La fundación de Villanueva de la Jara
(1).
1. Acabada la fundación de Sevilla, cesaron las fundaciones
por más de cuatro años (2). La causa fue que comenzaron grandes persecuciones
muy de golpe a los Descalzos y Descalzas, que aunque ya había habido hartas, no
en tanto extremo, que estuvo a punto de acabarse todo. Mostróse bien lo que
sentía el demonio este santo principio que nuestro Señor había comenzado y ser
obra suya, pues fue adelante. Padecieron mucho los Descalzos, en especial las cabezas,
de graves testimonios y contradicción de casi todos los Padres calzados (3).
3. Murió un Nuncio santo que favorecía mucho la virtud, y
así estimaba los Descalzos (6). Vino otro que parecía le había enviado Dios
para ejercitarnos en padecer. Era algo deudo del Papa, y debe ser siervo de
Dios, sino que comenzó a tomar muy a pechos a favorecer a los Calzados; y
conforme a la información que le hacían de nosotros, enteróse (7) mucho en que
era bien no fuesen adelante estos principios, y así comenzó a ponerlo por obra
con grandísimo rigor, condenando a los que le pareció le podían resistir,
encarcelándolos, desterrándolos.
4. Los que más padecieron fue el padre fray Antonio de
Jesús, que es el que comenzó el primer monasterio de Descalzos, y el padre fray
Jerónimo Gracián, a quien había hecho el Nuncio pasado Visitador Apostólico de
los del Paño (8), con el cual fue grande el disgusto que tuvo, y con el padre
Mariano de San Benito. De estos Padres he dicho ya quién son en las fundaciones
pasadas; otros de los más graves penitenció, aunque no tanto. A éstos ponía
muchas censuras, que no tratasen de ningún negocio.
5. Bien se entendía venir todo de Dios y que lo permitía Su
Majestad para mayor bien y para que fuese más entendida la virtud de estos
Padres, como lo ha sido. Puso prelado del Paño, para que visitase nuestros
monasterios de monjas y de los frailes; (9) que, a haber lo que él pensaba,
fuera harto trabajo. Y así se pasó grandísimo, como se escribirá de quien lo
sepa mejor decir; que yo no hago sino tocar en ello, para que entiendan las
monjas que vinieren cuán obligadas están a llevar adelante la perfección, pues
hallan llano lo que tanto ha costado a las de ahora; que algunas (10) de ellas
han padecido muy mucho en estos tiempos de grandes testimonios, que me
lastimaba a mí muy mucho más que lo que yo pasaba, que esto antes me era gran
gusto. Parecíame ser yo la causa de toda esta tormenta, y que si me echasen en
la mar, como a Jonás, cesaría la tempestad.
6. Sea Dios alabado, que favorece la verdad. Y así sucedió
en esto que, como nuestro católico rey Don Felipe supo lo que pasaba y estaba
informado de la vida y religión de los Descalzos, tomó la mano (11) a
favorecernos, de manera que no quiso juzgase sólo el Nuncio nuestra causa, sino
diole cuatro acompañados (12), personas graves y las tres religiosos, para que
se mirase bien nuestra justicia. Era el uno de ellos el padre maestro fray
Pedro Fernández, persona de muy santa vida y grandes letras y entendimiento.
Había sido Comisario Apostólico y Visitador de los del Paño de la Provincia de
Castilla, a quien los Descalzos estuvimos también sujetos, y sabía bien la
verdad de cómo vivían los unos y los otros; que no deseábamos todos otra cosa,
sino que esto se entendiese. Y así, en viendo yo que el Rey le había nombrado,
di el negocio por acabado, como por la misericordia de Dios lo está. Plega a Su
Majestad sea para honra y gloria suya.
Aunque eran muchos le señores del reino y obispos que se
daban prisa a informar de la verdad al Nuncio, todo aprovechara poco, si Dios
no tomara por medio al Rey.
7. Estamos todas, hermanas, muy obligadas a siempre en
nuestras oraciones encomendarle a nuestro Señor, y a los que han favorecido su
causa y de la Virgen nuestra Señora, y así os lo encomiendo mucho. ¡Ya veréis, hermanas, el lugar que había para fundar! (13)
Todas nos ocupábamos en oraciones y penitencias sin cesar, para que lo fundado
llevase Dios adelante, si se había de servir de ello.
8. En el principio de estos grandes trabajos (que dichos tan
en breve os parecerán poco, y padecido tanto tiempo ha sido muy mucho), estando
yo en Toledo, que venía de la fundación de Sevilla, año de 1576, me llevó
cartas un clérigo de Villanueva de la Jara del ayuntamiento de este lugar, que
iba a negociar conmigo admitiese para monasterio nueve mujeres que se habían entrado
juntas en una ermita de la gloriosa Santa Ana que había en aquel pueblo, con
una casa pequeña cabe ella, algunos años había, y vivían con tanto recogimiento
y santidad, que convidaba a todo el pueblo a procurar cumplir sus deseos, que
eran ser monjas. Escribióme también un doctor, cura que es de este lugar,
llamado Agustín de Ervías, hombre docto y de mucha virtud (14). Esta le hacía
ayudar cuanto podía a esta santa obra.
