El Santo Padre recuerda que en un niño recién nacido, necesitado de todo,
envuelto en pañales y acostado en un pesebre, está encerrado todo el poder del
Dios que salva
El papa Francisco, en la audiencia
general de esta semana, ha recordado que Dios no ha abandonado a su
pueblo y no se ha dejado derrotar por el mal, porque Él es fiel, y su gracia es
más grande que el pecado. Además, ha asegurado que la alegría más bonita de la
Navidad es esa alegría interior de paz: el Señor ha cancelado mis pecados, el
Señor me ha perdonado, el Señor ha tenido misericordia de mí, ha venido a
salvarme.
Publicamos a continuación el texto
completo de la catequesis
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos
días!
Nos estamos acercando a la Navidad, y el
profeta Isaías una vez más nos ayuda a abrirnos a la esperanza acogiendo la
Buena Noticia de la venida de la salvación. El capítulo 52 de Isaías empieza
con la invitación dirigida a Jerusalén para que se despierte, se sacuda el
polvo y las cadenas y se ponga los vestidos más bonitos, porque el Señor ha
venido a liberar a su pueblo (vv. 1-3). Y añade: «Por eso mi Pueblo conocerá mi
Nombre en ese día, porque yo soy aquel que dice: «¡Aquí estoy!» (v. 6).
A este “aquí estoy” dicho por Dios, que
resume toda su voluntad de salvación, responde el canto de alegría de
Jerusalén, según la invitación del profeta. Es el final del exilio de
Babilonia, es la posibilidad para Israel de encontrar a Dios y, en la fe, de
encontrarse a sí mismo. El Señor se hace cercano, y el “pequeño resto”, que en
exilio ha resistido en la fe, que ha atravesado la crisis y ha continuado
creyendo y esperando también en medio de la oscuridad, ese “pequeño resto”
podrá ver las maravillas de Dios.
A este punto el profeta introduce un
canto de júbilo. «Qué hermosos
son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que
proclama la paz, del que anuncia la felicidad, del que proclama la salvación, y
dice a Sión: «¡Tu Dios reina!». […] Prorrumpan en gritos de alegría, ruinas de
Jerusalén, porque el Señor consuela a su Pueblo, él redime a Jerusalén! El
Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, verán la
salvación de nuestro Dios» (Is 52,
7.9-10).
Estas palabras de Isaías, sobre las que
queremos detenernos, harán referencia al milagro de la paz, y lo hacen de una
forma muy particular, poniendo la mirada no solo en el mensajero sino sobre los
pies que corren veloces: «Qué hermosos son sobre las montañas los pasos
del que trae la buena noticia...».
Parece el esposo del Cantar de los
Cantares que corre hacia la amada:«Ahí viene, saltando por las montañas,
brincando por las colinas.» (Ct2, 8). Así también el mensajero de paz
corre, llevando el feliz anuncio de liberación, de salvación, y proclamando que
Dios reina.
Dios no ha abandonado a su pueblo y no se
ha dejado derrotar por el mal, porque Él es fiel, y su gracia es más grande que
el pecado. Esto tenemos que
aprenderlo ¿eh? ¡Porque somos cabezotas! Y no aprendemos esto. Pero os haré una
pregunta: ¿quién es más grande, Dios o el pecado? ¿Quién? [Responden: “Dios”].
¡Ah, no estáis convencidos eh! ¡No oigo bien! [Responden: “Dios”]. ¿Y
quién vence al final? ¿Dios o el pecado? [Responden: “Dios”]. ¿Y Dios es capaz
de vencer al pecado más grande? ¿También el pecado más vergonzoso? También el
pecado que es terrible, el peor de los pecados, ¿es capaz de vencerlo?
[Responden: “Sí”]. Y esta pregunta no es fácil, vemos si entre vosotros hay una
teóloga o un teólogo para responder: ¿con qué arma vence Dios al pecado?
[Responden: “El amor”]- ¡Oh, muy buenos! ¡Muchos teólogos! ¡Buenos!
Esto – que Dios vence al pecado-
quiere decir que “Dios reina”; son estas las palabras de la fe en un Señor cuyo
poder se inclina sobre la humanidad para ofrecer misericordia y liberar al
hombre de lo que desfigura en él la bella imagen de Dios. Y el cumplimiento de
tanto amor será precisamente el Reino instaurado por Jesús, ese Reino de perdón
y de paz que nosotros celebramos con la Navidad y que se realiza
definitivamente en la Pascua.
Y la alegría más bonita de la Navidad es
esa alegría interior de paz: el Señor ha cancelado mis pecados, el Señor me ha
perdonado, el Señor ha tenido misericordia de mí, ha venido a salvarme. Esa es la
alegría de la Navidad.
Son estos, hermanos y hermanas, los
motivos de nuestra esperanza. Cuando parece que todo a terminado, cuando,
frente a tantas realidades negativas, la fe se hace cansada y viene la
tentación de decir que nada tiene sentido, aquí está sin embargo la buena
noticia traída de esos pies rápidos: Dios está viniendo a realizar algo nuevo,
a instaurar un reino de paz; Dios ha “descubierto su brazo” y viene a traer
libertad y consolación. El mal no triunfará para siempre, hay un fin al dolor.
La desesperación es vencida.
Y también a nosotros se nos pide
despertar, como Jerusalén, según la invitación que dirige el profeta; somos
llamados a convertirnos en hombres y mujeres de esperanza, colaborando con la
venida de este Reino hecho de luz y destinado a todos.
Pero qué feo es cuando encontramos un
cristiano que ha perdido la esperanza: “Pero yo no espero nada, todo ha
terminado para mí”, un cristiano que no es capaz de mirar horizontes de
esperanza y delante de su corazón solamente un muro. ¡Pero Dios destruye estos
muros con el perdón! Y por eso, nuestra oración, porque Dios nos da cada día la
esperanza y la da a todos, esa esperanza que nace cuando vemos a Dios en el
pesebre en Belén.
El mensaje de la Buena Noticia que se nos
ha confiado es urgente, también nosotros tenemos que correr como el
mensajero en las montañas, porque el mundo no puede esperar, la humanidad tiene
hambre y sed de justicia, de verdad, de paz.
Y viendo el pequeño Niño de Belén, los
pequeños del mundo sabrán que la promesa se ha cumplido; el mensaje se ha
realizado. En un niño recién nacido, necesitado de todo, envuelto en pañales y
acostado en un pesebre, está encerrado todo el poder del Dios que salva. Es
necesario abrir el corazón a tanta pequeñez y a tanta maravilla. Es la
maravilla de la Navidad, a la que nos estamos preparando, con esperanza, en
este tiempo de Adviento. Es la sorpresa de un Dios niño, de un Dios pobre, de
un Dios débil, de un Dios que abandona su grandeza para hacerse cercano a cada
uno de nosotros.
Fuente:
Zenit
