Sólo
el encuentro con Jesús da al hombre la fuerza para afrontar las situaciones más
graves
En la Basílica de San Pedro, el Papa Francisco pronunció la homilía en la Misa de clausura del
Sínodo de los Obispos sobre la Familia que se desarrolló
desde el 4 hasta el 25 de octubre.
A continuación el texto completo de su reflexión:
Las tres lecturas de este domingo nos presentan la compasión de Dios, su
paternidad, que se revela definitivamente en Jesús.
El profeta Jeremías, en pleno desastre nacional, mientras el pueblo estaba
deportado por los enemigos, anuncia que «el Señor ha salvado a su pueblo, ha
salvado al resto de Israel» (31, 7). Y ¿por qué lo hizo? Porque él es Padre
(cf. v. 9); y como el Padre cuida de sus hijos, los acompaña en el camino,
sostiene a los «ciegos y cojos, lo mismo preñadas que paridas» (31, 8).
Su paternidad les abre una vía accesible, una forma de consolación después
de tantas lágrimas y tantas amarguras. Si el pueblo permanece fiel, si
persevera en buscar a Dios incluso en una tierra extranjera, Dios cambiará su
cautiverio en libertad, su soledad en comunión: lo que hoy siembra el pueblo
con lágrimas, mañana lo cosechará con la alegría (cf. Sal 125,6).
Con el Salmo, también nosotros hemos expresado la alegría, que es fruto de
la salvación del Señor: «La boca se nos llenaba de risas, la lengua de
cantares» (v. 2). El creyente es una persona que ha experimentado la acción
salvífica de Dios en la propia vida.
Y nosotros, los pastores, hemos experimentado lo que significa sembrar con
fatiga, a veces llorando, alegrarnos por la gracia de una cosecha que siempre
va más allá de nuestras fuerzas y de nuestras capacidades.
El pasaje de la Carta a los Hebreos nos ha presentado la compasión de
Jesús. También él «está envuelto en debilidades» (5, 2), para sentir compasión
por quienes yacen en la ignorancia y en el error. Jesús es el Sumo Sacerdote
grande, santo, inocente, pero al mismo tiempo es el Sumo Sacerdote que ha
compartido nuestras debilidades y ha sido puesto a prueba en todo como
nosotros, menos en el pecado (cf. 4, 15). Por eso es el mediador de la nueva y
definitiva alianza que nos da la salvación.
El Evangelio de hoy se conecta directamente con la primera Lectura: así
como el pueblo de Israel fue liberado gracias a la paternidad de Dios, también
Bartimeo fue liberado gracias a la compasión de Jesús que acababa de salir de
Jericó. A pesar de que apenas había emprendido el camino más importante, el que
va hacia Jerusalén, se detiene para responder al grito de Bartimeo.
Se deja interpelar por su petición, se deja implicar en su situación. No se
contenta con darle limosna, sino que quiere encontrarlo personalmente. No le da
indicaciones ni respuestas, pero hace una pregunta: «¿Qué quieres que haga por
ti»? (Mc 10, 51). Podría parecer una petición inútil: ¿Qué puede desear un
ciego si no es la vista? Sin embargo, con esta pregunta, hecha «de tú a tú»,
directa pero respetuosa, Jesús muestra que desea escuchar nuestras necesidades.
Quiere un coloquio con cada uno de nosotros sobre la vida, las situaciones
reales, que no excluya nada ante Dios. Después de la curación, el Señor dice a
aquel hombre: «Tu fe te ha salvado» (v. 52). Es hermoso ver cómo Cristo admira
la fe de Bartimeo, confiando en él. Él cree en nosotros, más de lo que creemos
en nosotros mismos.
Hay un detalle interesante. Jesús pide a sus discípulos que vayan y llamen
a Bartimeo. Ellos se dirigen al ciego con dos expresiones, que sólo Jesús
utiliza en el resto del Evangelio. Primero le dicen: «¡Ánimo!», una palabra que
literalmente significa «ten confianza, anímate». En efecto, sólo el encuentro
con Jesús da al hombre la fuerza para afrontar las situaciones más graves.
La segunda expresión es «¡levántate!», como Jesús había dicho a tantos
enfermos, llevándolos de la mano y curándolos. Los suyos no hacen más que
repetir las palabras de aliento y liberación de Jesús, guiando hacia él
directamente, sin sermones.
Los discípulos de Jesús están llamados a esto, también hoy, especialmente
hoy: a poner al hombre en contacto con la misericordia compasiva que salva.
Cuando el grito de la humanidad, como el de Bartimeo, se repite aún más fuerte,
no hay otra respuesta que hacer nuestras las palabras de Jesús y sobre todo
imitar su corazón. Las situaciones de miseria y de conflicto son para Dios
ocasiones de misericordia. Hoy es tiempo de misericordia.
Pero hay algunas tentaciones para los que siguen a Jesús. El Evangelio
destaca al menos dos. Ninguno de los discípulos se para, como hace Jesús.
Siguen caminando, van adelante como si nada hubiera sucedido. Si Bartimeo era
ciego, ellos son sordos: aquel problema no es problema suyo. Este puede ser
nuestro riesgo: ante continuos apuros, es mejor seguir adelante, sin
preocuparse. De esta manera, estamos con Jesús como aquellos discípulos, pero
no pensamos como Jesús. Se está en su grupo, pero se pierde la apertura del
corazón, se pierde la maravilla, la gratitud y el entusiasmo, y se corre el
peligro de convertirse en «habituales de la gracia». Podemos hablar de él y
trabajar para él, pero vivir lejos de su corazón, que está orientado a quien
está herido.
Esta es la tentación: una «espiritualidad del espejismo»: podemos caminar a
través de los desiertos de la humanidad sin ver lo que realmente es, sino lo
que a nosotros nos gustaría ver; somos capaces de construir visiones del mundo,
pero no aceptamos lo que el Señor pone delante de nuestros ojos. Una fe que no
sabe radicarse en la vida de la gente permanece árida y, en lugar oasis, crea
otros desiertos.
Hay una segunda tentación, la de caer en una «fe de mapa». Podemos caminar
con el pueblo de Dios, pero tenemos nuestra hoja de ruta, donde entra todo:
sabemos dónde ir y cuánto tiempo se tarda; todos deben respetar nuestro ritmo y
cualquier inconveniente nos molesta.
Corremos el riesgo de hacernos como aquellos «muchos» del Evangelio, que
pierden la paciencia y reprochan a Bartimeo. Poco antes habían reprendido a los
niños (cf. 10, 13), ahora al mendigo ciego: quien molesta o no tiene categoría,
ha de ser excluido. Jesús, por el contrario, quiere incluir, especialmente a
quien está relegado al margen y le grita. Ellos, como Bartimeo, tienen fe,
porque saberse necesitados de salvación es el mejor modo para encontrar a
Cristo.
Y, al final, Bartimeo se puso a seguir a Jesús en el camino (cf. v. 52). No
sólo recupera la vista, sino que se une a la comunidad de los que caminan con
Jesús. Queridos hermanos sinodales, hemos caminado juntos. Les doy las gracias
por el camino que hemos compartido con la mirada puesta en el Señor y en los
hermanos, en busca de las sendas que el Evangelio indica a nuestro tiempo para
anunciar el misterio de amor de la familia. Sigamos por el camino que el Señor
desea. Pidámosle a él una mirada sana y salvada, que sabe difundir luz porque
recuerda el esplendor que la ha iluminado. Sin dejarnos ofuscar nunca por el
pesimismo y por el pecado, busquemos y veamos la gloria de Dios que resplandece
en el hombre viviente.
Fuente: Aciprensa
