Roberto,
Rebeca, Olga, Magdalena, Pilar y Miriam son una pequeña muestra de las miles de
personas que ante la pandemia del COVID-19 y sus efectos han dado un paso
adelante para ayudar desinteresadamente a los demás
Son los voluntarios de una
realidad nueva. En algunos casos, la pandemia los ha empujado a enrolarse en
las filas de una ONG o institución social; en otro, han reforzado y ampliado su
compromiso con los más vulnerables. Todos, sin excepción, seguirán.
Solo Cruz Roja
ha incorporado a 50.000 nuevos voluntarios para hacer frente a una emergencia
en la que esperan atender a 2,4 millones de personas. Una realidad que se está
replicando en Cáritas: en Madrid, unas 3.000 personas se han interesado por
colaborar en los últimos tres meses. Y en otras tantas instituciones tanto del
ámbito eclesial como civil.
Unos colaboran
en primera línea, en el reparto y recogida de alimentos, o en la valoración de
las solicitudes de ayuda que llegan; otros lo hacen al teléfono, acompañando la
soledad desde la distancia. Los hay que trabajan sin ser vistos, en la
clasificación de productos que luego se entregan a organizaciones sociales para
que los repartan entre los más vulnerables.
Como dice Pilar, una de las protagonistas de este reportaje, ser voluntario «no es un trabajo», sino «una historia de humanidad». Esa, la humanidad que tanto necesitamos en estos momentos.
Magdalena
Pereira. Cáritas Diocesana de Madrid
«Conozco
personas concretas por las que rezar»
Magdalena
Pereira es una de las más de 3.000 personas que han llamado a Cáritas Diocesana
de Madrid en los últimos tres meses porque quieren ayudar. Estudiante de
Ingeniería Biomédica, de 20 años, después de un breve período de formación
Magdalena comenzó su labor hace unas semanas formateando tabletas donadas para
las clases escolares online, para luego pasar al reparto de comida
a domicilio a personas contagiadas por el COVID-19. Esto le ha permitido
conocer una realidad «que es increíble que tenga a 15 minutos de mi casa»,
señala.
En años
anteriores ha tenido experiencias de voluntariado en comedores sociales y
campos de trabajo. «Durante el año, cuando tengo tiempo, hago lo que puedo e
intento dar a los demás de lo que yo he recibido», afirma, porque «todo esto
que hago tiene que ver con mi fe». Ser voluntaria es «una parte de mi vida que
viene de Dios», señala.
Ahora, tres
veces por semana se acerca a repartir comida que deja en los portales o en los
umbrales de las puertas de la gente a la que ayuda. «Son unas personas
encantadoras», afirma, aunque por las características de su labor no tienen
muchas posibilidades de conocerse más. Sin embargo, «esto no lo hago por lo que
me aporte a mí. Lo que me ayuda es poner rostro a un problema que está ahí
fuera y conocer a personas concretas por las que rezar».
Roberto Melián.
Servicio de orden en la parroquia
«Me sentí en
deuda»
Roberto Melián,
ingeniero de sistemas, padre de dos niñas y habitual de la parroquia de Nuestra
Señora de Fuente del Fresno, en Madrid, no tenía experiencia previa de
voluntariado, pero todo cambió durante el confinamiento. Venezolano de
nacimiento, llegó a España hace 14 años, y aquí una de sus principales
inquietudes fue mantener la fe transmitida por sus padres. «Venimos de una
cultura muy creyente y eso es lo que hemos querido vivir los que hemos salido
de nuestro país», afirma.
Cuando estalló
la pandemia, intentar vivir la fe se convirtió en un auténtico desafío.
«Necesitábamos seguir manteniendo nuestro contacto con la parroquia y con
Dios», recuerda. «No poder recibir la Comunión fue un corte violento, tuvimos
que dejar de rezar por Venezuela ante la imagen del Cristo de la Misericordia,
pero empezamos a seguir las retransmisiones por internet y lo hicimos con mucha
alegría». Durante esos días, «recibimos tanto cariño y nos sentimos tan cerca
de Dios que, cuando pidieron ayuda para colaborar en el servicio del orden en
las Misas tras el confinamiento, me sentí en deuda por todo lo vivido».
