EL ESPEJO DEL ALMA NO ENGAÑA: LA RUTINA TRAS EL VERANO

El regreso de las vacaciones nos confronta con el espejo físico y el espiritual. Un reflejo honesto de nuestra alma para retomar la rutina con Dios

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Volvemos de las vacaciones, de ese tiempo sin rutinas, sin madrugones, sin gimnasios, que han sido sustituidos por cenas y helados a media tarde. Cuando volvemos a reencontrarnos con los lunes vestidos de rutina, aprovechamos para examinar las nuevas medidas que necesitamos: más deporte, menos hidratos, una cantidad que variará en función de lo que nos indique el espejo pero sobre todo el del alma.

Porque al espejo no le podemos engañar. Va a darnos una imagen directamente proporcional a la fuerza de voluntad que hemos tenido durante estas semanas, sin filtros, sin escondites, sin cajones donde guardar aquello que no queremos ver. El espejo no negocia con nosotros, no acepta justificaciones ni se deja convencer por aquello de "el lunes empiezo". Nos devuelve la imagen de lo que hay.

El retrato de nuestra alma

No suele haber nada peor que no nos guste quiénes somos, y en la novela de Wilde el retrato pintado por Basil Hallward se convierte precisamente en el espejo de aquello que Dorian no quiere reconocer de sí mismo. Ese retrato sería su guía para toda la vida, sería para él lo que la santidad es para algunos, la conciencia para otros y el temor de Dios para todos.

Ojalá nos pasase eso con el alma. Ojalá pudiésemos verla en realidad, sin autoengaños, sin justificaciones, sin argumentar lo que otros nos han hecho para llegar a esa situación. Ojalá todos tuviésemos un cuadro como el de El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, donde pudiésemos ver de frente la salud de nuestra alma.

¿Te imaginas esas arrugas del ceño fruncido, más acentuadas por todos esos enfados que has provocado? ¿El desagradable gesto de la boca por las críticas que has lanzado mientras metías los pies en el agua? ¿Y qué me dices de ese bronceado que poco a poco se transforma en el verde de los celos o de la envidia?

La verdadera salud espiritual

¿Con qué rigor tomaríamos nuestros hábitos si nuestra salud espiritual se viese desde fuera? ¿Cuánto tardaríamos en acudir al sacramento de la reconciliación si pudiésemos contemplar, como quien pesa después del verano, el verdadero estado de nuestra alma?

Pero en ese caso hemos de pensar que nos perderíamos la mejor de las intenciones: mejorar por Él y para Él, cumplir su voluntad sabiendo a ciencia cierta que nos está viendo. Porque la vida cristiana no consiste en cuidar nuestra alma únicamente porque alguien pueda descubrir lo que escondemos, sino en aprender a querer el bien hasta desearlo incluso cuando nadie nos mira.

Una rutina para el alma

Podríamos dar un último paso. Si somos conscientes de la presencia de Dios en nuestra vida, podríamos llegar a decirle que nos encantaría hacer su voluntad aunque no estuviese mirando, sin miedo a su castigo, sino con miedo a causarle dolor, con una contrición perfecta.

Por eso podemos pedirle desde ya a nuestro Ángel de la Guarda el próximo 29 de septiembre que sea nuestro Basil, nuestro particular pintor, y que nos muestre el estado del alma, que nos dé un buen tirón de orejas cuando haga falta y nos ayude a valorar con honestidad qué tenemos que cambiar. Porque también para el alma, después del verano, toca volver a la rutina y necesitamos de su ayuda.

Mar Dorrio

Fuente: Aleteia