9. A mí me pareció cosa que en ninguna manera convenía
admitirla por estas razones: la primera, por ser tantas, y parecíame cosa muy
dificultosa, mostradas a su manera de vivir, acomodarse a la nuestra. La
segunda, porque no tenía casi nada para poderse sustentar, y el lugar no es
poco más de mil vecinos, que para vivir de limosna es poca ayuda; aunque el
ayuntamiento se ofrecía a sustentarlas, no me parecía cosa durable. La tercera,
que no tenían casa. La cuarta, lejos de estotros monasterios. Quinta (15), y
que aunque me decían eran muy buenas, como no las había visto no podía entender
si tenían los talentos que pretendemos en estos monasterios; y así me determiné
a despedirlo del todo.
10. Para esto quise primero hablar a mi confesor, que era el
Doctor Velázquez, canónigo y catedrático de Toledo, hombre muy letrado y
virtuoso, que ahora es obispo de Osma; (16) porque siempre tengo de costumbre
no hacer cosa por mi parecer, sino de personas semejantes. Como vio las cartas
y entendió el negocio, díjome que no lo despidiese, sino que respondiese bien;
porque cuando tantos corazones juntaba Dios en una casa, que se entendía se
había de servir de ella. Yo lo hice así, que ni lo admití del todo ni lo
despedí. En importunar por ello y procurar personas por quien yo lo hiciese, se
pasó hasta este año de 80, con parecerme siempre que era desatino admitirlo.
Cuando respondía, nunca podía responder del todo mal.
11. Acertó a venir a cumplir su destierro (17) el padre fray
Antonio de Jesús al monasterio de nuestra Señora del Socorro, que está tres
leguas de este lugar de Villanueva, y viniendo a predicar a él y el prior de
este monasterio, que al presente es el padre fray Gabriel de la Asunción (18),
persona muy avisada y siervo de Dios, venía también mucho al mismo lugar, que
eran amigos del doctor Ervías, y comenzaron a tratar con estas santas hermanas.
Y aficionados de su virtud y persuadidos del pueblo y del doctor, tomaron este
negocio por propio y comenzaron a persuadirme con mucha fuerza con cartas. Y
estando yo en San José de Malagón, que es 26 leguas y más de Villanueva, fue el
mismo Padre Prior a hablarme sobre ello, dándome cuenta de lo que se podía
hacer y cómo después de hecho daría el doctor Ervías trescientos ducados de
renta, sobre la que él tiene de su beneficio; que se procurase de Roma.
12. Esto se me hizo muy incierto, pareciéndome habría
flojedad después de hecho; que con lo poco que ellas tenían, bien bastaba. Y
así dije muchas razones al Padre Prior para que viese no convenía hacerse y, a
mi parecer, bastantes, y dije que lo mirasen mucho él y el padre fray Antonio,
que yo lo dejaba sobre su conciencia, pareciéndome que con lo que yo les decía
bastaba para no hacerse.
13. Después de ido, consideré cuán aficionado estaba a ello
y que había de persuadir al prelado que ahora tenemos, que es el Maestro fray
Angel de Salazar, para que lo admitiese; y dime mucha prisa a escribirle,
suplicándole que no diese esta licencia, diciéndole las causas; y según después
me escribió, no la había querido dar si no era pareciéndome a mí bien.
14. Pasaron como mes y medio, no sé si algo más. Cuando ya pensé
lo tenía estorbado, envíanme un mensajero con cartas del ayuntamiento, adonde
se obligaban que no les faltaría lo que hubiese menester, y el doctor Ervías a
lo que tengo dicho (19), y cartas de estos dos reverendos Padres con mucho
encarecimiento. Era tanto lo que yo temía el admitir tantas hermanas,
pareciéndome había de haber algún bando contra las que fuesen, como suele
acaecer, y también en no ver cosa segura para su mantenimiento, porque lo que
ofrecían no era cosa que hacía fuerza, que me vi en harta confusión. Después he
entendido era el demonio, que con haberme el Señor dado ánimo, me tenía con
tanta pusilanimidad entonces, que no parece confiaba nada de Dios. Mas las
oraciones de aquellas benditas almas, en fin, pudieron más.
15. Acabando un día de comulgar y estándolo encomendando a
Dios, como hacía muchas veces, que lo que me hacía responderlos antes bien era
temer si estorbaba algún aprovechamiento de algunas almas (que siempre mi deseo
es ser algún medio para que se alabase nuestro Señor y hubiese más quien le
sirviese), me hizo Su Majestad una gran reprensión, diciéndome que con qué
tesoros se había hecho lo que estaba hecho hasta aquí; que no dudase de admitir
esta casa, que sería para mucho servicio suyo y aprovechamiento de las almas.
16. Como son tan poderosas estas palabras de Dios, que no
sólo las entiende el entendimiento, sino que le alumbra para entender la
verdad, y dispone la voluntad para querer obrarlo, así me acaeció a mí; que no
sólo gusté de admitirlo, sino que me pareció había sido culpa tanto detenerme y
estar tan asida a razones humanas, pues tan sobre razón he visto lo que Su
Majestad ha obrado por esta sagrada Religión.
