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| Dominio público |
Actualmente
la palabra tolerancia se usa recurrentemente como sinónimo de respeto ante los
actos o modos de pensar del otro, incluso cuando no se está de acuerdo.
El
concepto de tolerancia nació en un contexto religioso, concretamente en el de
la segunda mitad del siglo XVII, cuando aquella famosa frase cuius regio, eius
religio (de tal reino, tal religión) era realidad: los príncipes y reyes
imponían a sus súbditos la propia religión. Debemos al inglés John Locke las
bases y el desarrollo primario de la palabra, explícitamente tratados en su
Carta sobre la tolerancia, inicialmente publicada en lengua latina. Así, la
tolerancia estuvo vinculada desde el comienzo al derecho a la libertad
religiosa.
Desde un
comienzo tolerancia también implicó un contenido moral en cuanto que hacía
relación a soportar un mal, tanto en el orden práctico (los pecados), como en
el orden especulativo (los errores), cuando existían razones para ello.
En nuestros
días se da de hecho una confusión. Y es que tolerancia no significa respeto al
error o al “pecado” cuanto a la persona que vive en el error o en el pecado. En
este marco no se puede aplicar el valor de la tolerancia pues eso implicaría
atentar contra el derecho a la verdad, al bien y a la libertad. Tolerar no
significa permitir el mal.
La tolerancia
hacia las personas es algo lícito y conveniente, no así la aprobación del mal
moral o del error: estos permanecerán siempre como reprobables.
Por otra
parte, suele olvidarse una dimensión más de la tolerancia que es aportación
netamente cristiana. Se trata de la “caridad” aplicada al valor “tolerancia”.
¿Qué significa esto en la praxis? Que no se trata únicamente de soportar al que
yerra o al que vive en el mal, también implica una preocupación por él, un
acompañamiento, e incluso una conversión a la verdad y al bien. Se le respeta
pero respeto no significa indiferencia o despreocupación; la tolerancia
auténtica acompaña y se ocupa. Precisamente por eso se convierte en cercanía y
no en olvido.
Desgraciadamente
algunos han querido monopolizar el valor de la tolerancia para aplicársela
exclusivamente a sí mismos y, además, lejos de su significado real. En nuestros
días se usa la bandera de la tolerancia para justificar la mentira y el error.
Y cuando alguien osa, con respeto y desapasionamientos, tratar de encauzar
hacia la verdad y el bien, o simplemente recordarlos, se le tacha de
“intolerante”.
En este
sentido, ¿no deberían vivir también la tolerancia quienes han querido
monopolizar el uso de la palabra y dotarla de un falso contenido? Ahora todos
aquellos que reivindican la verdad sobre la inviolabilidad de la vida, desde la
concepción hasta su término natural, de la familia fundada en un matrimonio de
por vida entre un hombre y una mujer, sobre la libertad religiosa o sobre el
derecho de los padres a la educación de sus hijos según sus convicciones, son
estigmatizados como “intolerantes” y se les exige respeto. Quienes piden
tolerancia hacia su modo de ser, pensar o vivir, ¿no estarían en la misma
obligación de profesar lo que piden hacia quienes piensan distinto y además dan
argumentos para ello?
Ciertamente no
se puede olvidar que la tolerancia nunca se podrá entender como monólogo. La
tolerancia es también un “diálogo” en el sentido etimológico del término: dos
palabras en camino hacia un destino común de avenencia. Y sería erróneo perder
de vista que el fondo de ese diálogo debe ser el respeto, la mutua comprensión,
el interés por el otro, y que la verdad y el bien son sus metas finales. La
tolerancia excluye el relativismo.
Por: Jorge Enrique Mújica, L.C.
Fuente:
Virtudes y Valores