Desde entonces,
cada domingo, antes de empezar la Misa de las 11:00 horas, Roberto se pone el
brazalete amarillo del servicio de orden y ayuda a quienes acuden a acomodarse
en los asientos del templo y a acercarse por turnos a recibir la Comunión. Y
cuando acaba la celebración, ayuda también a limpiar y desinfectar los bancos.
Todo eso supone
para él «mostrar mi agradecimiento por lo recibido y también por haber podido
volver» a las celebraciones. Además, esta actividad le ha permitido conocer un
aspecto de la vida parroquial del que no disfrutaba: «Yo antes venía a Misa y
me iba, pero ahora he podido ver toda la camaradería que hay. Veo que en la
parroquia hay una extensión de la familia, y eso es muy bueno».
Olga Martín.
Banco de Alimentos
«El
voluntariado engancha»
A Olga Martín
la crisis desatada por el COVID-19 le ha hecho reforzar su compromiso con el
Banco de Alimentos. Hasta la pandemia, colaboraba puntualmente en la campaña de
recogida de alimentos de Navidad, pero, dada la situación, se ha implicado de
forma permanente. «Llevo dos meses y seguiré colaborando», afirma en
conversación con Alfa y Omega.
Un tiempo
repleto de trabajo desinteresado: ha coordinado una campaña en la que han
conseguido 660 kilos de comida en solo cuatro días y ha trabajado en los
almacenes centrales en la clasificación de los productos. Ha visto cómo los
huecos se iban llenando con las donaciones de particulares y de empresas, y
cómo ya no hay asociaciones en lista de espera para recibir alimentos y
repartirlos entre sus beneficiarios.
También ha
reconocido la generosidad de la sociedad que, aunque se le pida una y otra vez,
da. Ella lo ha vivido en primera persona en las recogidas de alimentos en
centros comerciales.
«El
voluntariado engancha. Por una parte, ves que el trabajo sale adelante, que
funciona y, por otra, te das cuenta de que hay muchas cosas por hacer. Así que
te implicas todo lo que te permite tu trabajo o tu vida personal». En su caso,
«tengo la suerte de ser mi propia jefa y por eso puedo dedicar al Banco de
Alimentos bastante tiempo», explica.
Y si la
situación se agrava por una pandemia, el compromiso se refuerza «sin ninguna
duda». Y añade: «Siempre hay cosas que hacer y, ahora, en medio de una
emergencia social en la que se han multiplicado el número de personas sin
recursos, más. Toda ayuda es poca».
Pilar Redondo.
Obra Social San Juan de Dios
«Ya no es María
José, es Pepa»
Pilar Redondo
no es nueva en la Obra Social de San Juan de Dios. Lleva tres años colaborando
en el mercadillo de Navidad, que nutre de recursos económicos a los diferentes
programas de esta entidad de los Hermanos de San Juan de Dios. Eso sí, durante
la pandemia decidió embarcarse en uno nuevo, No estás solo, para
acompañar telefónicamente a personas mayores que viven en soledad. A ella le
tocó María José, una mujer de 79 años que, tras perder a su madre y a su
hermana, se había quedado sin compañía. «Una mujer con energía y un espíritu
maravilloso», añade Pilar, que la llama regularmente desde finales de marzo.
—¿Cómo fue?
—Ser las dos
funcionarias nos ayudó a comenzar la conversación, que luego se fue extendiendo
a la experiencia personal de cada una, nuestra vida y familia, el
confinamiento... Ha sido maravilloso. Y nos hemos ayudado mutuamente.
