Pregunta:
Querido Padre: Vengo de una familia muy religiosa,
y mis padres siempre me han dicho que debo escuchar la voz del Espíritu Santo
antes de tomar decisiones importantes. Estoy, en estos momentos, en
circunstancias difíciles en que muchas cosas se me tambalean en la vida; me han
venido a la memoria aquellas palabras de mis padres, pero también cierta duda
de cómo debo entenderlas. ¡Yo quiero escuchar al Espíritu Santo, pero no estoy
segura de qué quiere decir esto! ¿Me puede ayudar?
Repuesta:
Estimada:
El Espíritu Santo habla en el interior del corazón
humano. San Bernardo decía que para el Espíritu no hay puerta cerrada, ni
estorbo que pueda impedir su entrada, ya que es el dueño y señor absoluto de
nuestro espíritu.
Y cuando habita dentro, el efecto que se sigue es
que se escucha su voz. Nosotros identificamos a las personas que nos hablan por
el timbre de la voz. También el Espíritu Santo tiene su timbre propio; y por el
timbre lo conocemos. Ese timbre son sus efectos interiores.
El Espíritu cuando obra en el alma produce: óptimo
consuelo, dulce refrigerio, descanso en los trabajos, frescura en el estío,
bálsamo en el dolor; Él lava y purifica la inmundicia, riega nuestra sequedad,
fecunda la aridez, sana y cura las heridas, flexibiliza lo que se ha endurecido,
templa lo que se ha enfriado, endereza lo que se ha torcido. Estos son los
efectos que la liturgia de la Iglesia le atribuye en uno de sus más bellos
himnos, el Veni, Sancte Spiritus.
En pocas
palabras, produce frutos:
● 1º de
penitencia por el pecado propio,
● 2º de
misericordia hacia los defectos ajenos,
● 3º de
alegría y consuelo por los bienes del prójimo,
● 4º deseos de santidad. Cuando nos sentimos
inclinados, pues, a fructificar de este modo, estamos oyendo su voz en el
interior del alma.
En cambio el
mal espíritu, ya sea el demonio como nuestra misma naturaleza herida por el
pecado, obra lo contrario:
● 1º empuja
a la desesperación y a la impenitencia por los pecados propios,
● 2º nos
endurece ante las miserias ajenas;
● 3º nos
entristece y llena de envidia ante los bienes del prójimo,
● 4º nos hace tibios frente a la santidad.
Cuando nos sentimos, entonces, arrastrados a estas cosas, no es la voz de Dios
la que resuena en nuestro corazón sino la de nuestro enemigo espiritual.
De ahí que
debamos siempre pedir oír la voz del Espíritu, pero también reconocerla una vez
oída, y seguirla prontamente y solícitamente cuando se la ha reconocido; de lo
contrario, cuando desoímos su voz ésta deja de sonar en nuestro corazón.
Puede ver como bibliografía las Reglas de
discernimiento de espíritus que trae San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales
(nn. 313-336).
Por: P. Miguel A. Fuentes, IVE
