En la misa de Santa Marta, el Papa recuerda la
persecución sufrida por Jesús y reza por los que sufren ensañamiento y
sentencias injustas
En su homilía, comentando la traición de Judas y la
negación de Pedro, invitó a pedir la gracia de perseverar en el servicio, a
pesar de las propias caídas.
En el martes de la Semana Santa el Santo Padre
Francisco preside la misa en la Casa Santa Marta. La antífona de entrada, que
el Papa lee al principio de la celebración, está tomada del Salmo 26: “No me incluyas
entre los pecadores ni entre los hombres sanguinarios: ellos tienen las manos
llenas de infamia”. En la introducción, dirige su pensamiento a los inocentes
perseguidos:
En estos días de Cuaresma hemos visto la persecución
que sufrió Jesús y cómo los doctores de la ley se ensañaron contra él: fue
juzgado con dureza, con saña, siendo inocente. Me gustaría rezar hoy por todas
las personas que sufren un juicio injusto a causa de la persecución.
En su homilía, comentó las lecturas de hoy, tomadas del Libro
del Profeta Isaías (Is 49, 1-6), el segundo Canto del Siervo y el Evangelio de
Juan (Jn 13, 21-33. 36-38) que habla de la traición de Judas y la negación de
Pedro. Pedimos la gracia -dijo- de perseverar en el servicio, a pesar de
nuestras caídas.
A continuación el texto de la
homilía según nuestra transcripción:
La profecía de Isaías que hemos escuchado es una
profecía sobre el Mesías, sobre el Redentor, pero también una profecía sobre el
pueblo de Israel, sobre el pueblo de Dios: podemos decir que puede ser una
profecía sobre cada uno de nosotros. En esencia, la profecía enfatiza que el
Señor ha elegido a su servidor desde el vientre materno: lo dice dos veces. Su
siervo fue elegido desde el principio, desde el nacimiento o antes del
nacimiento. El pueblo de Dios fue elegido antes de nacer: también cada uno de
nosotros. Ninguno de nosotros cayó en el mundo por casualidad, por caso. Cada
uno tiene un destino, un destino libre, el destino de la elección de Dios. Yo
nazco con el destino de ser hijo de Dios, de ser siervo de Dios, con la tarea
de servir, de construir, de edificar. Y esto, desde el seno materno.
El siervo de Yahvé, Jesús, sirvió hasta la muerte:
parecía una derrota, pero era la manera de servir. Y esto subraya la manera de
servir que debemos tener en nuestras vidas. Servir es darse a sí mismo, darse a
los demás. Servir no es pretender para cada uno de nosotros otro beneficio que
no sea el de servir. Servir es la gloria, y la gloria de Cristo es servir hasta
el punto de aniquilarse hasta la muerte, la muerte en la cruz. Jesús es el
servidor de Israel. El pueblo de Dios es siervo, y cuando el pueblo de Dios se
aleja de esta actitud de servicio es un pueblo apóstata: se aleja de la vocación
que Dios le ha dado. Y cuando cada uno de nosotros se aleja de esta vocación de
servicio, se aleja del amor de Dios, y construye su vida sobre otros amores,
muchas veces idólatras.
El Señor nos ha elegido desde el vientre materno. En
la vida hay caídas: cada uno de nosotros es un pecador y puede caer, y ha
caído. Sólo la Virgen y Jesús... todos los demás hemos caído, somos pecadores.
Pero lo que importa es la actitud ante el Dios que me eligió, que me ungió como
siervo; es la actitud de un pecador que es capaz de pedir perdón, como Pedro,
que jura que "no, nunca te negaré, Señor, nunca, nunca, nunca", pero
luego, cuando el gallo canta, llora. Se arrepiente. Este es el camino del
servidor: cuando resbala, cuando cae, pide perdón.
En cambio, cuando el siervo no puede comprender que ha
caído, cuando la pasión lo toma de tal manera que lo lleva a la idolatría, abre
su corazón a satanás, entra en la noche: eso es lo que le pasó a Judas.
Pensemos hoy en Jesús, el siervo, fiel en el servicio.
Su vocación es servir hasta la muerte, y la muerte en la Cruz. Pensemos en cada
uno de nosotros, parte del pueblo de Dios: somos servidores, nuestra vocación
es servir, no aprovechar nuestro lugar en la Iglesia. Servir. Siempre en
servicio.
Pidamos la gracia de perseverar en el servicio. A
veces con resbalones, caídas, pero la gracia de al menos llorar como Pedro
lloró.
El Papa terminó la celebración con la adoración y la
bendición eucarística, invitándonos a hacer la comunión espiritual. Aquí sigue
la oración recitada por el Papa:
Jesús mío, creo que estás realmente presente en el
Santísimo Sacramento del altar. Te amo por encima de todas las cosas y te deseo
en mi alma. Ya que no puedo recibirte sacramentalmente ahora, ven al menos
espiritualmente a mi corazón. Como ya has venido, te abrazo y me uno
enteramente a Tí. No dejes que nunca me separe de ti.
Antes de salir de la capilla dedicada al Espíritu
Santo, se cantó la antigua antífona mariana Ave Regina Caelorum ("Ave
Reina del Cielo"):
Salve, Reina de los cielos y Señora de los Ángeles;
salve raíz, salve puerta que dio paso a nuestra luz. Alégrate, virgen
gloriosa, entre todas la más bella; salve, agraciada doncella, ruega a Cristo
por nosotros.
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