¿Estás preparado?
Ayer domingo me invitaban a revestirme de
Jesús: “La
noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las
tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno
día, con dignidad. Vestíos del Señor Jesucristo”.
Pasa la noche y llega el tiempo de la
luz. Quiero
ser como una de esas vírgenes que esperan al novio con su lámpara encendida. El
fuego en su corazón. La mirada llena de luz. No quiero que se apague el fuego
que Jesús ha encendido en mí.
Jesús me lo dice: “Estad en vela”. Quiero aprender a velar con mi
luz encendida. La luz en mi alma. No quiero sembrar oscuridades a mi alrededor. Me gustaría abrir ventanas en las vidas
de los hombres. Puertas
que les abran un mundo nuevo que colme su esperanza.
Ayer se encendió simbólicamente una
primera vela del Adviento. Me gusta ese fuego que comienza tímidamente. Luego
crece, día a día, semana a semana. Somos hijos de la luz. Esa imagen me da
tanta vida… Prefiero la luz a la oscuridad. La vida a la muerte. Estar
despierto a estar dormido.
Decía el padre José Kentenich: “El Espíritu de Dios debe encender una
luz en mi alma. Debemos
contemplar el mundo de Dios a la luz de la fe. Si no somos al mismo tiempo maestros de
la oración, entonces no podremos transmitirles a los que nos siguen esa gracia
divina interna”.
Pienso en lo que significa revestirme de
Cristo y llenarme de luz. Encender la luz del alma para poder vivir como Él.
Revestido de su Espíritu.
Necesito la presencia de su Espíritu en
mi vida. Lo necesito para cambiar mi forma de vivir. No todo da igual. Es
importante cómo vivo, cómo actúo, las consecuencias de mis actos. En cualquier momento puede venir Jesús a
buscarme y quiero
que me encuentre revestido de Él.
No simplemente revestido de formas.
Quiero tener el corazón hecho a su medida. Que mire la vida en su verdad. No
marcado por mis creencias y mis ideologías. Que sepa distinguir el bien del
mal, sobre todo cuando sea sutil la diferencia. Que sepa poner en orden mis
prioridades y no considerar importantes las cosas que no lo son. Una nueva
forma de mirar, de vivir, de amar. Revestido de Cristo.
Me conmueve pensar que Jesús puede
hacerlo en la fuerza de su Espíritu. Puede eliminar mis cadenas. Puede dar luz
a mi corazón. Para que no viva en las tinieblas, para que no me derrumbe en
medio de la oscuridad. Necesito su luz, su paz. Quiero aprender a hacer su
voluntad y encontrar su paz.
Decía santa Teresa de Calcuta: “La alegría que busco es sólo agradarle a
Él. Soy suya y solamente suya. El resto no me afecta. Puedo pasar sin tener todo lo demás si le
tengo a Él”. Esa libertad interior me da luz. La necesito. Esa luz ilumina
mis pasos. Pacifica mis ansias y mis egoísmos.
Quiero que la luz de Jesús acabe con las
penumbras y con las tristezas. La luz de esa primera vela que me revela el
camino. Mis prioridades. Lo importante en mi vida. No todo da igual. Mi sí no
es indiferente para Dios. Mi sí profundo y libre, firme y arraigado.
Quiero un corazón lleno de luz que
ilumine la vida de Jesús sufriente. Ese Jesús que vive sin luz en tantos
hombres. Turbados por sus pecados. Angustiados por sus miedos. Porque han
puesto su seguridad en un mundo cambiante. Y se han olvidado de lo importante.
Quiero la luz de Jesús que ilumine mis
pasos, mis decisiones, mi amor más hondo y verdadero.
Fuente:
Aleteia
