La generosidad nos convierte en mejores personas, que "miran" a los de su alrededor y captan su situación.
¿Cuando
oyes la palabra limosna piensas en un par de monedas de céntimo? Mmm…
La
pobreza de los demás es algo que nos incumbe a todos. No queremos cerrar
los ojos ante las personas que carecen de lo más mínimo, como si fuera su
problema y a nosotros no nos afectara.
Una mala distribución
mundial de riqueza
Ser
rico o pobre en muchos casos es algo que no se ha escogido. Es cierto que
hay algunos pobres que lo son porque arriesgaron demasiado, porque malbarataron
sus ahorros o porque son imprudentes y gastan más de lo que ganan.
Pero en la
inmensa mayoría de los casos, el pobre aparece en un sistema injusto de
distribución de la riqueza. En América Latina, un grupo de 100 personas
acumula actualmente la misma riqueza que los 3.500 millones restantes.
Pero
la mayoría de familias y personas en situación de pobreza están en ese
agujero no por voluntad propia. Y aunque fueran culpables de ello, merecerían nuestro
apoyo para salir del problema. Proporcionarles una ayuda económica les
puede aliviar el tiempo de una comida, una jornada, una semana, un mes…
Depende de cada uno
Nos
hemos formado en una sociedad individualista, que tiende a basar todo en los
logros personales: nuestras metas, nuestro crecimiento, nuestras ganancias…
La
limosna produce, en cambio, uno de los más maravillosos beneficios para a
salud del espíritu: consigue que salgamos de nosotros mismos.
Cambiar el futuro de las
personas
Al
dar limosna, además, no solo se plantea una cuestión de presente sino de
futuro: doy con la idea de cambiar la línea de progreso de tal persona y
hacerla más rápida, más alta y más fuerte. Son las tres bases del lema
olímpico: altius, citius, fortius.
Y
al pensar en que algo estamos cambiando en el futuro de una persona,
manifestamos la esperanza de que a nosotros no nos faltará el pan para el
día de mañana.
Con
la limosna aprendemos cada día a ser más generosos. La generosidad se aprende:
cuando rebuscas en tu cartera y tientas unas monedas, cuéntalas y pregúntate:
¿no pueden ser un poco más de dinero?
Porque,
seamos honestos: ¿damos solo de lo que nos sobra? La calderilla, o sea, las
moneditas, la chatarra, ¿de verdad es lo más que puedo dar? ¿Pienso en lo que
cuesta un café o una barra de pan? ¿Puedo compararlo con lo que desembolsaré en
concepto de gastos de teléfono este mes, por ejemplo?
La actitud de “ir
mirando” a los demás
La
limosna nos activa las neuronas, nos ayuda a ir por el mundo con otra actitud.
La actitud de “ir mirando”, o sea, de estar alerta para darme cuenta de lo
que le ocurre a la gente con la que me encuentro a diario. Es llevar una
vida de predisposición activa hacia los demás.
Al
mirar a los otros, aprenderemos a leer en su rostro y a escucharlos. ¿Nunca te
ha pasado que un pobre te da las gracias más por haberle saludado que por el
dinero que le has dado? Por ahí es por donde la generosidad hace más
humanas las relaciones.
El
dinero es la gran tentación: la avaricia, el afán de posesión desmedida, de
control… Y con la generosidad desactivamos al monstruo. Con cada limosna,
reducimos las ansias de nuestro dragón interior.
Y
ser generoso nos hace crecer en solidaridad. Somos más solidarios y nos
damos cuenta de que “el otro es mi hermano”, dice el Papa Francisco.
Cuando doy limosna, compruebo que “nunca lo que tengo es solo mío”.
Porque
quien dispone de algunos, pocos o muchos bienes materiales, ha de pensar cómo
llegaron hasta él. Seguro que lo ha de agradecer también a otras personas:
quienes le educaron, sus padres, los clientes, quienes confiaron en él, quienes
le facilitaron un negocio, la administración pública… A todos ellos nos
debemos.
Quien
diga que la limosna no sirve de nada, es demasiado pesimista. Incluso cuando
hablamos de moneditas, ¿has pensado qué ocurriría si todo el mundo diera algo?
Pero
no te conformes con poco. Escucha tu interior: cuánto te dice la conciencia que
debes dar. Dar en agradecimiento, dar para pedir, dar para reparar… Dar, como
dijo la Madre Teresa de Calcuta, “hasta que duele”, cuando un día le
preguntaron qué era la generosidad.
Nos ayuda a crecer en solidaridad
Por
último, resulta muy positivo buscar formas de dar limosna en las queuno se une
a otras personas. Busca tu motivo (un país, una escuela, una misión…) e
involucra a tus amigos, a tu familia. Llámalo crowdfunding, si quieres,
qué más da. Es el modo de estrechar lazos con tantas personas del mundo a
partir de una pequeña ayuda. Pero no olvides que lo esencial es que te des
a ti mismo.
Dolors
Massot
Fuente:
Aleteia