¡Qué gran fuerza sentir
que otro te necesita!
Cuando
uno se muestra en su verdad está en las manos del otro. Puede recibir la
aceptación o el rechazo. Se siente vulnerable. Me duele el alma cuando no soy
aceptado como soy. Cuando me muestro desnudo frente a otros y no recibo el
aplauso, ni la sonrisa. Tantas veces lo he vivido. Ante la pobreza del otro
puedo mostrarme misericordioso o puedo quedarme en mi orgullo. Protegido y
seguro.
Jesús
no me mira nunca desde arriba. Cuando alguien me dice que me necesita me
desarma. Me hace sentirme importante. Creo que puedo hacer algo por él y eso
siempre me da fuerzas.
Jesús
me pide a mí. No viene a darme nada. Decía Jean Vanier: “Jesús quiere
aparecerse en nuestro corazón como alguien pequeño. Está cansado y sentado
(···). Todo lo que Él quiere es encontrarse contigo que eres diferente”.
Me
gusta ese valor de Jesús para entrar en mi vida sin nada que ofrecer. Jesús no
me da lo que yo necesito, lo que le pido. Él me pide lo que yo tengo. No un
agua como la suya. Sino mi agua sucia. Mi pobreza. Mi fragilidad. Mi cubo.
Y
yo me siento útil ante Él. Parece mentira que pueda resultarle útil
con mis torpezas. Es increíble. Me gusta pensar en ese Jesús. No en un Dios
todopoderoso al que no le complementa mi debilidad. Comenta el padre José
Kentenich que “la bondad paternal de Dios no podía oponer resistencia a la
debilidad reconocida y aceptada de su hijo”[1].
Eso
lo vivo en mi propia carne. Me desarma la impotencia del que me pide ayuda. Y
me provoca desprecio el que no me necesita. Me gusta ayudar y sentirme útil.
Jesús
me muestra cómo es la actitud del hijo que confía. “Dame de beber”. Jesús
me pide a mí que le dé de beber. Y yo no tengo nada. Soy pobre. Pero Él me pide
ayuda y levanta mi ánimo. Me hace creer y confiar en que al final mi vida tiene
un sentido.
Tengo
una misión dibujada en mi alma. Puedo ser un héroe si me dejo hacer en sus
manos. Puedo dar agua. A Él. A tantos con sed. Basta con que me lo pidan como
Él. Sentado. Humilde. Pequeño. Frágil.
Me
violenta la soberbia de los hombres. Me revuelvo contra la prepotencia. Me
desarma la petición humilde del pequeño que sólo suplica mi ayuda. Sin
exigir nada. Sólo quiere beber. Me impresiona.
Muchas
veces yo no soy capaz de pedir a nadie que me dé su agua. Me siento capaz de
hacerlo todo yo solo. Voy por los caminos seguro de mí mismo. No tengo sed. Eso
creo.
Y
si la tengo la acallo, la calmo con otras aguas, pero no pido nada. Es mi
orgullo el que no me deja presentarme vulnerable ante los hombres. Necesito
aprender a ser pequeño, uno más, pobre.
La
imagen del agua es propia de este tiempo de Cuaresma. Tengo un hondo deseo
de saciar mi sed: “En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed,
murmuró contra Moisés: – ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de
sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?”. El pueblo de Dios
tiene sed en el desierto. No tienen agua.
El
otro día leía la carta
del P. Christopher desde Etiopía: “En Gode y en la región somalí de
Etiopía, hace ya un año y medio que no ha caído ni una gota de lluvia. Aquí
todo se está muriendo”. Me impresionó su testimonio. Estamos acostumbrados al
agua y no lo valoramos. Tenemos sed y bebemos. Es terrible la escasez de agua.
Todo muere cuando no hay agua. Hay tanta sed en tantos lugares…
Jesús
también tiene sed junto al pozo. Como ese pueblo que estalla contra Moisés.
Habían imaginado otra liberación y estaban allí atrapados en el desierto sin
agua. Como tanta gente que muere enferma en Etiopía y en tantos otros lugares
por falta de agua.
También
Jesús tiene sed y está solo. Sus discípulos se han ido. Llega la mujer a buscar
agua, también sola. También con sed. Eso siempre me impresiona. Ve a la mujer y
la conoce. Conoce su sed más honda.
Pero
lo primero que yo tengo es una sed superficial. Tengo sed de amor, de éxito, de
logros. Quiero emprender un camino y llegar a buen puerto. Quiero levantarme
tranquilo, con la sed saciada. Y por eso la calmo en tantas partes durante el
día. En charcos poco profundos.
¿Cuál
es mi sed hoy al mirar a Jesús? Tengo sed. Miro a Jesús y lo reconozco. Tengo
sed. Sed de un amor hondo y verdadero. Y tantas veces no sé amar con madurez y
vivo con sed continua.
Decía
el padre José Kentenich: “Se brinda cariño para recibir algo a cambio.
Queremos a una persona porque nos enriquece interiormente o bien nos hace más
maduros. En este caso, amamos a Dios y nos entregamos a Él porque, de esa
manera, satisfacemos nuestra sed de felicidad y canalizamos la autoafirmación.
Uno mismo se convierte en una personalidad plena y madura gracias al abandono
en Dios, pero, en esta entrega y amor a Dios, nos estamos buscando, por último,
a nosotros mismos”[2].
Me
busco a mí mismo cuando amo. Doy para recibir. Me entrego porque quiero tener.
Esa sed más honda no es saciada en mi amor que se busca a sí mismo. Me gustaría
amar mejor. Con más libertad. Dando un agua que sacie la sed más honda que
tiene el hombre. Sin buscar siempre egoístamente recibir cada vez que doy algo.
Jesús
tiene sed, me pide agua y me da el agua de su Espíritu. A veces miro a Jesús y
le hablo de mi sed humana. Le pido un agua que me sacie. Busco su pozo, su
fuente. Pero no recibo lo que busco. Y Jesús me habla de un agua nueva. Me
habla de cambiar la mirada.
Y
yo no le entiendo. Pero sé que en el silencio de mi alma puede suceder el
milagro. Si yo me dejo. El corazón cambia al recibir un agua verdadera. ¿Cuál
es mi sed más profunda? ¿La conozco? ¿Conozco mi herida? Muchas veces no
lo sé. Sacio una sed pasajera. Tengo que volver al pozo una y otra vez.
Pero
Jesús me asegura que su agua calma mi sed para siempre. Su agua, su mirada, su
amor. Cambia mi mirada, cambia mi amor. Me llena por dentro. Necesito
creer en esa promesa.
Carlos Padilla
Esteban
Fuente:
Aleteia