17. Determinada en admitir esta fundación, me pareció sería
necesario ir yo con las monjas que en ella habían de quedar, por muchas cosas
que se me representaron, aunque el natural sentía mucho por haber venido bien
mala hasta Malagón y andarlo siempre (20). Mas pareciéndome se serviría nuestro
Señor, lo escribí al prelado para que me mandase lo que mejor le pareciese, el
cual envió la licencia para la fundación y precepto de que me hallase presente
y llevase las monjas que me pareciese, que me puso en harto cuidado, por haber
de estar con las que allá estaban. Encomendándolo mucho a nuestro Señor, saqué
dos del monasterio de San José de Toledo, la una para priora; y dos del de
Malagón, y la una para supriora (21). Y como tanto se había pedido a Su
Majestad, acertóse muy bien, que no lo tuve en poco; porque en las fundaciones
que solas nosotras comienzan, todas se acomodan bien.
18. Vinieron por nosotras el padre fray Antonio de Jesús y
el padre prior fray Gabriel de la Asunción (22). Dado todo recaudo del pueblo,
partimos de Malagón, sábado antes de Cuaresma, a trece días de febrero, año de
1580. Fue Dios servido de hacer tan buen tiempo y darme tanta salud, que
parecía nunca había tenido mal; que yo me espantaba y consideraba lo mucho que
importa no mirar nuestra flaca disposición cuando entendemos se sirve el Señor,
por contradicción que se nos ponga delante, pues es poderoso de hacer de los
flacos fuertes y de los enfermos sanos. Y cuando esto no hiciere, será lo mejor
padecer para nuestra alma, y puestos los ojos en su honra y gloria olvidarnos a
nosotros. ¿Para qué es la vida y la salud, sino para perderla por tan gran Rey
y Señor? Creedme, hermanas, que jamás os irá mal en ir por aquí.
19. Yo confieso que mi ruindad y flaqueza muchas veces me ha
hecho temer y dudar; mas no me acuerdo ninguna, después que el Señor me dio
hábito de Descalza, ni algunos años antes, que no me hiciese merced, por su
sola misericordia, de vencer estas tentaciones y arrojarme a lo que entendía
era mayor servicio suyo, por dificultoso que fuese. Bien claro entiendo que era
poco lo que hacía de mi parte, mas no quiere más Dios de esta determinación
para hacerlo todo de la suya. Sea por siempre bendito y alabado, amén.
20. Habíamos de ir al monasterio de nuestra Señora del
Socorro, que ya queda dicho (23) que está tres leguas de Villanueva, y
detenernos allí para avisar cómo íbamos, que lo tenían así concertado, y yo era
razón obedeciese a estos Padres, con quien íbamos, en todo. Está esta casa en
un desierto y soledad harto sabrosa; y como llegamos cerca, salieron los
frailes a recibir a su Prior con mucho concierto. Como iban descalzos y con sus
capas pobres de sayal, hiciéronnos a todas devoción, y a mí me enterneció mucho
pareciéndome estar en aquel florido tiempo de nuestros santos Padres. Parecían
en aquel campo unas flores blancas olorosas, y así creo yo lo son a Dios,
porque, a mi parecer, es allí servido muy a las veras. Entraron en la iglesia
con un Te Deum y voces muy mortificadas. La entrada de ella es debajo de
tierra, como por una cueva, que representaba la de nuestro Padre Elías (24).
Cierto, yo iba con tanto gozo interior, que diera por muy bien empleado más
largo camino; aunque me hizo harta lástima ser ya muerta la santa por quien
nuestro Señor fundó esta casa, que no merecí verla, aunque lo deseé mucho (25).
21. Paréceme no será cosa ociosa tratar aquí algo de su vida
y por los términos que nuestro Señor quiso se fundase allí este monasterio, que
tanto provecho ha sido para muchas almas de los lugares del rededor, según soy
informada; y para que viendo la penitencia de esta santa, veáis, mis hermanas,
cuán atrás quedamos nosotras, y os esforcéis para de nuevo servir a nuestro
Señor; pues no hay por qué seamos para menos, pues no venimos de gente tan
delicada y noble; que aunque esto no importe, dígolo porque había tenido vida
regalada, conforme a quien era, que venía de los Duques de Cardona, y así se
llamaba ella doña Catalina de Cardona (26). Después de algunas veces que me
escribió, sólo firmaba "la Pecadora".
22. De su vida, antes que el Señor la hiciese tan grandes
mercedes, dirán los que escribieren su vida, y más particularmente lo mucho que
hay que decir de ella. Por si no llegare a vuestra noticia, diré aquí lo que me
han dicho algunas personas que la trataban, dignas de creer.
23. Estando esta santa entre personas y señores de mucha
calidad, siempre tenía mucha cuenta con su alma y hacía penitencia. Creció
tanto el deseo de ella y de irse adonde sola pudiese gozar de Dios y emplearse
en hacer penitencia, sin que ninguno la estorbase. Esto trataba con sus
confesores y no se lo consentían, que, como está ya el mundo tan puesto en
discreción y casi olvidadas las grandes mercedes que hizo Dios a los santos y
santas que en los desiertos le sirvieron, no me espanto les pareciese desatino.
