Hoy la Iglesia nos invita a subir al Tabor para participar del diálogo
que mantiene Jesús con Elías y Moisés
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| Dominio público |
Estos dos personajes fueron testigos de
teofanías en el monte Horeb o Sinaí. Ahora, parece que Jesús les convoca en el
Tabor para hablar de su destino de muerte y gloria. Por eso, leemos este pasaje
al adentrarnos en la Cuaresma, camino de la Pascua.
La importancia de Elías y Moisés en el relato de
la transfiguración es muy significativa. Elías representa el profetismo de
Israel por su celo al defender la unicidad del verdadero Dios. Moisés
representa la ley, pues la recibió de manos de Dios como signo de la alianza
con su pueblo. Jesús es la culminación y superación de la ley y de los
profetas.
Por eso, cuando camina con los discípulos de Emaús, después de la
Resurrección, les habla de sí mismo «comenzando por Moisés y siguiendo por
todos los profetas». Todo lo que Jesús dice y hace está en conformidad con las
Escrituras, expresión técnica para decir que algo sucede según la voluntad de
Dios.
Antes de transfigurarse en el Tabor, Jesús habló a sus
discípulos de su muerte y resurrección sin que estos entendieran. El
pensamiento de la muerte sobrevolaba por la imaginación de los discípulos como
algo inadecuado para el Mesías. Jesús, para ayudarles a entender, toma a Pedro,
Santiago y Juan y sube con ellos al Tabor. La elección de estos tres discípulos
está justificada: son los mismos que contemplarán con sus propios ojos la
agonía de Jesús en Getsemaní, donde, según Lucas, suda sangre ante el terror de
la muerte. La transfiguración, desde esta perspectiva, ayudará a los discípulos
a comprender que la cruz es el camino de la gloria, como dice el prefacio de la
misa de este domingo.
A pesar del esfuerzo de Jesús para hacer entender a sus
discípulos el plan de Dios sobre él, y a pesar de este milagro, sabemos que
tuvo poco éxito. No entendieron el sentido de la muerte ni el misterio de la
resurrección. Después de la visión, Jesús les prohíbe contar a nadie lo que
habían visto «hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos». Y
añade el evangelista que «esto se les quedó grabado y discutían qué quería
decir aquello de resucitar de entre los muertos».
Cuando la mañana de la resurrección Pedro y Juan corren hacia el
sepulcro, al conocer por María Magdalena que la piedra había sido removida, y
contemplan el sepulcro vacío y el lienzo y el sudario colocados en su sitio,
dice el evangelista que «hasta entonces no habían entendido la Escritura: que
él había de resucitar de entre los muertos» (Jn 20,9). A pesar del anuncio de
Jesús y de la transfiguración, no creían.
La fe cristiana no es un invento de
gente crédula ni un mito construido por discípulos deseosos de que la causa de
Jesús perviviera, como dicen los críticos racionalistas. La fe cristiana es el
acontecimiento que, por su propio dinamismo, se abre paso en la inteligencia de
quienes no creían pero terminan postrándose a los pies del Resucitado por la
evidencia de la misma verdad. Después de tantos siglos, muchos cristianos
siguen pidiendo a Dios signos para creer más o mejor.
Hoy la Iglesia nos invita
a subir al Tabor para participar del diálogo que mantiene Jesús con Elías y
Moisés —es decir, el diálogo con las Escrituras— y comprender que Dios ha
realizado su plan con Jesús, que pasa por la muerte para llegar a la gloria.
¿Acaso no es esto la Cuaresma? Caminar con Jesús hacia la Pascua reconociendo
que en su misterio pascual nos ha redimido del pecado y de la muerte.
Obispo de Segovia.
