo que no debe ser desechado, porque tiene que ver con, la trasmisión de
una cultura cristiana. Afortunadamente hay todavía muchísimos padres de familia
que bautizan a sus niños con nombres relacionados con la fe, y esto no es un
dato menor, porque expresa el aprecio de la vida cristiana por una gran parte
de fieles.
Nosotros
los cristianos debemos excluir de nuestras vidas todo lo que no responda a
nuestra identidad. El darle a un niño o niña un nombre cristiano (el nombre del
santo del día de nacimiento o con el nombre de otro santo) genera un vínculo
con el santo o santa y con la fe que se ha de alimentar. El patrocinio del
santo o santa que se le ofrece al niño o a la niña sirve a su vez como modelo
de caridad, para colocarlo o colocarla bajo la protección de un celestial
patrono personal a quién admirar y encomendarse y para que se aliente a la
imitación de sus ejemplos. Este gesto sirve, de alguna manera, para iluminarle
el camino de su vida espiritual.
Hay
muchos nombres, dentro de la tradición cristiana, que tienen un sentido muy
bello, muy noble por su etimología y no solamente del punto de vista religioso
sino también humano. En este tema se trata de tener un poco de discreción, pero
implica también un reconocimiento de lo que significa el bautismo.
La
Iglesia en su sabiduría y autoridad milenarias aconseja esto: Que los niños
tengan, a partir de su nombre, un vínculo con Dios, con la fe en Cristo y su
sentido de pertenencia a la Iglesia. Amigos: la fe empieza por estos detalles
tan sencillos.
Lastimosamente
es evidente que ha crecido últimamente la opción de usar nombres ajenos al
sentir cristiano para bautizar a los niños; y cada vez más hay más nombres que
en nada tienen que ver ni con la dignidad bautismal ni con la fe o con la Iglesia.
La fe comienza a perderse por estos detalles y la Iglesia está preocupada por
el descenso de nombres cristianos para los niños.
Es
sabido que el papa, en la fiesta de bautismo del Señor, bautiza a un grupo
reducido de niños. Y los niños que se escogen son los que llevan solamente
nombres cristianos (este es uno de los criterios de selección) instando a los
católicos a que recuperen estos nombres como sentido de pertenencia a la
Iglesia.
Es
conveniente tener en cuenta que los nuevos miembros de la Iglesia adquieren el
carácter de hijo o hija de la Iglesia comenzando con un nombre cristiano.
Es
muy triste constatar las ocurrencias de algunos padres de familia al bautizar a
sus niños con unos nombres desafortunados escogiendo, p.e., nombres de famosos
(a manera de homenaje a dichas personas) o de marcas de automóviles o nombres
muy rocambolescos con los cuales, incluso, un mañana los niños harán el
ridículo. Hay ciertas manías o modas para imponer unos nombres con los cuales
se podría marcar negativamente un niño pues el nombre escogido con el pasar de
los años sonará aun más extravagante.
El
poner un nombre cristiano al niño o a la niña no es un asunto banal, no lo es
en absoluto. No es una cosa insignificante porque esta práctica generalizada y
multiplicada contribuye a una presencia cristiana concreta en la sociedad, es
la presencia del hecho cristiano y de la referencia a nuestros orígenes
cristianos.
Recordar
o celebrar al santo a propósito del nombre del bautismo es una práctica bonita
que se realiza desde tiempos inmemoriales y se le dice onomástico. El
onomástico es pues el día en que, según el santoral católico, se hace fiesta
para celebrar al santo en honor del cual se le puso a alguien el mismo nombre.
Ahora
bien no hay que confundir el onomástico con el cumpleaños aunque a veces
coincida en un mismo día cumpleaños y onomástico.
Si
bien por tradición popular se nombraba al niño o a la niña recién nacido (a)
con el nombre que el santoral católico indicaba para ese día, no siempre el día
del cumpleaños de alguien coincide con el día de su onomástico. En conclusión,
se puede celebrar el cumpleaños y el onomástico (o el santo) el mismo día, si
ambas fechas coinciden, o se puede celebrar el cumpleaños sin celebrar el
onomástico (y viceversa).
Fuente: Aleteia