Mas como no deja Su Majestad de favorecer a los verdaderos deseos para que se
pongan en obra, ordenó que se viniese a confesar con un padre francisco, que
llaman fray Francisco de Torres, a quien yo conozco muy bien, y le tengo por
santo, y con grande hervor de penitencia y oración ha muchos años que vive y
con hartas persecuciones. Debe bien de saber la merced que Dios hace a los que
se esfuerzan a recibirlas, y así le dijo que no se detuviese, sino que siguiese
el llamamiento que Su Majestad le hacía. No sé yo si fueron éstas las palabras,
mas entiéndese, pues luego lo puso por obra.
24. Descubrióse a un ermitaño que estaba en Alcalá (27), y
rogóle se fuese con ella, sin que jamás lo dijese a ninguna persona. Y
aportaron (28) adonde está este monasterio, adonde halló una covezuela, que
apenas cabía. Aquí la dejó. Mas ¡qué amor debía llevar, pues ni tenía cuidado
de lo que había de comer, ni los peligros que le podían suceder, ni la infamia
que podía haber cuando no pareciese! ¡Qué borracha debía de ir esta santa alma,
embebida en que ninguno la estorbase de gozar de su Esposo, y qué determinada a
no querer más mundo, pues así huía de todos sus contentos!
25. Consideremos esto bien, hermanas, y miremos cómo de un
golpe lo venció todo. Porque aunque no sea menos lo que vosotras hacéis en
entraros en esta sagrada Religión y ofrecer a Dios vuestra voluntad y profesar
tan continuo encerramiento, no sé si se pasan estos hervores del principio a
algunas, y tornamos a sujetarnos en algunas cosas de nuestro amor propio. Plega
a la divina Majestad que no sea así, sino que, ya que remedamos a esta santa en
querer huir del mundo, estemos en todo muy fuera de él en lo interior.
26. Muchas cosas he oído de la grande aspereza de su vida, y
débese de saber lo menos. Porque en tantos años como estuvo en aquella soledad
con tan grandes deseos de hacerla, no habiendo quien a ellos le fuese a la
mano, terriblemente debía tratar su cuerpo (29). Diré lo que a ella misma
oyeron algunas personas y las monjas de San José de Toledo, adonde ella entró a
verlas, y como con hermanas hablaba con llaneza, y así lo hacía con otras
personas, porque era grande su sencillez y debíalo ser la humildad. Y como
quien tenía entendido que no tenía ninguna cosa de sí, estaba muy lejos de
vanagloria, y gozábase de decir las mercedes que Dios la hacía para que por
ellas fuese alabado y glorificado su nombre: cosa peligrosa para los que no han
llegado a este estado, que, por lo menos, les parece alabanza propia; aunque la
llaneza y santa simplicidad la debía librar de esto, porque nunca oí ponerle
esta falta.
27. Dijo que había estado ocho (30) años en aquella cueva, y
muchos días pasando con las hierbas del campo y raíces; porque, como se le
acabaron tres panes que le dejó el que fue con ella, no lo tenía hasta que fue
por allí un pastorcico (31). Este la proveía después de pan y harina, que era
lo que ella comía: unas tortillas cocidas en la lumbre, y no otra cosa; esto, a
tercer día (32), y es muy cierto, que aun los frailes que están allí son
testigos, y era ya después que ella estaba muy gastada. Algunas veces la hacían
comer una sardina, u otras cosas (33), cuando ella fue a procurar cómo hacer el
monasterio, y antes sentía daño que provecho. Vino nunca lo bebió, que yo haya
sabido. Las disciplinas eran con una gran cadena, y duraban muchas veces dos
horas, y hora y media. Los cilicios tan asperísimos, que me dijo una persona,
mujer (34), que viniendo de romería se había quedado a dormir con ella una
noche, y héchose dormida, y que la vio quitar los cilicios llenos de sangre y
limpiarlos. Y más era lo que pasaba según ella decía a estas monjas que he
dicho (35) con los demonios, que le aparecían como unos alanos grandes, y se la
subían por los hombros, y otras como culebras. Ella no les había ningún miedo.
28. Después que hizo el monasterio, todavía se iba, y estaba
y dormía, a su cueva, si no era ir a los Oficios Divinos. Y antes que se
hiciese, iba a misa a un monasterio de Mercedarios (36), que está un cuarto de
legua, y algunas veces de rodillas. Su vestido era buriel y túnica de sayal
(37), y de manera hecho, que pensaban era hombre.
Después de estos años que aquí estuvo tan a solas, quiso el
Señor se divulgase, y comenzaron a tener tanta devoción con ella, que no se
podía valer de la gente. A todos hablaba con mucha caridad y amor. Mientras más
iba el tiempo, mayor concurso de gente acudía; y quien la podía hablar, no
pensaba tenía poco. Ella estaba tan cansada de esto, que decía la tenían
muerta. Venía día estar todo el campo lleno de carros casi. Después que
estuvieron allí los frailes, no tenían otro remedio sino levantarla en alto para
que les echase la bendición, y con eso se libraban.
Después de los ocho años que estuvo en la cueva, que ya era
mayor, porque se la habían hecho los que allí iban, diole una enfermedad muy
grande, que pensó morirse, y todo lo pasaba en aquella cueva.
