¿Cómo se puede entender esta contradicción? Entregar la vida sirviendo y
recibir la muerte
Hace
unos días cuatro Misioneras
de la Caridad fueron masacradas en Yemen junto con otras doce personas,
entre colaboradores, ancianos y discapacitados atendidos en la Mother Theresa’s Home.
Me
sorprende ver tanto odio. Mataban sólo a los cristianos o a los que los
protegían.
Estas
misioneras no hacían nada especial, hacían lo de siempre. Servían con amor a los que nadie quería
servir. Se entregaban por amor a los más abandonados. No
esperaban nada a cambio. No querían dinero. No buscaban fama ni agradecimiento.
Cada
mañana, al comenzar su jornada, rezaban una oración sencilla: “Señor, enséñame a ser generosa. Enséñame
a servirte como lo mereces; a dar y no calcular el costo; a luchar y no prestar
atención a las heridas; a esforzarme y no buscar descanso; a trabajar y no
pedir recompensa. A saber que hago tu voluntad”.
Me
impresionan estas palabras pronunciadas justo antes de una muerte tan injusta. Rezaban para saber entregar su vida
sirviendo. Querían vivir amando. Servir en el anonimato. Y en
medio de su servicio se convirtieron en mártires por amor a Cristo. Serán
recordadas por su amor sencillo.
¿Cuál
es la raíz del odio que es capaz de provocar esta matanza sin sentido? Siempre me conmueve ver tanto odio. El
papa Francisco lo definía como un odio diabólico. Tanto odio, tanto mal, sólo lo puede provocar el
demonio en el alma.
Vuelve
mi corazón a pensar en la muerte de estas misioneras y se entristece. Ellas
servían por amor y encontraron la muerte. Servían a cualquiera sin importar su
religión. Daban amor y recibieron odio por respuesta.
¿Cómo se puede entender esa contradicción?
Entregar amor y recibir odio. Entregar paz y recibir guerra. Entregar la vida
sirviendo y recibir la muerte.
Me
enorgullece recordar a estas monjas que hacían la voluntad de Dios. Su vida era
sencilla sirviendo. Su muerte permanece oculta. Hacían de su servicio la
voluntad de Dios. Entendían que en su entrega se encontraba la santidad.
Hacer
lo que Dios me pide es el camino. Ellas no pretendían vivir haciendo algo
heroico digno de ser recordado. Murieron
cuando servían. Porque vivieron haciendo algo muy normal. Servían ocultas
dándole valor a los pequeños gestos de cada día.
Porque
ahí se hacía realidad la voluntad de Dios en sus vidas. Y al morir, de golpe,
se hicieron visibles para los hombres. Dejaron de ser rostros anónimos, para
ser rostros conocidos.
Es
verdad que los medios de
comunicación las han ignorado tanto ahora que han muerto, como antes cuando
servían. No importa. No era el sentido de su entrega ser
conocidas. Ese silencio
forma parte de su mismo estilo de vida, de su servicio.
Siempre
quisieron ser anónimas, también en la muerte. Sólo eran unas monjas que vivían
la vida de Jesús en su carne. Amaron como Él. Murieron como Él. Amaron a Jesús
en los pobres. Hicieron su voluntad sin hacer nada fuera de lo común.
Tal
vez no es noticia ese amor como tampoco lo fue la muerte de Jesús en la cruz.
Tampoco fue relevante en el Calvario. Uno más de los muchos crucificados. Como
estas monjas son unas más de tantos muertos por la barbarie, víctimas del odio.
Podían
no haber muerto. Podían haber seguido viviendo. Bastaba en realidad con no
haber sido cristianas en ese momento. Pero ellas eran cristianas. Me duele el corazón al pensar en su
entrega y me alegra pensar en su ofrenda. Pensar en su amor que
da vida.
Yo
quiero vivir así. Yo quisiera morir así. Entregando la vida. Sin esperar nada a
cambio de mi ofrenda. Ellas murieron
en silencio, siendo misericordiosas. Y yo a veces hago tanto
ruido cuando pretendo ser misericordioso. Ellas murieron sin grandes gestos,
sin grandes declaraciones. Yo no soy capaz de vivir mi amor oculto.
Ese
servicio silencioso es como el de María. Me conmueve. Un silencio blanco y
azul. Lleno de miradas y gestos silenciosos. Un silencio que muerde la vida. Un
silencio que abraza y consuela. Un
silencio sagrado lleno de Dios.
Por Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia
