Suiza
Antes de llegar a la ciudad
eterna, meta de nuestra peregrinación, tuvimos ocasión de contemplar muchas
maravillas. Primero fue Suiza, con sus montañas cuyas cimas se pierden entre
las nubes, y sus impetuosas cascadas despeñándose de mil diferentes maneras, y
sus profundos valles plagados de helechos gigantes y de brezos rosados.
De pie,
pegada a la ventanilla, casi se me cortaba la respiración. Hubiera querido estar
a los dos lados del vagón, pues, al volverme, contemplaba paisajes de auténtica
fantasía y totalmente diferentes de los que se extendían ante mí. Unas veces
nos hallábamos en la cima de una montaña. A nuestros pies, precipicios
cuya profundidad no podía sondear nuestra mirada parecían dispuestos a
engullirnos...
Otras veces era un pueblecito encantador, con sus esbeltas
casitas de montaña y su campanario sobre el que se cernían blandamente algunas
nubes resplandecientes de blancura... Allá más lejos, un ancho lago, dorado por
los últimos rayos del sol. Sus ondas, serenas y claras, teñidas del color azul
del cielo mezclado con las luces rojizas del atardecer, ofrecían a nuestros
ojos maravillados el espectáculo más poético y encantador que se pueda imaginar...
En lontananza, sobre el vasto horizonte, se divisaban las montañas cuyos
contornos imprecisos hubieran escapado a nuestra vista si sus cumbres nevadas,
que el sol volvía deslumbrantes, no hubiesen añadido un encanto más al hermoso
lago que nos fascinaba... La contemplación de toda esa hermosura hacía nacer en
mi alma pensamientos muy profundos. Me parecía comprender ya en el tierra la
grandeza de Dios y las maravillas del cielo... La vida religiosa se me aparecía
tal cual es, con sus sujeciones y sus pequeños sacrificios realizados en la
sombra.
Comprendía lo fácil que es replegarse sobre uno mismo y olvidar el fin
sublime de la propia vocación, y pensaba: Más tarde, en la hora de la prueba,
cuando, prisionera en el Carmelo, no pueda contemplar más que una esquinita del
cielo estrellado, me acordaré de lo que estoy viendo hoy; y ese pensamiento me
dará valor; y al ver la grandeza y el poder de Dios -el único a quien quiero
amar-, olvidaré fácilmente mis pobres y mezquinos intereses. Ahora que «mi corazón
ha vislumbrado lo que Jesús tiene preparado para los que lo aman», no tendré la
desgracia de apegarme a unas pajas...
Fuente: Catholic.net