29. Comenzó a tener deseos de que hubiese allí un monasterio
de frailes, y con éste estuvo algún tiempo no sabiendo de qué orden le haría; y
estando una vez rezando a un crucifijo que siempre traía consigo, le mostró
nuestro Señor una capa blanca, y entendió que fuese de los Descalzos
Carmelitas, y nunca había venido a su noticia que los había en el mundo.
Entonces estaban hechos solos dos monasterios, el de Mancera y Pastrana.
Debíase después de esto de informar, y como supo que le había en Pastrana y ella
tenía mucha amistad con la Princesa de Eboli, de tiempos pasados, mujer del
príncipe Ruy Gómez, cuya era Pastrana, partióse para allá a procurar cómo hacer
este monasterio, que ella tanto deseaba.
30. Allí, en el monasterio de Pastrana, en la iglesia de San
Pedro que así se llama tomó el hábito de nuestra Señora; (38) aunque no con
intento de ser monja ni profesar, que nunca a ser monja se inclinó, como el
Señor la llevaba por otro camino; parecíale le quitaran por obediencia sus
intentos de asperezas y soledad. Estando presentes todos los frailes, recibió
el hábito de nuestra Señora del Carmen.
31. Hallóse allí el padre Mariano de quien ya he hecho
mención en estas fundaciones (39), el cual me dijo a mí misma que le había dado
una suspensión o arrobamiento, que del todo le enajenó; y que estando así, vio
muchos frailes y monjas muertos; unos descabezados, otros cortadas las piernas
y los brazos, como que los martirizaban, que esto se da a entender en esta
visión. Y no es hombre que dirá sino lo que viere, ni tampoco está acostumbrado
su espíritu a estas suspensiones, que no le lleva Dios por este camino. Rogad a
Dios, hermanas, que sea verdad y que en nuestros tiempos merezcamos ver tan
gran bien y ser nosotras de ellas.
32. De aquí de Pastrana comenzó a procurar la santa Cardona
con qué hacer su monasterio, y para esto tornó a la Corte, de donde con tanta
gana había salido, que no le sería pequeño tormento, adonde no le faltaron
hartas murmuraciones y trabajos; porque cuando salía de casa no se podía valer
de gente. Esto en todas las partes que fue. Unos le cortaban del hábito, otros
de la capa. Entonces fue a Toledo, adonde estuvo con nuestras monjas. Todas me
han afirmado que era tan grande el olor que tenía de reliquias, que hasta el
hábito y la cinta, después que le dejó, porque le dieron otro y se le quitaron,
era para alabar a nuestro Señor el olor. Y mientras más a ella se llegaban, era
mayor, con ser los vestidos de suerte con la calor, que hacía mucha, que antes le
habían de tener malo. Sé que no dirán sino toda verdad, y así quedaron con
mucha devoción.
33. En la Corte y otras partes le dieron para poder hacer su
monasterio y, llevando licencia, se fundó. Hízose la iglesia adonde era su
cueva, y a ella le hicieron otra desviada, adonde tenía un sepulcro de bulto y
se estaba noche y día lo más del tiempo. Duróle poco, que no vivió sino cerca
de cinco años y medio después que tuvo allí el monasterio, que con la vida tan
áspera que hacía, aun lo que había vivido parecía sobrenatural. Su muerte fue
año de 1577, a lo que ahora me parece (40). Hiciéronle las honras con
grandísima solemnidad; porque un caballero que llaman fray Juan de León (41),
tenía gran devoción con ella, y puso en esto mucho. Está ahora enterrada en depósito
en una capilla de nuestra Señora, de quien ella era en extremo devota, hasta
hacer mayor iglesia de la que tienen, para poner su bendito cuerpo como es
razón.
34. Es grande la devoción que tienen en este monasterio por
su causa, y así parece quedó en él y en todo aquel término, en especial mirando
aquella soledad y cueva, adonde estuvo. Antes que determinase hacer el
monasterio, me han certificado que estaba tan cansada y afligida de ver la
mucha gente que la venía a ver, que se quiso ir a otra parte adonde nadie
supiese de ella; y envió por el ermitaño que la había traído allí para que la
llevase, y era ya muerto. Y nuestro Señor, que tenía determinado se hiciese
allí esta casa de nuestra Señora, no la dio lugar a que se fuese; porque como
he dicho (42) entiendo se sirve mucho allí. Tienen gran aparejo, y vese bien en
ellos que gustan de estar apartados de gente; en especial el prior (43), que
también le sacó Dios, para tomar este hábito, de harto regalo, y así le ha
pagado bien con hacérselos espirituales.
35. Hízonos allí mucha caridad. Diéronnos de lo que tenían
en la iglesia, para la que íbamos a fundar, que, como esta santa era querida de
tantas personas principales, estaba bien proveída de ornamentos. Yo me consolé
muy mucho lo que allí estuve, aunque con harta confusión, y me dura; porque
veía que la que había hecho allí la penitencia tan áspera era mujer como yo, y
más delicada, por ser quien era y no tan gran pecadora como yo soy; que en
esto, de la una a la otra no se sufre comparación, y he recibido muy mayores
mercedes de nuestro Señor de muchas maneras, y no me tener ya en el infierno,
según mis grandes pecados, es grandísima. Sólo el deseo de remedarla, si
pudiera, me consolaba, mas no mucho; porque toda mi vida se me ha ido en deseos
y las obras no las hago. Válgame la misericordia de Dios, en quien yo he
confiado siempre por su Hijo sacratísimo y la Virgen nuestra Señora, cuyo
hábito por la bondad del Señor traigo.
36. Acabando de comulgar un día en aquella santa iglesia, me
dio un recogimiento muy grande con una suspensión que me enajenó. En ella se me
representó esta santa mujer por visión intelectual, como cuerpo glorificado, y
algunos ángeles con ella. Díjome que no me cansase, sino que procurase ir
adelante en estas fundaciones. Entiendo yo, aunque no lo señaló, que ella me
ayudaba delante de Dios. También me dijo otra cosa que no hay para qué la
escribir (44). Yo quedé harto consolada y con deseo de trabajar. Y espero en la
bondad del Señor, que con tan buena ayuda como estas oraciones, podré servirle
en algo.
Veis aquí, hermanas mías, cómo ya acabaron estos trabajos, y
la gloria que tiene será sin fin. Esforcémonos ahora, por amor de nuestro
Señor, a seguir esta hermana nuestra. Aborreciéndonos a nosotras mismas, como
ella se aborreció, acabaremos nuestra jornada, pues se anda con tanta brevedad
y se acaba todo.
37. Llegamos el domingo primero de la cuaresma, que era
víspera de la Cátedra de San Pedro, día de San Barbaciani (45), año de 1580, a
Villanueva de la Jara. Este mismo día se puso el Santísimo Sacramento en la
iglesia de la gloriosa Santa Ana, a la hora de misa mayor. Saliéronnos a
recibir todo el ayuntamiento y otros algunos con el doctor Ervías, y fuímonos a
apear a la iglesia del pueblo, que estaba bien lejos de la de Santa Ana. Era
tanta la alegría de todo el pueblo, que me hizo harta consolación ver con el
contento que recibían la Orden de la sacratísima Virgen Señora nuestra. Desde
lejos oíamos el repicar de las campanas. Entradas en la iglesia, comenzaron el
Te Deum, un verso la capilla de canto de órgano, y otro el órgano.
Acabado,
tenían puesto el Santísimo Sacramento en unas andas y a nuestra Señora en
otras, con cruces y pendones. Iba la procesión con harta autoridad. Nosotras,
con nuestras capas blancas y velos delante del rostro, íbamos en mitad, cabe el
Santísimo Sacramento, y junto a nosotras nuestros frailes Descalzos, que fueron
hartos del monasterio, y los franciscos (que hay monasterio en el lugar, de San
Francisco) iban allí, y un fraile dominico, que se halló en el lugar, que
aunque era solo me dio contento ver allí aquel hábito. Como era lejos, había
muchos altares. Deteníanse algunas veces diciendo letras de nuestra Orden, que
nos hacía harta devoción y ver que todos iban alabando al gran Dios que
llevábamos presente, y que por El se hacía tanto caso de siete pobrecillas
Descalzas que íbamos allí. Con todo esto que yo consideraba, me hacía harta
confusión, acordándome iba yo entre ellas, y cómo, si se hubiera de hacer como
yo merecía, fuera volverse todos contra mí.
38. Heos dado tan larga cuenta de esta honra que se hizo al
hábito de la Virgen para que alabéis a nuestro Señor y le supliquéis se sirva
de esta fundación; porque con más contento estoy cuando es con mucha
persecución y trabajos, y con más gana os los cuento. Verdad es que estas
hermanas que estaban aquí los han pasado casi seis años; al menos más de cinco
y medio que ha que entraron en esta casa de la gloriosa Santa Ana, dejada la
mucha pobreza y trabajo que tenían en ganar de comer, porque nunca quisieron
pedir limosna (la causa era porque no les pareciese estaban allí para que las
diesen de comer), y la gran penitencia que hacían, así en ayunar mucho y comer
poco, malas camas y muy poquita casa, que para tanto encerramiento como siempre
tuvieron era harto trabajo.
39. El mayor que me dijeron habían tenido era el grandísimo
deseo de verse con el hábito, que éste noche y día las atormentaba
grandísimamente, pareciéndoles nunca lo habían de ver, y así toda su oración
era porque Dios las hiciese esta merced, con lágrimas muy ordinarias. Y en
viendo que había algún desvío, se afligían en extremo y crecía la penitencia.
De lo que ganaban, dejaban de comer para pagar los mensajeros que iban a mí, y
mostrar la gracia que ellas podían con su pobreza a los que las podían ayudar
en algo. Bien entiendo yo, después que las traté y vi su santidad, que sus
oraciones y lágrimas habían negociado para que la Orden las admitiese. Y así he
tenido por muy mayor tesoro que estén en ella tales almas, que si tuvieran
mucha renta, y espero irá la casa muy adelante.
