Las lágrimas son un signo de arrepentimiento, por eso, hay que pedirle a Dios que nos las conceda para lavar nuestras culpas y alcanzar su misericordia
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¿Cuándo te
confesaste por primera vez, lo recuerdas? ¿Acaso tienes en la memoria cuáles
fueron tus pecados? O todavía más, ¿cuántos años llevas confesándote de lo
mismo? Y ante todo, ¿has derramado lágrimas para lavar tus culpas y pedir a
Dios su misericordia?
Las preguntas
anteriores se desprenden después de escuchar las palabras del sacerdote
colombiano Rubén Darío García, durante el rezo de laudes en su canal
de YouTube, donde el sacerdote invita a quienes se unen a la oración matinal a
reflexionar sobre el sentido de las obras cuaresmales en la que debe privar el
ayuno, la oración y la limosna, pero también invita a la conversión y a recibir
el sacramento de la Penitencia, como un fin natural de este tiempo litúrgico.
Pedir
lágrimas a Dios
En una de sus
reflexiones, el padre Rubén comenta que "Dios recibe nuestros pecados y
llora por ellos". Por el contrario, la actitud de nosotros es que
"somos tan indiferentes a Él". "Nos acostumbramos a nuestros
pecados" se lamenta, porque el alma se encallece y ya no siente dolor por
sus faltas.
Por eso invita
a meditar personalmente: ¿cuántos años han pasado y sigues con las mismas
culpas? ¿qué necesitas para salir de tu apatía? Entonces, él mismo responde que
necesitamos "pedir a Dios lágrimas copiosas"; es decir, llorar por
experimentar dolor de verdad porque "el pecado es otra espina para nuestro
Señor".
Acercarse al
sacramento de la Reconciliación es sumamente consolador. No solamente
perdona nuestras culpas, también incrementa la gracia santificante. Pero es
necesario que recordemos que nuestro propósito debe ser no volver a pecar. Y
para que eso ocurra tenemos que esforzarnos para no caer.
EL acto de contrición
Por supuesto,
el cuerpo y la voluntad son débiles. Pero es necesario que estemos en constante
vigilancia con nuestras inclinaciones y no ponernos en peligro para no volver a
fallar. Dice el Salmo 50 (51, 19-29): "Mi sacrificio es un espíritu
contrito, tú no desprecias el corazón contrito y humillado".
También el
Catecismo de la Iglesia católica llama a la "contrición":
"Entre los
actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es "un dolor
del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a
pecar" (Concilio de Trento: DS 1676)" (CEC 1451).
La práctica de
la virtud - contraria al vicio que nos aqueja - terminará por triunfar. Para
lograrlo, pidamos a Dios que nos conceda las lágrimas necesarias para lavar
nuestras culpas y alcanzar la santidad. Dios premiará nuestro esfuerzo y pronto
nos convertiremos un consuelo y una alegría para el Señor.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