Así, entre
llamada y llamada, María José paso a ser Pepa. Y Pilar ya no era la que tomaba
la iniciativa y llamaba siempre. «He visto cómo la ilusión que había puesto en
este proyecto ha dado resultado. Se ha creado un auténtico lazo sentimental y
humano», explica Pilar. Y tanto, porque el pasado viernes quedaron en un café
para ponerse cara y charlar, ya como buenas amigas.
Miriam
González. Cáritas Diocesana de Mondoñedo-Ferrol
«Mi plan es
quedarme»
Como buena
ferrolana, Miriam González, de 25 años, lleva muy dentro la Semana Santa.
Pertenece a dos cofradías, la de Dolores y la de la Merced, que este año se han
quedado sin salir a la calle por la pandemia. Las imágenes y la devoción
popular se han parado, pero no los cofrades, que se han implicado en numerosas
iniciativas sociales. Es el caso de Miriam, que respondió a la llamada de
Cáritas Diocesana para estrenarse como voluntaria durante el Estado de alarma:
«Buscaban gente para el reparto y la recepción de alimentos, porque son tareas
que realizaban habitualmente personas mayores y que en aquellos momentos tenían
que quedarse en casa».
Luego amplió su
compromiso en el servicio de duchas del centro de día que Cáritas tiene en
Ferrol, y ahora está formándose para echar una mano en un nuevo programa de
apoyo a mayores solos que acaban de lanzar conjuntamente Cáritas y la Pastoral
de la Salud de la diócesis.
Miriam reconoce
que estos tres meses no solo le han ayudado a tocar la realidad o a romper con
estereotipos sobre las personas que solicitan ayuda, sino que han cambiado
incluso su forma de ser y de afrontar la vida. «Ahora valoro mucho más gestos
tan sencillos como una sonrisa o un “gracias”», reconoce. Aunque ha vuelto a
trabajar, su compromiso no ha menguado: «Mi plan es quedarme y conseguir que
venga más gente».
Rebeca Coto.
Cruz Roja
«Ayudar no
cuesta nada»
Rebeca Coto es
psicóloga y está preparando oposiciones para entrar en Instituciones
Penitenciarias. También trabaja, aunque en las semanas más complicadas de la
pandemia se vio envuelta en un ERTE. En casa, y viendo todo lo que estaba
pasando, decidió ponerse en marcha y se inscribió online como
voluntaria en Cruz Roja para colaborar en lo que necesitasen. Su perfil provocó
que, desde el principio, le encargaran la realización de las valoraciones de
las personas solicitantes de ayuda, bien presencialmente bien telefónicamente,
dentro del Plan Cruz Roja Responde frente al COVID-19.
Han pasado
varios meses, se ha extinguido el Estado de alarma y Rebeca ha vuelto a su
trabajo, pero como la curva de necesidades no decae, se mantiene al pie del
cañón en el centro de Cruz Roja de Móstoles. «Me dan todas las facilidades y se
adaptan a mi horario». «Ahora no sé si seguiré en el Plan Responde o iré a otro
proyecto. Siempre hay gente que va a necesitar ayuda y está bien que haya
personas que tengamos la posibilidad de echarles una mano», explica.
Para ella, la
experiencia de estas semanas ha sido impactante. Reconoce que una cosa es que
te cuenten que hay gente que lo está pasando mal y otra verlo con los propios
ojos. «Lo que más me ha llamado la atención son los perfiles de las personas
que solicitan ayuda. No son los que podemos imaginar. He visto personas que
podrían ser mis vecinos o yo misma», añade. De todas ellas, muchas llegaban con
pudor.
—Vengo con
vergüenza.
—Para eso
estamos, para ayudar a todos. Además, venir aquí significa que te estás
movilizando para salir adelante.
También le ha
sorprendido la cantidad de personas que se han volcado. «Hay familias
desfavorecidas y vulnerables que necesitan ayuda externa para salir de esa
situación. ¿Por qué no ayudar, si no cuesta nada?», concluye.
Fran Otero /
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Fuente: Alfa y
Omega