40. Pues como entramos en la casa, estaban todas a la puerta
de adentro cada una de su librea; porque como entraron se estaban, que nunca
habían querido tomar traje de beatas, esperando esto, aunque el que tenían era
harto honesto; que bien parecía en él tener poco cuidado de sí, según estaban
mal aliñadas, y casi todas tan flacas, que se mostraba haber tenido vida de
harta penitencia.
41. Recibiéronnos con hartas lágrimas del gran contento, y
hase parecido no ser fingidas y su mucha virtud en la alegría que tienen y la
humildad y obediencia a la Priora; y a todas las que vinieron a fundar no saben
placeres que les hacer. Todo su miedo era si se habían de tornar a ir, viendo
su pobreza y poca casa. Ninguna había mandado, sino, con gran hermandad, cada
una trabajaba lo más que podía. Dos, que eran de más edad, negociaban cuando
era menester; las otras jamás hablaban con ninguna, persona, ni querían. Nunca
tuvieron llave a la puerta, sino una aldaba; ni ninguna osaba llegar a ella,
sino la más vieja respondía. Dormían muy poco, por ganar de comer y por no
perder la oración, que tenían hartas horas; los días de fiesta, todo el día.
Por los libros de fray Luis de Granada y de fray Pedro de Alcántara se
gobernaban.
42. El más tiempo rezaban el Oficio Divino, con un poco que
sabían leer, que sola una lee bien, y no con breviarios conformes (46). Unos
les habían dado de lo viejo romano algunos clérigos, como no se aprovechaban de
ellos; otros, como podían. Y como no sabían leer, estábanse muchas horas. Esto
no lo rezaban adonde de fuera las oyesen (47). Dios tomaría su intención y
trabajo, que pocas verdades debían decir. Como el padre fray Antonio de Jesús
las comenzó a tratar, hizo que no rezasen sino el oficio de nuestra Señora.
Tenían su horno en que cocían el pan, y todo con un concierto como si tuvieran
quien las mandara.
43. A mí me hizo alabar a nuestro Señor, y mientras más las
trataba más contento me daba haber venido. Paréceme que por muchos trabajos que
hubiera de pasar, no quisiera haber dejado de consolar estas almas. Y las que
quedan de mis compañeras me decían que luego a los primeros días les hizo
alguna contradicción, mas que como las fueron conociendo y entendiendo su
virtud, estaban alegrísimas de quedar con ellas y las tenían mucho amor. Gran
cosa puede la santidad y virtud. Verdad es que eran tales, que aunque hallaran
muchas dificultades y trabajos los llevaran bien con el favor del Señor, porque
desean padecer en su servicio. Y la hermana que no sintiere en sí este deseo,
no se tenga por verdadera Descalza, pues no han de ser nuestros deseos
descansar, sino padecer por imitar en algo a nuestro verdadero Esposo. Plega a
Su Majestad nos dé gracia para ello, amén.
44. De donde comenzó esta ermita de Santa Ana, fue de esta
manera: vivía aquí en este dicho lugar de Villanueva de la Jara un clérigo
natural, de Zamora, que había sido fraile de nuestra Señora del Carmen. Era
devoto de la gloriosa Santa Ana. Llamábase Diego de Guadalajara, y así hizo
cabe su casa esta ermita, y tenía por donde oír misa; y con la gran devoción
que tenía, fue a Roma y trajo una bula con muchos perdones para esta iglesia o
ermita. Era hombre virtuoso y recogido. Cuando murió, mandó en su testamento
que esta casa y todo lo que tenía fuese para un monasterio de monjas de nuestra
Señora del Carmen; y si esto no hubiese efecto, que lo tuviese un capellán que
dijese algunas misas cada semana, y que cada y cuando que fuese monasterio, no
se tuviese obligación de decir las misas.
45. Estuvo así con un capellán más de veinte años, que tenía
la hacienda bien desmedrada, porque, aunque estas doncellas entraron en la
casa, sola la casa tenían. El capellán estaba en otra casa de la misma
capellanía, que dejará ahora con lo demás, que es bien poco; mas la
misericordia de Dios es tan grande que no dejará de favorecer la casa de su
gloriosa abuela. Plega a Su Majestad que sea siempre servido en ella, y le
alaben todas las criaturas por siempre jamás, amén.
NOTAS CAPÍTULO
28
1 Al reanudar el libro, omitió la numeración del capítulo, comenzando
directamente con el título. - Recordamos al lector que con ocasión de la
interrupción redaccional de las Fundaciones, entre el cap. precedente y éste
insertó la Autora los "cuatro avisos a los Padres Descalzos". Los
omitimos aquí, por ser ajenos a la presente obra.
2 La fundación de Sevilla fue hecha por la Santa en 1575 y 1576. Casi a
la par llevaba a cabo Ana de San Alberto la fundación de Caravaca. La presente
fundación de Villanueva de la Jara data de 1580: más de cuatro años de
intervalo.
3 Las cabezas: ante todo, San Juan de la Cruz y el P. Gracián (cf. n. 4).
- En la frase siguiente, el casi fue añadido entre líneas por la Santa, luego
de tacharlo después de todos.
4 Juan Bautista Rubeo (cf. c. 2).
5 Alude a los PP. Pedro Fernández y Francisco Vargas, O.P. nombrados
Visitadores del Carmen por San Pío V en 1569, y al P. Gracián, delegado por
este último (1573) y confirmado en la función por el Nuncio Ormaneto /1574).
