Bajo
la hiedra
Hola,
buenos días, hoy Israel nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.
Ante
mí tenía una pequeña selva. Mira que era pequeño el trocito de terreno; sin
embargo, adentrarme en él lo veía... ¡como un desafío!
Y
es que me habían pedido que si podía echar una mano a una hermana que ya no
puede cuidar de su jardín. Así que, encantada de ayudar, cogí las herramientas
y me dispuse a ello.
Había
dos enormes bolas de hiedra, donde yo recordaba que hacía un tiempo estaban la
Virgen y una cruz... y mi primer reto era sacarlos a la luz.
Según
metí el primer pie en el jardín ya me enganché en una enorme zarza que pasaba
desapercibida, pero que, al acercarme, su multitud de pinchos se enganchaban
por todas partes... y así se fue pasando la mañana, entre tijeretazos a las
hiedras, hasta lograr devolver al jardín su imagen real.
Según
me adentré en ello, sabía perfectamente lo que estaba enfrentando... Aquello
era imagen de lo que sucede en nuestra vida cuando dejamos de amar: cuando
dejamos de apostar por el amor y nos encerramos en nosotros mismos, nuestro
interior se vuelve salvaje, deja crecer los hierbajos, llegando a ocultar lo
que verdaderamente da sentido a todo.
Sin
embargo, antes o después nos damos cuenta de que nuestra vida sin amor carece
de sentido, porque, el que no tiene amor, no “tiene” a Jesucristo. Pero Él no
se ha ido, solo ha quedado cubierto bajo esa hiedra, pues hemos dejado que
otros intereses lo oculten.
Hoy
el reto del amor es optar por Él. Tu sola opción libre por Él son como esas
tijeras para cortar los hierbajos que te habían ocultado a Cristo. Y si
desfalleces en el camino ante esas duras zarzas, vuelve a optar de nuevo, y
pegarás un gran tijeretazo, o un golpe de azada directo a la raíz. Pero ante todo,
no te rindas, porque Jesús dice: “el que busca encuentra”, y muy pronto te
darás cuenta de que, en realidad, era Él quien te buscaba a ti.
VIVE
DE CRISTO
Fuente:
Dominicas de Lerma
