Alabar a Dios por los que acogen el
Evangelio
Jesús alaba al Padre “por lo que es”,
dijo. Es decir, porque es el “Señor del cielo y de la tierra”. Sabe y siente
que su Padre es el Dios del universo, y sabe que el Señor de todo lo
que existe es el Padre. “De esta experiencia de sentirse ‘hijo del
Altísimo’ brota la alabanza”.
Jesús se siente hijo del Altísimo. Y
después Jesús alaba al Padre porque favorece a los pequeños. Es lo que Él mismo
experimenta predicando en los pueblos: los “sabios” y los “inteligentes”
permanecen desconfiados y cerrados, hacen cálculos, mientras que los “pequeños”
se abren y acogen el mensaje. Esto solo puede ser voluntad del Padre, y Jesús
se alegra.
De este modo, “también nosotros –
continuó el Papa – debemos alegrarnos y alabar a Dios porque las personas
humildes y sencillas acogen el Evangelio”. En el futuro del mundo y “en las
esperanzas de la Iglesia están siempre los pequeños”, afirmó. Son “aquellos que
no se consideran mejores que los otros, que son conscientes de los propios
límites y de los propios pecados, que no quieren dominar sobre los otros”. Se
reconocen “todos hermanos”. Por eso la oración de Jesús en ese momento de
“aparente fracaso”, conduce “también a nosotros, lectores del Evangelio, a
juzgar de forma diferente nuestras derrotas personales, a juzgar de manera
diferente las situaciones en las que no vemos clara la presencia y la acción de
Dios, cuando parece que el mal prevalece y no hay forma de detenerlo”.
Jesús, que también recomendó mucho la
oración de súplica, precisamente en el momento en el que habría tenido motivo
de pedir explicaciones al Padre, sin embargo, lo alaba.
Practicar la alabanza sobre todo en los
momentos oscuros
Alabando, somos salvados. Lo recuerda,
continuó Francisco, “un texto de la liturgia eucarística que invita a rezar a
Dios de esta manera”: «Aunque no necesitas nuestra alabanza, tú inspiras en
nosotros que te demos gracias, para que las bendiciones que te ofrecemos nos
ayuden en el camino de la salvación por Cristo, Señor nuestro». Y “la oración
de alabanza nos sirve a nosotros”, porque, tal como la define el Catecismo,
ella es una participación «en la bienaventuranza de los corazones puros que le
aman en la fe antes de verle en la gloria». Así, “debe ser practicada no solo
cuando la vida nos colma de felicidad, sino sobre todo en los momentos
difíciles, en los momentos oscuros, cuando el camino sube cuesta arriba”.
Como Jesús, que en el momento de
oscuridad alaba al Padre.
Es “para que aprendamos que, a través de
esa cuesta, de ese sendero fatigoso, de esos pasajes arduos, se llega a ver un
panorama nuevo, un horizonte más abierto”.
La alabanza es como respirar oxígeno
puro: te purifica el alma, te hace mirar más allá, no quedas encerrado en el
difícil y oscuro momento de las dificultades.
El centinela que nos hace avanzar con
seguridad
La oración que San Francisco compuso al
final de su vida, el “Cántico de las criaturas”, constituye una gran enseñanza
sobre esto, explicó el Santo Padre. El Pobrecillo no lo compuso en un momento
de alegría, en un momento de bienestar, sino al contrario, en medio de las
dificultades. Estando ya “casi ciego”, sintiendo en su alma “el peso de una
soledad que nunca antes había sentido”, pues el mundo no había cambiado desde
el inicio de su predicación, y sintiendo además que se acercaban “los pasos de
la muerte”. En ese momento que podría ser de “desilusión extrema” y de
“percepción del propio fracaso”, Francisco “reza”. Reza alabando al Señor: “Laudato
si’, mi Señor…”.
Francisco alaba a Dios por todo, por
todos los dones de la creación, y también por la muerte, que con valentía la
llama "hermana", "hermana muerte". Estos ejemplos de los
santos, de los cristianos, también de Jesús, de alabar a Dios en los momentos
difíciles, abren las puertas de un camino muy grande hacia el Señor y nos
purifican siempre. La alabanza siempre purifica.
Los santos y las santas – concluyó el
Pontífice – nos demuestran que se puede alabar siempre, en las buenas y en las
malas, porque Dios es el Amigo fiel.
Este es el fundamento de la alabanza:
Dios es el Amigo fiel y su amor nunca falla. Siempre Él está a nuestro lado, Él
nos espera siempre.
Recordando a alguien que solía decir que
Dios "es el centinela que está cerca de ti y te hace avanzar con
seguridad", el Sumo Pontífice alentó a que, en los momentos difíciles y
oscuros, “tengamos el coraje” de decir: "Bendito eres, oh Señor".
Alabar al Señor. Esto nos hará mucho
bien.
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