6 Era Nicolás Ormaneto, que murió en Madrid el 18 de junio de 1577. - Le
sucedió en el cargo Felipe Sega, que llegó a Madrid el 30 de agosto de 1577,
mal predispuesto contra la Santa (a quien motejó de "fémina inquieta y
andariega") y su Reforma, a causa de los torcidos informes recibidos en
Roma antes de su partida: era pariente del Cardenal Felipe Buoncompagni,
Protector de los Carmelits y sobrino del Papa Gregoroio XIII. Por eso la Santa
sice en sequida que Sega "era algo deudo del Papa".
7 Enteróse: en la acepción de estar entero, mantenerse firme.
8 Con data 3 de agosto de 1575. - Los del paño: Carmelitas Calzados. -
Mariano de San Benito: cf. c. 17, nn. 6-16.
9 Sega sometió a los Descalzos a la autoridad de los Provinciales
Calzados de Castilla y Andalucía, con Breve de 18 de octubre de 1578.
10 A algunas, escribi´la Santa. - Testimonio: término frecuentemente
usado en la acepción de "falso testimonio".
11 Tomó de la mano: adelantarse, tomar la iniciativa.
12 Acompañados, equivale a consultores, consejeros. - Fueron D. Luis
Manrique, capellán y limosnero mayor del Rey, fray Lorenzo de Villavicencio,
agustino, y los dominicos Hernando del Castillo y Pedro Fernández. El 1 de
abril 1579 anularon la autoridad de los Provinciales sobre los Reformados y
nombraron en su lugar al P. Angel de Salazar.
13 El sentido de la frase es: ¡ya podéis imaginaros la oportunidad que
había para dedicarse a fundaciones!
14 Fue canónigo de Cuena y luego párroco de la villa de San Juan de Rojas.
15 Quinta, fue escrito entre líneas por la Santa; a ello se debe la
incorrección de la frase.
16 Alonso Velázquez fue confesor y consejero de la Santa en Toledo
(1577), Obispo de Osma en 1578 y Arzobispo de Compostela en 1583. A él está
dirigida la Relación VI, Cf. Fund. c. 30.
17 Su destierro: alude al castigo impuesto por Sega (cf. n. 4).
18 Gabriel de la A. (1544-1584) fue prior de la Roda de 1576 a 1580 (?).
Fue asimismo director espiritual de Catalina de Cardona (cf. nn. 21 y ss.). La
Santa hace su elogio en el n. 34. - Según este texto, el presente capítulo
parece fue escrito el mismo año de la fundación de Villanueva.
19 Seobligaba a lo doicho en el n. 11.
20 Llegó a Malagón el 25/11/1579.
21 De Toledo, a María de los Mártires (para priora) y a Constanza de la
Cruz; de Malagón, a Elvira de San Angelo (para supriora) y a Ana de San Agustín.
22 Gabriel de la Asunción, añadido entre líneas por la Santa. - Recaudo,
equivale a provisión.
23 Cf. n. 11.
24 3 Reg. 19, 9.
25 El convento de la Roda (Albacete) fue fundado en abril de 1572 por
Catalina de Cardona, que murió el 11 de mayo de 1577.
26 Son muy seguros los datos de la Santa: Caytalina de Cardona
(1519-1577) había sido aya de D. Juan de Austria, hijo de Carlos V, y de D.
Carlos, hijo de Felipe II. En 1563 se retiró a la soledad de la Roda, y en 1571
tomó el hábito de carmelita en Pastrana, con la capucha de fraile.
27 P. Piña, sacerdote ermitaño en el monte de la Vera Cruz (Alcalá).
28 Aportaron: arrivaron, hicieron puerto.
29 El sentido es: ... con tan grandes deseos de hacer vida áspera, no
habiendo quién en ellos la retuviese...
30 Había escrito diez o y lo tachó.
31 Por nombre, Benítez.
32 A tercer día: cada 3 días.
33 U otras cosas: añadido por la Santa entre líneas.
34 Mujer: añadido al margen por la Autora.
35 A las carmelitas de Toledo, cf. n. 26. - Alanos: especie de perros.
36 Mercenarios, escribió la Santa. Eran, en cambio, los Trinitarios de la
Fuensanta.
37 Y túnica de sayal: adición interlineal autógrafa.
38 Fue el 6 de mayo de 1571. Tomó hábito de religioso. Hizo de madrina la
princesa de Eboli.
39 Cg. c. 17, nn. 6-15.
40 El 11 de mayo. - En la frase siguiente por aliteración escribió la
Santa: hiciéronles honras...
41 Gracián tachó fray y escribió Don, y al margen anotó: "éste no es
fraile, y creo lo ha de ser, pues la Madre le llamó así".
42 En el n. 20.
43Gabriel de la Asunción; cf. n. 11.
44 Probablemente son las palabras consignadas en la Rel. 23: "...
¿Ves toda la penitencia que hace? - En más tengo tu obediencia".
45 Era el 21 de febrero de 1580.
46 Con breviarios discrepantes.
47 En el autógrafo: oyose.
Fuente. Mercaba
