El ruido te muerde, te
agita nerviosamente, te distrae de lo importante
Silencio,
soledad y oración.
Hazte
amigo del silencio y la soledad y busca siempre y en todo momento la oración.
Hay
un silencio que hace bien y otro que lastima. Una soledad que purifica y otra
que destroza. Una oración que es diálogo y nunca monólogo.
El
silencio no es vacío, es escucha.
El
ruido te muerde, te agita nerviosamente, te distrae de lo importante. El ruido
te miente.
El
silencio te acaricia, te serena el corazón, te centra en lo esencial. En el
silencio podés escuchar la voz profunda de tu corazón que habla con verdad.
La
soledad no es ausencia, es encuentro.
La
falta de soledad te dispersa, te masifica, te aleja de los otros, te ausenta
del mundo como si fueras un clon sin alma.
La
soledad te ordena, te fortalece, te da perspectiva. En soledad
puedes poner delante de ti a todas las personas que gravitan en tu mundo. El
ejercicio de la soledad te ayuda a volverte un ser presente con pies bien
afirmados en la realidad.
La
oración es diálogo de amantes.
La
oración te pone en contacto, intimidad y encuentro con AQUEL que es el único
capaz de amarte plena, total y desbordantemente. El que te conoce y te ama; el
que te busca y te ama; el que te espera y te ama; el que siempre te ama.
Si
la sola presencia de un buen amigo te reconforta y una conversación amena te
robustece, ¿cuánto más te llenara de savia, hundirte en la presencia y la
charla con el autor de la vida?
¡Querida
amiga! ¡Querido amigo! busca el silencio y la soledad cuando precises crecer. Y
dialoga con Dios siempre que puedas en todo momento.
Que
el Dios que te ama, te bendiga, te proteja y te conceda un corazón rebosante de
amor para dar.
Por Rodrigo F. Gil
Artículo
originalmente publicado por Oleada Joven
Fuente:
Aleteia
