EL MEJOR PUESTO
I. Los primeros puestos.
II. Humildad de María.
III. Frutos de la humildad.
«Y sucedió que al entrar
él un sábado a comer en casa de uno de los principales fariseos, ellos le
estaban observando. Proponía a los invitados una parábola al notar cómo iban
eligiendo los primeros puestos diciéndoles: «Cuando seas invitado por alguien a
una boda, no te sientes en el primer puesto, no sea que otro más distinguido
que tú haya sido invitado por él, y al llegar el que os invitó a ti y al otro,
te diga: "Cede el sitio a éste"; y entonces empieces a buscar lleno
de vergüenza, el último lugar: Al contrario, cuando seas invitado, ve a
sentarte en el último lugar, para que cuando llegue el que te invitó te diga:
"Amigo, sube más arriba".
Entonces quedarás muy honrado ante todos
los comensales. Porque todo el que se ensalza será humillado; y el que se
humilla será ensalzado» (Lucas14,1.7-11).
I. Hoy que es sábado, nos
acercamos a Santa María, para que nos enseñe a progresar en esa virtud que es
fundamento de todas las demás, que es la humildad. Es tan necesaria para la
salvación, que Jesús aprovecha cualquier circunstancia para ensalzarla.
Jesús
observa durante un banquete, a los invitados que se dirigirían atropelladamente
a los primeros lugares. Jesús se situaría probablemente en un lugar discreto o
donde le indicó el que le había invitado. Él sabe estar, y a la vez se da
cuenta de aquella actitud poco elegante que adoptan los comensales.
Éstos,
por otra parte, se equivocaron radicalmente porque no supieron darse cuenta de
que el mejor puesto se encuentra siempre al lado de Jesús. Hoy también vemos en
la vida de los hombres, la misma actitud: ¡cuánto esfuerzo para ser
considerados y admirados, y qué poco para estar cerca de Dios!
II.
La Virgen nos enseña el camino de la humildad. Esta virtud consiste
esencialmente en inclinarse ante Dios y ante todo lo que hay de Dios en las
criaturas (R. GARRIGOU-LAGRANGE, Las tres edades de la vida interior),y
reconocer nuestra pequeñez e indigencia ante la grandeza del Señor.
Este
anonadamiento no empequeñece, no acorta las verdaderas aspiraciones de la
criatura, sino que las ennoblece y les da nuevas alas, les abre horizontes más
amplios. Cuando Nuestra Señora es elegida para ser Madre de Dios, se proclama
enseguida su esclava (Lucas 1, 38). No vivió pendiente de sí misma, sino
pendiente de Dios, de Su voluntad.
Nunca
buscó su propia gloria, ni aparentar, ni ser considerada, ni recibir halagos
por ser la Madre de Jesús. Ella sólo buscó la gloria de Dios. En Ella se
cumplieron de manera eminente las palabras de Jesús al final de la parábola del
Evangelio (Lucas 14, 1; 7-11): El que se humilla, el que ocupa su lugar ante
Dios y ante los hombres, será ensalzado.
III. La humildad nos hará
descubrir que todo lo bueno que existe en nosotros viene de Dios, tanto en el
orden de la naturaleza como en el de la gracia. Lo específicamente nuestro es
la flaqueza y el error. La humildad nada tiene que ver con la timidez o la
mediocridad.
Lejos
de apocarse, el alma humilde se pone en manos de Dios, y se llena de alegría y
agradecimiento cuando Dios quiere hacer cosas grandes a través de ella. La
persona humilde acude con frecuencia a la oración, es agradecida, tiene
especial facilidad para la amistad, y por lo tanto para el apostolado; vive la
caridad con delicadeza y es alegre.
Acudamos
a Nuestra Madre, esclava del Señor, causa de nuestra alegría, para que nos
ayude a encontrar el camino de la humildad.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
