Tú, Dios mío, me eres testigo de que ninguna cosa me puede consolar, ni criatura alguna dar descanso sino Tú, Dios mío, a quien deseo contemplar eternamente
Capítulo X: No se debe dejar
fácilmente la sagrada Comunión.
JESUCRISTO:
1. Muy a menudo debes
acudir a la fuente de la gracia y de la misericordia divina; a la fuente de la
bondad y de toda pureza, para que puedas sanar de tus pasiones y vicios, y
merezcas hacerte más fuerte y más despierto contra todas las tentaciones y
engaños del demonio. El enemigo, sabiendo el grandísimo fruto y remedio que hay
en la sagrada Comunión, trabaja cuanto puede sin perder medio y ocasión por
retraer y estorbar a los fieles y devotos.
3. Muchas veces estorba también la demasiada ansia
de tener devoción, y cierta inquietud por confesarse bien. Haz en esto lo que
te aconsejen los sabios, y deja el ansia y el escrúpulo, porque impide la
gracia de Dios y destruye la devoción del alma. No dejes la sagrada Comunión
por alguna pequeña tribulación o pesadumbre; sino vete luego a confesar, y perdona de buena gana todas las ofensas que te han
hecho. Y si tú has ofendido a alguno,
pide perdón con humildad, y Dios te perdonará también de buena voluntad.
4. ¿De qué
sirve retardar mucho la confesión, o diferir la sagrada Comunión? Límpiate cuanto
antes, vomita luego el veneno, como presto el remedio, y te hallarás mejor que
si lo dilatares mucho tiempo. Si hoy
la dejas por alguna causa, mañana te puede acaecer otra mayor; y así te apartarás mucho tiempo de la
Comunión, y después estarás menos dispuesto. Lo más presto que pudieres, sacude
tu pereza e inacción; porque nada se gana con angustiarse e inquietarse largo tiempo y apartarse del divino
sacramento por obstáculos diarios. Al
contrario, daña mucho el dilatar demasiado la Comunión; porque esto suele
causar un grave entorpecimiento. Pero ¡Oh dolor! Algunos tibios y disipados
dilatan con gusto la confesión, y desean retardar la sagrada Comunión por no verse obligados a guardar su alma con mayor cuidado.
dilatan con gusto la confesión, y desean retardar la sagrada Comunión por no verse obligados a guardar su alma con mayor cuidado.
5. ¡Oh,
cuán poca caridad y flaca devoción tienen los que tan fácilmente dejan la sagrada
Comunión! ¡Cuán bienaventurado es, y cuán agradable a Dios el que vive tan bien
y guarda su conciencia con tanta pureza, que este dispuesto a comulgar cada
día, y muy deseoso de hacerlo así, si le conviene y no
fuese notado! El que se abstiene algunas veces
por humildad o por alguna legítimaos de alabar por su respeto. Más si poco a poco
le entraré la tibieza, debe despertarse a sí mismo, y hacer lo que este de su
parte, y el Señor ayudara su deseo, por la buena voluntad,
que es a la que especialmente atiende.
6. Más
cuando estuviere legítimamente impedido, tenga siempre buena voluntad y devota
intención de comulgar, y así no carecerá del fruto del Sacramento. Porque cualquier
devoto puede cada día y cada hora comulgar espiritualmente con fruto. Más en
ciertos días y en el tiempo mandado, debe recibir sacramentalmente el cuerpo de
su Redentor con afectuosa reverencia, y buscar más bien la gloria y honra de
Dios, que su propia consolación. Porque
tantas veces comulga místicamente y se alimenta invisiblemente su
espíritu, cuantas se acuerda con devoción el misterio de la Encarnación y
Pasión de Cristo, y se enciende en su amor.
7. El
que no se prepara sino al acercarse la fiesta, o cuando le fuerza la costumbre,
muchas veces se hallara mal preparado.
Bienaventurado el que se ofrece a Dios en entero
sacrificio cuantas veces celebra o comulga. No seis muy prolijo ni acelerado en
celebrar; sino guarda el medio justo y ordinario de
los demás con quienes vives. No debes causar a los
otros molestia ni enfado, sino ir por el camino ordinario de los mayores, y
mirar más al aprovechamiento de los otros, que a tu propia devoción y afecto.
Capítulo XI: El cuerpo de Cristo y la sagrada escritura son muy
necesarios al alma fiel.
EL
ALMA:
1.
¡Oh dulcísimo Señor Jesús! ¡Cuánta es la dulzura del alma devota, que se regala
contigo en el banquete, donde se le presenta otro
manjar que a su único amado, apetecible sobre
todos deseos de su corazón! Seria ciertamente muy dulce para mí derramar
en tu presencia copia de lágrimas afectuosas, y regar con ellas tus pies como
la piadosa
Magdalena. Mas ¿dónde está ahora esta devoción?
¿dónde el copioso derramamiento de lágrimas devotas? Por cierto en tu
presencia, y en la de tus santos ángeles, todo mi corazón debiera encenderse y
llorar de gozo. Porque en el Sacramento te tengo verdaderamente presente,
aunque encubierto bajo otra especie.
