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| La soledad del sacerdote |
"Todos los
sacerdotes tenemos esos momentos. A veces la sentimos al cambiar de parroquia y
otras porque necesitamos cambiar. Vivimos mucha incomprensión y mucha presión.
Nuestra vida tiene estas cosas. También nosotros pasamos depresiones, estrés y ansiedad.
Hay sacerdotes que se han suicidado”
Estos días he
cumplido catorce años siendo sacerdote y me ha venido a la mente varias veces
una pregunta: ¿volvería yo a ser cura?
El otro día
escuché a Alberto Linero, un sacerdote colombiano que se secularizó, contar que
el motivo fue que se vio y se sintió totalmente solo. “Pobre hombre”,
pensé. No sé su historia pero me puedo imaginar que habría pasado momentos
fuertes de lucha. También sé que estas redes sociales no son buenas compañeras
cuando se está mal. Los números son un engaño, amigos. Uno se puede sentir solo
aunque tenga diez millones de seguidores.
Hace tres años
viví unos meses terribles. Me encontraba en una parroquia nueva y no sabía qué
hacer. Me veía muy incapaz. Todo se me hacía difícil y pesado. Abría la puerta
por las mañanas y apenas nadie venía. Cerraba por las noches y pensaba, “¿qué
hago ahora?”.
Después de doce
años en otro lugar, y acostumbrado a mucho ritmo, de repente todo en la vida
había cambiado. Estaba acostumbrado a ver a cada día a las mismas personas, a
atender los mismos grupos y comunidades, a organizar las mismas actividades. De
la noche a la mañana todo eso había cambiado.
Dejé de ver el
sentido a lo que hacía. Venía además de un tiempo de depresión que se agravó.
Me sentía totalmente solo. Una desazón terrible. Lloraba por la noche en mí
capilla. Hay un cántico en la Sagrada Escritura que habla de “una tierra
desierta, en una soledad poblada de aullidos”. Así es como yo describo
aquellos meses. Aullidos horrorosos.
Al final de la
conversación la señora me preguntó: “¿usted cree que hay Dios?”. Esas
palabras me traspasaron. No puedo olvidarlas. ¿Cómo responder yo a esa pregunta
en medio de tanto sentimiento de soledad? Un día entró a la iglesia una señora
llorando. Llevaba mucho peso en el corazón. La estuve escuchando. No pensé la
respuesta, recuerdo que lo que la dije me salió del alma: “Por eso he venido
y estoy aquí”. Aquella pregunta no era de la señora, era un tremendo
escrute al corazón que el Señor me hacía: “¿Me amas aunque estés así? ¿O me
amas solo cuando las cosas van bien y hay fruto?”.
“Te quiero,
Señor. Esté aquí o esté allí. Sé que me has llamado. Sé que me quieres. Y sé
que eres fiel”. Así que, sí, volvería a ser sacerdote. Volvería a marcharme
al Seminario. Volvería a prometer fidelidad a Dios. Volvería a decir que quiero
entregar la vida. Sin dudarlo. Pero no porque yo sea bueno, que no lo soy, sino
porque Dios es muy bueno conmigo. Me sostiene cada día. Él ha sido fiel cuando
yo no lo era. Su presencia silenciosa en el Sagrario es mi ayuda, Él está en
los momentos buenos y los malos.
¿Alberto Linero
se sintió solo? Normal. No me extraña. Todos los sacerdotes tenemos esos
momentos. A veces la sentimos al cambiar de parroquia y otras porque
necesitamos cambiar. Vivimos mucha incomprensión y mucha presión. Nuestra vida
tiene estas cosas. También nosotros pasamos depresiones, estrés y ansiedad. Hay
sacerdotes que se han suicidado. Sentimos soledad cuando hay épocas que hay
muchos problemas en las parroquias. La sentimos a la hora de tomar decisiones
difíciles. Pero, ¿sabes qué? Eso también le pasa a cualquier persona. ¿O
tú qué te has casado o que vives con tu familia no sientes nunca soledad?
¿Acaso solo los curas lo pasamos mal? Es bueno desmitificar. Creo que no ayuda
esa imagen que hay de nosotros como si fuéramos Superman. Los sacerdotes
sufrimos, y eso no significa que no estemos felices de ser curas. Pero tampoco
es que solo suframos nosotros. No pasa nada.
En todo este
tiempo no me han faltado mis hermanos de comunidad que me preguntaban cómo
estaba y venían a verme. No me han faltado hermanos sacerdotes de mi grupo de
vida que me esperaban para cenar y rezaban conmigo cuando a mí no me salían las
palabras. Dios no me quitó la noche. Me mandó hermanos para atravesarla.
Después de catorce años he aprendido que la fidelidad no es mérito propio, sino
en buena parte fruto de la gracia y de las mediaciones concretas que Dios pone.
Dios es fiel.
Seguirle apasionante. Y me queda un año menos para celebrar la Pascua en el
Cielo. Y a ti también. Ahí está la gran y definitiva esperanza.
Francisco
Javier Bronchalo
Fuente: ReligiónenLibertad