2. Porque el mirarte en
tu propia y divina claridad no podrían mis ojos resistirlo, ni el mundo entero
subsistiría ante el resplandor de la gloria de tu majestad. Tienes, pues,
consideración a mi imbecilidad cuando te ocultas bajo de este Sacramento. Yo
tengo verdaderamente y adoro al mismo a quien adoran los ángeles en el cielo:
más yo solo con la fe por ahora, ellos claramente y sin velo. Debo yo
contentarme con la luz de una fe verdadera, y andar con ella hasta que amanezca
el día de la claridad eterna, y desaparezcan las sombras de las figuras. Mas
cuando llegue este perfecto estado, cesará el uso de los Sacramentos; porque
los bienaventurados en la gloria no necesitan de medicina sacramental. Sino que
están siempre absortos de gozo en presencia de Dios, contemplando cara a cara
su gloria; y trasladados de esta claridad al abismo de la claridad de Dios,
gustan el Verbo encamado, como fue en el principio, y permanecerá eternamente.
3. Acordándome de estas
maravillas, cualquier contento, aunque sea espiritual, se me convierte en grave
tedio, porque mientras no veo claramente a mi Señor en su gloria, en nada
estimo cuanto en el mundo veo y oigo. Tú, Dios mío, me eres testigo de que
ninguna cosa me puede consolar, ni criatura alguna dar descanso sino Tú, Dios
mío, a quien deseo contemplar eternamente. Mas esto no es posible mientras vivo
en carne mortal. Por eso debo tener mucha paciencia, y sujetarme a Ti en todos
mis deseos. Porque también, Señor, tus Santos, que ahora se regocijan contigo
en el reino de los cielos, cuando vivían en este mundo esperaban con gran fe y
paciencia l a venida de tu gloria. Lo que ellos creyeron, creo yo; lo que
esperaron, espero; adonde llegaron ellos finalmente por tu gracia, tengo yo
confianza de llegar. Entretanto caminaré con la fe, confortado con los ejemplos
de los Santos. También tendré los libros santos, para consolación y espejo de
la vida; y sobre todo esto, el Cuerpo santísimo tuyo por singular remedio y
refugio.
4.
Pues conozco que tengo grandísima
necesidad de dos cosas, sin las cuales no podría soportar esta vida miserable.
Detenido en la cárcel de este cuerpo, confieso serme necesarias dos cosas que
son, mantenimiento y luz. Dísteme, pues, como a enfermo tu sagrado Cuerpo para
alimento del cuerpo, y además me comunicaste tu divina palabra para que
sirviese de luz a mis pasos. Sin estas dos cosas yo no podría vivir bien;
porque la palabra de Dios es la luz de mi alma, y tu Sacramento el pan que le
da la vida. Estas se pueden llamar dos mesas colocadas^ a uno y a otro
lado en el tesoro de la Santa Iglesia Una es la mesa del sagrado altar donde
está el pan santificado esto es el precioso cuerpo de Cristo Otra es la de la
ley divina que contiene la doctrina sagrada enseña la verdadera fe, y nos
conduce con seguridad hasta lo mas interior del velo donde esta el Santo de los
Santos. Gracias te doy, Jesús mío, esplendor de la luz eterna, por la santa doctrina
que nos diste por tus siervos los profetas los apóstoles y los otros doctores
5. Gracias te doy,
Criador y Redentor de los hombres, de que, para manifestar a todo el mundo tu
caridad, dispusiste una gran cena, en la cual diste a comer, no el cordero
figurativo, sino tu santísimo Cuerpo y Sangre, alegrando a todos los fieles, y
embriagándolos con el cáliz saludable en esta sagrado banquete, donde están
todas las delicias del paraíso, y
donde los santos ángeles comen con nosotros, aunque gustan una suavidad más
feliz.
6. ¡Oh, cuán grande y
honorífico es el oficio de los sacerdotes, a los cuales es concedido consagrar
al Señor de la majestad con las palabras sagradas, bendecirlo con sus labios,
tenerlo en sus manos, recibirlo en su propia boca, y distribuirle a los demás!
¡Oh, cuán limpias deben estar aquellas manos, cuán pura la boca, cuán santo el
cuerpo, cuán inmaculado el corazón del sacerdote, donde tantas veces entra el
Autor de la pureza! De la boca del sacerdote no debe salir palabra que no sea
santa, que no sea honesta y útil, pues tan continuamente recibe el santísimo
Sacramento.
7. Deben ser simples y
castos los ojos acostumbrados a mirar el cuerpo de Cristo, puras y levantadas
al cielo las manos que tocan al Criador del cielo y de la tierra. A los
sacerdotes especialmente se dice en la ley: SED SANTOS, PORQUE YO, VUESTRO DIOS
Y SEÑOR, SOY SANTO.
8. ¡Oh Dios todopoderoso! Ayúdenos tu gracia a los que hemos
recibido el oficio sacerdotal, para que podamos servirte digna y devotamente
con toda pureza y buena conciencia. Y si no podemos
proceder con tanta inocencia de vida como debemos, otórganos llorar dignamente
los pecados que hemos cometido, y de aquí adelante servirte con mayor fervor,
con espíritu de humildad; y con buena y constante voluntad.
Fuente: Encuentra